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domingo, 15 de septiembre de 2019

Profesores y alumnos

Mañana arranca el nuevo curso académico en mi universidad y en muchas otras, y parece un buen momento para replantearse si la presencia del profesor ante un puñado de alumnos es una modalidad abocada a la extinción, destinada a ser erradicada por el docente-pantalla de la enseñanza online. ¿Cuál es el sentido de que haya un profesor en un aula mirando a sus alumnos a la cara? ¿Les aporta algo a ellos tenerle cerca, o es incluso mejor que permanezca al otro lado del ordenador? 



Esta cuestión se relaciona con el grado de influencia (benéfica, esperemos) que puede ejercer un docente sobre sus alumnos. Hay quién sostiene que cuanto más temprano sea el nivel educativo, más peso tiene su papel. En el nivel universitario la cosa cambia; ya llegan los alumnos con una personalidad muy formada, y con frecuencia ven al profesor más como un empleado público que tiene que validar su futura (y merecidísima) titulación que como un modelo o inspiración; y eso cuando no lo ven como un obstáculo que hay que salvar o, peor, como un modelo de lo que no hay que hacer.

Y a pesar de todo, tras un cuarto de siglo de rodaje, todavía pienso que la presencia del profesor es un elemento insustituible para educar, es decir, guiar e inspirar. Es más, todavía me entusiasma la enseñanza presencial. Y sigo procurando ver a mis alumnos como personas individuales que están ahí para recibir educación al tiempo que aprendes con ellos. Cada uno y cada una me importan como personas, y mi objetivo es que los cuatro meses juntos (que dura la asignatura de media) dejen alguna huella, aunque sea mínima.

La humanización de la enseñanza conlleva también una proyección indefinida en el tiempo. Para mí, alguien que haya sido alumno mío nunca  pierde esa condición, aunque llegue a ser presidente del gobierno o Premio Nobel. Se supone que todo buen profesor debe estar orgulloso de los logros de sus alumnos; aún más, que no le debe importar que lleguen más lejos que él (si se acepta el relativo comparatismo). El principal enemigo de este ideal profesoral es, claro está, el ego, ese permanente inquilino a quien, si no se puede expulsar, al menos hay que mantener en su sitio.

 (Confieso que lo antecedente iba a ser solo la introducción de la entrada de hoy, pero no me quiero pasar de los tres o cuatro párrafos, así que continuará  la semana próxima.)

domingo, 8 de septiembre de 2019

NO TOMARLO A GUASAP

En su reciente comedia veraniega Padre no hay más que uno, Santiago Segura incluye algunos toques cómicos  que he de reconocer brillantes (a pasar de que nunca fue pecador de mi devoción). En concreto, me reí mucho con su tratamiento de una esclavitud contemporánea que nos puede hacer perder mucho tiempo, energía e incluso amigos: los grupos de WhatsApp (léase Guasap),

Segura carga las tintas con los grupos de madres y padres de colegio y con muchos de los tópicos que todo progenitor conoce bien: la obligatoriedad ética de participar, y de modo inmediato; la repetición de fórmulas de escasa creatividad; las ristra de felicitaciones de cumpleaños; la multiplicación innecesaria de grupos en plan  spin-off; su uso para las  cuestiones más anodinas; la proliferación de insulsos emojis …

Incluso , si me perdonan el destripoiler, Segura sugiere un invento que enriquecería a su creador: una aplicación que participe automáticamente en los grupos sin que el titular del teléfono se moleste en revisarlo cada medio minuto, a cada ominoso pitido de nuevo mensaje.

Hay un aspecto , sin embargo , que Segura no aborda de los grupos de WhatsApp escolares. Según me ha confesado varios docentes, constituyen una de sus mayores pesadillas, quizá un paso que acelera la tendencia actual a minar la autoridad del profesor. Mediante estos grupos, la actuación de un profesional de la enseñanza se ve continuamente expuesta al escrutinio severo y unilateral de hordas de padres y madres que se rigen por un principio básico: mi niño siempre tiene razón.

En fin, si estás en ese grupo (de riesgo), no es para tomarlo a guasa.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Desde Georgetown University, Washington DC

Vuelvo a la espectacular Universidad de Georgetown para seguir profundizando en los archivos relacionados con Graham Greene. Siempre es grato regresar a los sitios de donde uno guarda recuerdos felices.

De un modo u otro con el tiempo os daré cuenta de los frutos de mi estancia por acá. Por el momento, comparto una anécdota que ya no creí que me fuera a pasar en esta vida. Hoy mismo, cuando he pedido una inocente cerveza Coronita en un restaurante, la camarera me ha solicitado una ID (en este caso pasaporte) para comprobar que era mayor de edad. Lo hizo toda seria, lo comprobé. ¡Bendita sea!

Pues eso, hagamos América grande otra vez, como dijo... ¿quién?

