En mis tiempos (ya un tanto antediluvianos) de estudiante no se estilaban las graduaciones, ni siquiera al terminar la universidad. Entonces uno iba a la secretaría de la facultad, comprobaba si había aprobado la última asignatura de la titulación, y, en caso afirmativo, se tomaba una birra con los amigos, se daba un chapuzón en la piscina, o sencillamente se marchaba a casa y de camino se apuntaba en la oficina del Inem. Ahora, sin embargo, siguiendo la estela de los McDonald’s y los halloweens, hemos importado la tradición de celebrar por todo lo alto estos ritos de paso. Me atrevería a decir que primero vinieron las graduaciones universitarias, lo que tiene su sentido, pues por lo general los recién graduados llevan casi dos décadas dedicándose al estudio en exclusiva, algo sin duda muy edificante pero que también ha conllevado tensiones, horarios y exámenes. La graduación universitaria, pues, significa el final de la etapa de estudiante a tiempo completo, con cargo a los fondos púb...
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