Desde la antigüedad, pasando por los clásicos bestiarios medievales, se ha tendido a atribuir rasgos de personalidad a diversas especies animales, algunas más afortunadas que otras. Así, no es lo mismo ser un lince, un tigre o un león, que ser un burro, una hiena o un cernícalo. Estas atribuciones no están exentas de cierto sexismo (es mejor ser un zorro que una zorra, etc.) pero ese sería tema para otra ocasión. Ahora me quiero fijar en las connotaciones negativas de esa ave rapaz que, sin tener la culpa de que la Naturaleza la haya hecho carroñera, se sitúa en el grupo de referentes tóxicos: el buitre. Cuando tildamos de “buitre” a una persona solemos implicar que se aprovecha de la vulnerabilidad ajena buscando sin escrúpulos su beneficio, por lo general económico, por encima de toda consideración humanitaria o ética. Le cuadra muy bien al capitalista despiadado, lo que proporciona una imagen adecuada para denominar a los “fondos buitre”, como el que casi desahucia a Maricarmen Ab...
Una de las muchas virtudes que adornan el perfil de nuestro presidente Sánchez —además de su capacidad para desconectar del trabajo en vacaciones, algo que no todos conseguimos— es su increíble resiliencia. Mientras en los últimos meses hemos visto dimitir a varios primeros ministros europeos tras reconocer su incapacidad para llegar a acuerdos de gobierno (Keir Starmer en el Reino Unido, Sébastien Lecorneu y otros en Francia, Petteri Orpo en Finlandia, Alexandru Munteanu en Moldavia, Leo Varadkar en Irlanda, etc.), nuestro líder no se deja amedrentar por bagatelas como la gobernabilidad del país, y es capaz de resistir contra viento y marea. ¿Qué importa la desastrosa gestión de la crisis de Ceuta (“pregúntele a Vivas”, respondió no hace tanto), o que nadie se responsabilice del apagón de abril de 2025, o del descarrilamiento de Adamuz? ¿Qué importa que no se hayan aprobado presupuestos generales en tres años, o que hayan sido condenados fiscales generales, secretarios de organización...