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domingo, 21 de julio de 2019

Sherlock en Barcelona (II)


Los secretos de San Gervasio
AUTOR: Carlos Pujol
EDITORIAL: Menoscuarto
LUGAR Y AÑO: Palencia, 2019


UN SHERLOCK QUE ECHA SIESTA

Los secretos de San Gervasio, publicada por primera vez hace un cuarto de siglo, pertenece a esa corriente tan fecunda de pastiches o apócrifos que ha multiplicado por centenares los relatos originales de Conan Doyle, el llamado “canon holmesiano” formado por cuatro novelas y cincuenta y seis relatos protagonizados por el agudo investigador inglés.

De entre las diversas opciones que adoptan los escritores de apócrifos –algunos de los cuales se adentran en terrenos como lo gótico o la ciencia ficción– Pujol ha optado por mantener cierta apariencia inicial de continuidad con la tradición. Así, encontramos a un Watson narrador homodiegético que saca a colación personajes o episodios de pasadas (o futuras) aventuras canónicas; la célebre pareja recibe a unas clientes en el 122b de Baker Street, donde la señora Hudson les sirve el té; este primer encuentro permite un alarde de pericia deductiva y plantea un enigma que solo Holmes podrá solucionar si acepta el caso, que esta vez requiere su traslado a Barcelona.

Pero, a pesar de este inicio reconocible, en cuanto el cerebral Sherlock pone el pie en suelo hispano, un cambio empieza a obrarse en su interior. El primer revulsivo es su visita a una iglesia junto a Las Ramblas, que le retrotrae a su infancia en un colegio de Jesuitas y a lo que allí aprendió y/o luego desaprendió. Pronto se dará cuenta de que el caso que le arrastró a San Gervasio no es lo que parece, y, aunque se entretiene investigando un absurdo asesinato, acaso perciba que las gentes que se cruzan en su camino y que le acogen llevan vidas más humanas que la suya. Pero aún hay un factor más determinante de esta evolución: una vez que prueba el hábito de echar siesta, no es capaz de dejarlo.

La caracterización de Holmes parece también bastante canónica, pues, además de sus dotes de observación y análisis, despliega su talante racionalista y distante, pagado de sí mismo, vulnerable cuando la investigación no prospera, y sin escrúpulos para tomar atajos. Pero el desarrollo de la historia revela que Pujol no rinde pleitesía a Doyle y acaso se acerque más a otro autor de ficción detectivesca como Chesterton, quien ya en los inicios de su saga del padre Brown contrapuso al curita con aspecto de panoli con Aristide Valentine, el racionalista por antonomasia, clara parodia de Sherlock. En esta comparación, el método basado en el conocimiento cercano del alma humana parece llevar ventaja sobre el inductivo y experimental.

Volviendo a nuestra novela, conforme asistimos al progresivo fracaso de Holmes en su faceta habitual de racionalista, Pujol intercala diversos recordatorios que cuestionan su alto concepto de sí mismo. Uno de ellos es el estribillo “Si ganas, pierdes”, coherente con la clásica paradoja chestertoniana. Por otro lado está el poeta don Celestino, que intenta abrir un frente en el que la fantasía ayude a interpretar el “orden misterioso del mundo”, y no solo la fría lógica. En este programa, por supuesto, entra la poesía, que es “iluminación”, pues “la verdad sólo se ve de lejos y con los ojos cerrados”, y “la poesía no es una llave para abrir puerta, sino una luz que las hace transparentes”. Más tarde es el cura local, muy en la línea de Father Brown, el que intenta abrir los ojos de Holmes al misterio: “Los misterios tiene que ser inexplicables, si se explican ya no son nada”.

Si el pastiche es un artefacto postmoderno que implica reconocer la herencia literaria anterior, pero también reaccionar frente a ella como un heredero rebelde o contestatario, Pujol hace que Holmes aprenda de su paso por Barcelona que existe el Misterio, y que por muy inteligente que uno sea nunca podrá explicar lo inexplicable. Acaso se le podía aplicar una de las declaraciones de Pujol sobre las lecciones de la ficción narrativa: “Toda novela es la averiguación de una verdad que nunca se llega a descubrir del todo. Los autores que son tan listos que solo aspiran a demostrar lo que creen verdadero deberían abstenerse” (Cuadernos de escritura).

