En un reciente XL Semanal, Arturo Pérez-Reverte concluyó una larga serie titulada “Una historia de Europa”, que, iniciada en 2021, ha alcanzado las 126 entregas. A quienes conocemos el tono desgarrado y escéptico marca Reverte, no nos ha sorprendido que el epílogo de su historia europea sea un tanto desolador; el Viejo Continente ha llegado al ocaso, solo es cuestión de tiempo que consume su inevitable ruina, que no ha acaecido por las invasiones bárbaras, sino más bien “con PowerPoint, lenguaje inclusivo y regulaciones sobre el tapón de las botellas de agua mineral”. Incapaces de competir en el mercado internacional, pues nuestros políticos y empresarios han externalizado la producción, “nos limitamos a reglamentar lo que inventan fuera: la cuna de la Revolución Industrial convertida en oficina de control de calidad del mundo”. Los dirigentes, en vez de promover la cultura del esfuerzo, buscan asegurar el sillón infantilizando a sus votantes: “bienestar sin trabajo, derechos sin deberes, seguridad sin defensa”. Ante el problema de la inmigración, Reverte considera que se ha actuado “con una suicida falta de planificación” que ha abierto las puertas sin “dejar claro que aquí no mandan los clérigos, ni los fanáticos, ni los más bestias; que hay libertades y obligaciones no negociables”; y, cuando esta negligencia generó las primeras tensiones, quienes viven en barrios seguros recurrieron a “negar, ningunear, etiquetar de fascista a quien señalara el problema. Así se alimentó la eterna bestia de los extremos”.
A lo anterior se viene a sumar la endémica manía europea de
“legislar chorradas”, que “asfixia a pequeñas y medianas empresas con cargas
administrativas mientras gigantes extranjeros operan con chulería tecnológica y
financiera”. Para Reverte, nuestra “burocracia idiota regula hasta el tamaño de
las aceitunas, pero se cisca viva ante los desafíos serios (Putin, Trump, el
fanatismo islámico, el petróleo del Golfo, la franja de Gaza, Groenlandia…)”.
Así, “en manos de cantamañanas retóricos y de una banda de gilipollas con
dietas en Bruselas, la vieja Europa perdió el respeto del mundo”. Una de las
pocas chispas de luz que detecta Reverte en medio de este panorama desolador es
la pervivencia de la cultura, más como una forma de encarar el crepúsculo que
como un rayo de esperanza regeneradora.
Estas son algunas de las perlitas con que concluye la
historia de Europa de Reverte. Preferiría estar en desacuerdo total, pero me
temo que no le falta cierta clarividencia. Quizá añadiría un detalle que el
académico parece obviar; en su diagnóstico del ocaso de Europa, no hace mención
de un factor acaso relevante: el abandono de la fe en un Padre común que nos ama
y cuida, lo que conlleva que mi vecino es mi hermano, y que tengo que respetar
su vida, su libertad, su integridad, etc. como la mía. Una premisa que nos ha
dado sentido y solidaridad en el pasado. ¿Sobreviviremos al mañana? Ya veremos.
Según la liturgia cuaresmal, pulvis es,
et in pulverem reverteris.
Aparecido en La Rioja, 20 de marzo de 2026. Ver todas las columnas.

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