Fotos David Villar

domingo, 25 de agosto de 2019

El escritor desleal, según Graham Greene

En 1969 el escritor inglés Graham Greene recibió el premio Shakesperare concedido por la Universidad de Hamburgo. En el acto Greene debía pronunciar un discurso y optó por criticar al dramaturgo que daba nombre al galardón por su conformismo frente a las autoridades de su tiempo que le encumbraron. Por el contrario, Greene enfatizó el papel del escritor que se enfrenta al poder y denuncia la injusticia del lado de las víctimas. El título del discurso, bastante elocuente, fue “La virtud de la deslealtad”. Extracto aquí unos fragmentos representativos.


El Estado siempre ha estado interesado en envenenar los pozos psicológicos, en fomentar los abucheos, en restringir la solidaridad humana (…) ¿No es la labor del narrador actuar como abogado del diablo, fomentar la solidaridad y cierta medida de comprensión hacia los que se hallan al margen del beneplácito estatal? El escritor se deja llevar por su propia vocación de ser protestante en una sociedad católica, católico en una sociedad protestante, ver las virtudes del capitalismo en una sociedad comunista, del comunismo en un estado capitalista.

Debe estar dispuesto a cambiar de bando sin pensarlo dos veces. (…)  Representa a las víctimas, y las víctimas cambian. La lealtad te circunscribe a las opiniones aceptadas: la lealtad te prohíbe comprender los motivos de tus compañeros disidentes; pero la deslealtad te impulsa a introducirte en cualquier mente humana: aporta al novelista una dimensión extra de comprensión.

No defiendo la propaganda. La propaganda solo busca provocar adhesión a un solo bando, el que el propagandista considera el bueno: él también envenena los pozos. Pero la labor del novelista es buscar su parecido con cualquier ser humano, con el culpable tanto como con el inocente.

Si ampliamos los límites de adhesión en nuestros lectores conseguimos hacer la labor del Estado un poco más ardua. Este es un deber genuino que le debemos a la sociedad; ser una piedrecilla en el engranaje del Estado.

Un gran teólogo alemán se enfrentó, en los peores días de nuestra historia, a esta cuestión de lealtad o deslealtad. Escribió: “Los cristianos de Alemania se enfrentarán a la terrible disyuntiva de desear la derrota de su nación para que la civilización cristiana pueda sobrevivir, o desear la victoria de su nación y por tanto destrozar la civilización. Yo sé cuál de ambas alternativas debo escoger”.

Dietrich Bonhoeffer escogió ser ejecutado como nuestro poeta inglés Southwell [contemporáneo de Shakespeare, que murió en el patíbulo tras años de tortura por ser católico]. Es un héroe mucho mayor que Shakespeare para todo escritor. Quizá la tragedia más profunda que viviera Shakespeare fuera la suya propia: miró para otro lado con tal de conseguir el escudo de armas, con una lengua prudente se ganó amistades en la Corte y la gran mansión en Stratford.

domingo, 18 de agosto de 2019

No tenemos tiempo para los demás


Es difícil seleccionar mis pasajes preferidos de mis propios escritos. Quizá sea una tarea que en ningún momento haya que hacer, como mostrar preferencias entre los propios hijos. Sin embargo, no es tan grave si lo hacen otros. No hace mucho una atenta lectora seleccionó su pasaje favorito de Descubre por qué te mato. Yo no digo que sea el mío, ni que no lo sea:


Aunque, bien pensado, quizá Arcadio tuviera su punto de razón. Quizá pasamos por esta vida demasiado absortos en nuestras cosas, en nuestro porvenir, en nuestro éxito o supervivencia, nuestro amor o nuestro placer… Incluso nuestros problemillas. Lo importante es que sean nuestros, para que podamos ocupar la mente en ellos impune y justificadamente. Y cada día, cada minuto tal vez, nos cruzamos con personas desesperadas que han perdido el norte de su vida, o que no han podido resistir el peso del sufrimiento y han quedado vulneradas para siempre, acaso incluso desquiciadas. Personas que podrían sanar, o al menos consolarse, con una pizca de atención, una sonrisa, algo de interés por nuestra parte. Pero no se lo damos. No, porque tenemos prisa, porque no tenemos tiempo que perder, porque nos acucian otras prioridades, nuestras prioridades. ¿Y si Arcadio fuera uno de esos? ¿Alguien a quien yo, sin quererlo, había pisoteado en mi estampida hacia delante?

(Descubre por qué te mato,  viernes de la 3.ª semana)


Foto: Antonio Puerta 


domingo, 11 de agosto de 2019

Tertulias literarias y antologías

Ya que me adentro en el tema de las antologias literarias (ver entrada de la semana pasada), me apetece desenterrar un fragmento de mi primera novela, Calle Menor, en la que un grupo de personajes asisten a una tertulia literaria relativamente bohemia.