Elemental, queridos lectores. ¿O no?



domingo, 14 de julio de 2019

Si te ha pillado el toro...

En alguna entrada del pasado he abogado por la implantación, a nivel universal si se puede, de un día al año de apagón informativo sobre asuntos de política. Un día en el que ningún medio reproduzca las recurrentes declaraciones de nuestros líderes de uno u otro pelo, que, a pesar de ser repeticiones con escasas o nulas variaciones, acaparan portadas y titulares.

Mi propuesta se contentaría, de momento, con un día al año, aunque no desdeñarīa que fuera aumentando con el tiempo. Tampoco pasaría nada si el Día sin Política (DSP) se extendiera también al Día sin Fútbol (DSF), deporte no solo 'rey' sino más bien tirano en su inmoderada acaparación de atención. Imagínense la cantidad de noticias sobre ciencia, cultura, literatura, arte, etcétera que cabrían en los medios durante ese bendito DSP (y DSF).

En fin, de momento, esto es tan solo wishful thinking, acaso una impotente protesta ante la capacidad que tienen los medios de imponer una selección interesada de los asuntos que nos tienen que preocupar, añadiendo, si cabe, el enfoque correcto y el sano posicionamiento.

Pero, en esta línea, lo que me parece el colmo de la imposición temática inane en España ocurre de modo eminente en estos días de principios de julio. En concreto, me refiero a los titulares sobre los encierros de los sanfermines. Que en la jerarquía de noticias de prensa, radio y televisión ocupen esta semana un primer lugar las carreras ante los toros bravos, y las inevitables cornadas que esto conlleva, hace que se tambalee mi ya débil fe en la relevancia del modelo informativo que se nos propone o impone.

Cuántas violaciones de derechos humanos en el tercer (o primer) mundo, cuántas amenazas a la paz y a la libertad a nivel internacional, cuántos logros de personas individuales qué dan un paso anónimo hacia el progreso, etcétera, quedan eclipsados ante el parte diario de accidentes previsibles y provocados acaecidos en cada encierro matutino.

No digo yo que no se hable de esta fiesta, por lo que pueda tener de tradición y de fomento del turismo. Pero de eso a despertarnos o desayunarnos cada día de la semana con el bendito parte, hay un abismo. Es cuestión de prioridades.


domingo, 7 de julio de 2019

FAUNA URBANA (VIII): MALAPARCANTIS CONTUMAX

Esta especie no es exclusivamente de ciclos veraniegos, pero desarrolla sus plenas potencialidades en tal estación de aglomeraciones y escasez de espacio público. Como la mayoría de las especies que estudiamos en nuestra Fauna Urbana, esta tampoco considera relevante que existan otros seres en el mundo distintos de sí, pero en su caso tal conciencia se desenvuelve al volante de un vehículo automotor, o, más en concreto, en el momento de aparcarlo en un espacio colectivo.

Así, cuando precisa trasladar su corporeidad a hábitats compartidos con multitud de otros individuos, tales como una playa abarrotada o la piscina pública, nuestro espécimen manifiesta una sabiduría práctica que supera con creces la de sus congéneres. Es, pues, el primero en detectar que está libre el espacio indicado con un muñeco en silla de ruedas sobre fondo azul, y, en tal caso, estacionará allí sin reparo alguno.

Sin embargo, si las plazas con esta señalización azul no están disponibles y el Malaparcantis no encuentra otros espacios (sépase que no se caracteriza por dedicar su valioso tiempo a dar vueltas en su búsqueda), nuestro espécimen se apalanca en doble fila o en algún punto estratégico donde pueda bloquear el tráfico o impedir que otro vehículo estacionado correctamente consiga salir.

La variante más selectiva de esta especie manifiesta especial afición por inhabilitar otras unidades de estacionamiento diferentes de la suya. Así, si aparca en batería, es frecuente que ocupe dos o más plazas para poder salir y entrar de su coche con mayor holgura. Otras veces, también en un zona para vehículos en batería, él estacionará en paralelo si así puede aprovechar una preciada sombra (véase la imagen).

