Hoy los y las feministas celebramos el 8M con toda la solemnidad y energía que se merece. Tanto participando en actos y movilizaciones como desde casa, la celebración nos ayudará a renovar el convencimiento de que mujeres y hombres hemos de tener igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades, a todos los efectos. Esa es, creo yo, la esencia de lo que sostenemos las personas de buena voluntad, independientemente del tipo de feminismo por el que aboguemos. Porque, como fenómeno sociopolítico y filosófico, no es un movimiento homogéneo; además de las cuatro olas (al menos) que caracterizan su evolución histórica, hoy encontramos variantes tan diversas como los feminismos de la diferencia, de la igualdad, científico, filosófico, teológico, liberal, lésbico, poscolonial, radical, abolicionista, provida, ecofeminismo, ciberfeminismo, etcétera. Y quizá haya otro que no está tan definido, pero abunda mucho en el ámbito político: el de opereta.
Pongamos un ejemplo. Parece sensato considerar un gran logro
de la lucha por la igualdad que las mujeres lleguen a los máximos cargos de
representación de la sociedad. De momento, no hemos podido tener a una mujer al
frente del Gobierno de España, pero al menos algunas han llegado a presidir
comunidades autónomas. De los más de doscientos presidentes, solo ha habido 16
mujeres; algunas comunidades aún ni se han estrenado. La de Madrid es la que
más se ha acercado a la paridad, con tres presidentas electas. Sería de esperar
que el espectro político que se declara más feminista celebrara el logro de
estas mujeres en la autonomía más próspera e influyente del país; un paso
adelante en el empoderamiento, en la superación de los techos de cristal. Y,
sin embargo, tengo la impresión de que estas damas han sido objeto de críticas
mucho más feroces y descarnadas por parte de sus adversarios
político-ideológicos que las que han merecido los presidentes “señoros”.
Recuerdo, en el cambio de siglo, el atosigamiento a Esperanza Aguirre por parte
del pelotón de hombretones del Gran Wyoming, o su caracterización esperpéntica como
pija-boba; o el acoso y derribo a Cristina Cifuentes, que dejó amargamente la
política tras ser acusada de diversos delitos de los que a la larga fue
absuelta, cuando ya a nadie importaba. Ahora le toca el turno a Díaz Ayuso, quien,
sea por hermanos o novios, permanece en el punto de mira de los buscadores de
basura, fiscales generales incluidos.
Por supuesto, Ayuso & cía. merecen críticas, acaso contundentes,
como cualquier persona en el poder. Pero a veces sospecho, ante el análisis
comparativo de la virulencia con que se ha atacado a las presidentas conservadoras,
que el empoderamiento al que han llegado no es visto por ciertos sectores como
una causa auténticamente feminista. Como tampoco fue en el caso de Thatcher,
Merkel, o ahora Meloni. Ni parece provocar un sentimiento de sororidad con
otras compañeras de lucha. O quizá sea que en este contexto, como en otros, el
feminismo resulta secundario. O de opereta.
Aparecido (con ligeros cambios) en La Rioja, 6 de marzo de 2026. Ver todas las columnas.

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