By CVF


Si usted está de vacaciones o lo estará en breve, sin duda se topará pronto con más de uno de  tales individuos. Desde esta sección le recomendamos que tenga paciencia y que no haga lo que le pide el cuerpo en ese momento.



domingo, 30 de junio de 2019

Escribir por amor

ESCRIBIR POR AMOR
(Editorial de Fábula 44)

Cuentan que el escritor victoriano Anthony Trollope tenía un hábito de escritura tan estricto que se imponía una rutina inamovible de dos mil a tres mil palabras diarias, cayera quien cayera, y que, una vez terminado un libro, empezaba inmediatamente el siguiente. Sólo así se explica su ingente producción de setenta títulos (descartando, claro, la ayuda de otras manos, blancas o negras).

Me rondan tales reflexiones porque en estos días, tras cinco años de recorrer otros caminos de escritura, he empezado la que, si ve la luz, será mi quinta novela. He vuelto a revivir la emoción de construir un universo paralelo poblado por criaturas cuyas vidas dependen en gran medida de mi voluntad, o de mi imaginación, o de la primera domeñando la segunda, o viceversa. Para un escritor liberado de la esclavitud de vender (por decirlo de modo positivo), sumergirse en una novela es una experiencia transformadora que te saca de ti, de tu contingencia, para proyectarte de lleno en un horizonte vital alternativo propio del juego irrepetible e irrenunciable de crear ficción.

Pero entre semejantes efluvios del gozo creador se interponen otras consideraciones más prácticas y terrenales, como la necesidad de una disciplina trollopiana o parecida que posibilite que las musas, si es que se asoman, te encuentren trabajando. Y viene la parte dolorosa del proceso, la que requiere quebrarse la cabeza contra el estilo, el léxico, el punto de vista narrativo, las tramas y subtramas, las descripciones, las narraciones, los diálogos, la documentación, las causas y efectos, la continuidad, los guiños intertextuales… Y revisar, revisar, revisar.

En estas disquisiciones me hallo cuando de pronto me topo con un texto de Pablo d’Ors en su célebre Biografía del silencio: “No es en absoluto cierto que haya que esforzarse o disciplinarse para escribir un libro. El libro se escribe solo, el cuadro se pinta solo, y el escritor o el pintor están ahí, ante su lienzo o cuaderno en blanco, mientras esto sucede”.

En principio no entiendo nada. ¿Estamos hablando de la trasnochada escritura automática de los surrealistas que dejó bodrietes tan prescindibles? ¿Cómo se armoniza esta teoría con el cansancio efectivo que siente el autor después de luchar a brazo partido contra las infinitas opciones que se presentan ante su mente? ¿O es que acaso el ordenador del señor d’Ors adquiere vida propia mientras su dueño duerme la siesta?

Pero luego retrocedo unas páginas de la misma fuente, y releo otro pasaje que me pasó desapercibido, y que acaso ofrece la clave: “desde muy joven he sabido qué páginas de mis libros estaban inspiradas y cuáles no […]: las inspiradas son aquellas que he escrito olvidado de mí, sumergido en la escritura, abandonado a su suerte; las menos inspiradas, en cambio, las que he planificado y redactado de forma más racional y menos intuitiva. […] Para escribir, como para vivir o para amar, no hay que apretar, sino soltar, no retener, sino desprenderse”.

Ah, era eso. Y recuerdo la frase de otro sabio, Gustavo Martín Garzo, a quien una voz oí afirmar que “uno escribe por amor”. Y, bueno, igual tenía razón John Lennon cuando repitió tan machaconamente que: “All you need is love”

Foto: Ángela Villar 

domingo, 23 de junio de 2019

Sergio del Molino apadrina Fábula 44


El martes 18 de junio nos visitó Sergio del Molino como padrino del número 44 de la revista literaria Fábula.
Tondeluna, 18:30. Fotos; Irene Castellanos

Llegó en su coche desde Zaragoza, primero para el encuentro con el equipo y suscriptores de Fábula en el restaurante Tondeluna, a las 18:00. Entre unas copitas de tinto Solar de Samaniego proporcionadas por César León y unas sabrosas croquetas de la casa, Sergio fue el centro de una animada tertulia. Moderada por Evelyn Pérez —una “molinista” inmoderada—se centró (¿cómo no?) en la realidad de la España vacía, un problema al que Sergio puso nombre hace unos años y, así, contribuyó a extender el debate. Sin demasiadas esperanzas de solución, pues el autor no cree que se pueda revertir el despoblamiento rural mientras la economía nos empuje a comprar lo más barato y no lo de nuestro entorno. El campo solo se repoblará si produce agricultura, y si esta producción es rentable. Con todo, algunos asistentes insistían en que no hay que perder del todo la esperanza en lo que nos depare el futuro.


El tiempo voló (al igual que las croquetas), y a continuación nos dimos un paseo hasta la librería Santos Ochoa, donde se celebró el acto abierto de presentación de Fábula 44, ante más de un centenar de asistentes (entre los que se contaban, por cierto, el nuevo alcalde de Logroño y algunos concejales; se convierte así en el primer alcalde que acepta la invitación a una presentación de Fábula tras 23 años!)
¿A que apetece?

Tras una descripción (breve) de la revista por el que esto relata, y una (aún más breve, y más poética) introducción al autor por parte de Evelyn, Sergio del Molino volvió a abordar un tema del que tanto sabe, esta vez aportando nuevos matices, como la definición de las “aldeas Potemkin” para denominar poblaciones que buscan apuntalar su supervivencia recurriendo a reclamos turísticos que acarrean un vacío identitario.

Fotos: UR

Sergio del Molino es un hombre cercano, lúcido, no titubea al hablar. Como él admite, sus escritos tratan en gran medida de la ausencia y el vacío, por lo que acaso su lucidez transmite un punto de desencanto. Pero lo cierto es que ha conseguido convertirse en un nombre imprescindible de la cultura española actual, e hizo un hueco para visitarnos entre las numerosas invitaciones que recibe de diversos foros. 

Desde aquí le queremos agradecer, en nombre de todas las personas que estamos detrás de la revista, su cercanía y disponibilidad para acompañarnos en el alumbramiento de esta preciosa criatura, Fábula 44 (ya hablaré de ella en otro momento). Como quien no quiere la cosa, entre un acto y el siguiente le tuvimos hablando más de tres horas seguidas. 



Muchas gracias, Sergio.

domingo, 16 de junio de 2019

TIENE UN TESORO


Todo empezó por un rayón.
            Era lo que siempre había temido. Cada vez que aparcaba en batería me asaltaban los más ominosos temores de que la típica acompañante desaprensiva saliera del asiento del copiloto del coche recién aparcado a mi lado, y arremetiera sin cuidado contra la carrocería de mi flamante Mercedes clase A, 200 CDI.
            Pero esta vez la temida escena se produjo ante mi vista, ante mis propias narices. Así que me abalancé contra la susodicha y dejé que me llevaran los demonios.
             –¿Es que quieres que demos parte por esa chuminada? –dijo el chulo del marido, o lo que fuera–. Vamos, hombre, no me jodas.
            Tal desfachatez fue la gota que colmó el vaso, y a partir de este punto mis demonios transportistas me inspiraron las mejores lindezas de mi repertorio barriobajero, predicadas, por turnos, de la copilota, de su marido (o lo que fuera) y de la descarriada madre de cada uno de ellos.
            Como era de esperar, los ánimos se encendieron, y la cosa devino bronca, la bronca devino manos, las manos devinieron puños, y al final se montó un festival de huesos rotos, dientes, sangre, cristales y abolladuras. Acabamos, claro, en comisaría, hechos unos zorros, afrontando diversas denuncias por faltas, por lesiones, por daños, por injurias, por alteración del orden público, además de la desalentadora perspectiva de cuantiosos gastos y molestias por inminentes sesiones de rehabilitación y varias de odontología avanzada.
            Entonces, cuando nos tomaron los datos, caí en la cuenta.
            Ya sabía yo que me sonaba la cara del chulo del marido (o lo que fuera). Y me sonaba porque, desde hacía más de una año, era amigo mío. Amigo en Facebook.