[COLO, UN ESTUDIANTE DE PRIMER CURSO DE HUMANIDADES CON MUCHAS GANAS DE MEDRAR, ACUDE POR VEZ PRIMERA CON DOS COMPAÑEROS A UNA TERTULIA LITERARIA LIDERADA POR ONOFRE ZAMANILLO, POETA Y EDITOR LOCAL]

–Pues sí, queridos, os repito que tenéis la fortuna de palpar esta primicia que acaba de salir de imprenta, y que, como os digo, pretende ser un espacio horizontal donde se rescate la palabra, donde se trace una ecuación diferencial entre expresión comunicativa e inmanencia, de tal modo que, como afirma Bruenesk, se reconstruya esa pirámide multifuncional que estructura diversos niveles de interpretación y entre ellos se establezca una interdependencia no exenta de función performativa, según el concepto de Pierce. O por decirlo de otra manera, las palabras del poeta son ya actos, como declaró Alexander Pushkin.
Era impresionante estar ahí, pensaba Colo, y preveía que pronto se empezaría a familiarizar con algunos de los nombres intercalados aquí y allá por la vasta erudición de Onofre, llenándose de satisfacción en los pocos casos que detectaba terreno familiar, como la reciente referencia al último Bond. Aunque eventualmente su imaginación corriera el riesgo de volar por otros cielos, su vista permanecía fiel al transcurso de los razonamientos del maestro. Así, salvo alguna excusable excepción centrada en los aros voluptuosos del cigarro de Elsa, los ojos de Colo seguían los ejercicios rotatorios de muñeca de Onofre, los quebrados que dibujaba con el índice, su frotamiento de lámparas de Aladino, su donación de monedas a la plebe desde la carroza imperial, y los diversos juegos ternarios de pulgar, índice y corazón mientras sujetaban mandíbulas, simulaban disparos al aire o achinaban ojos izquierdos. Todo aquello aportaba un aura fantástica que a Colo le ayudaba a entender y degustar los placeres superiores que proporciona la cultura. Algún día, si todo marchaba como debía, también Colo hablaría así, y poseería su propio auditorio de embobados discípulos.
–En el río del acendrado panorama poético nacional desembocan los torrentes de estos jóvenes poetas que ya tienen mucho que decir de su particular visión de plenitud. Cada uno, pues, se afana por encontrar su propia voz y ofrecer al público esa personal invitación al silencio lector. El silencio es la voz del infinito, que diría Alomar. En definitiva, se trata de nuevas voces que siempre desde cada peculiar multidimensión susurran al receptor, como apunta García Montero, “aquí se habla de ti”, en ese acto fático de captatio benevolentiae. Surgir utopía y llegar a realidad, he aquí el meollo de la comunicación poética, algo que mis antologados ya han descubierto en alguna etapa de su personal itinerario creador.
Colo paseó la vista por las caras de los contertulios y comprobó una vez más el seguimiento magnético que provocaba Onofre. Advirtió que las respectivas expresiones faciales del delgaducho y del alopécico delataban además cierta expectación acompañada de un deje de impaciencia en aumento. Aunque nunca había pecado de muy curioso, le entraron ganas de adivinar el porqué. Onofre había llevado a la tertulia un volumen recién salido al mercado, una antología de poetas jóvenes que él mismo había elaborado por encargo de una editorial de prestigio. Y, de momento, se había limitado a presentar la obra con esa elocuencia tan embelesadora, pero no había leído sus contenidos ni había pasado de mano en mano el volumen.
–Y no os quepa duda de que éste es un proyecto signado por la apertura franca al autodescubrimiento de mundos interiores verbalizados, y nace con vocación de ser una brisa fresca en medio de un ambiente viciado por el comercialismo y el marketing, es una luz en la oscuridad, una ventana abierta a la belleza indeclinable. Pero, claro, no pueden estar todos los que son –añadió, con tono entre pícaro y misterioso, deteniendo su alocución para posar la vista sobre alguno de los presentes. El larguirucho se puso serio y tragó saliva. 
De nuevo se detuvo en este punto, como saboreando un estado de expectación latente. Los contertulios le miraban muy fijamente y se intercambiaban gestos entre sí. Tras unos segundos, Elsa lanzó una bocanada a lo Lauren Bacall y preguntó de modo distante y con voz grave: 
           –¿Algún conocido, Onofre?
El interpelado se sonrió alargando mucho la boca y arrugando la frente. 
         –Sí –contestó enigmático, –ya os diré–. Y siguió perorando durante unos minutos mientras Colo volvía a dejarse llevar por la imaginación hacia cumbres de un parnaso no lejano donde él aparecería como referencia obligada en futuras antologías de jóvenes promesas ya realidades. […] Al cabo de un tiempo oportuno, en control de la situación, Onofre se dispuso a revelar información privilegiada.
–¿Nombres? Bueno, bueno. Se repiten algunos de mi anterior antología, claro, pero en ésta se introducen otros novedosos e interesantes. Por ejemplo, se incluye un poema muy prometedor titulado “Raíz con brida”, de una tal Elsa Llorente. ¿La conocéis?
–Enhorabuena, Elsa –gritó el hombre de las patillas, a quien hicieron débil eco los demás–. Qué de puta madre... ¿Veis?, nuestra Elsa ya antologada...
Ella recibió la noticia con una media sonrisa y ojos cerrados, y para celebrarlo encendió otro pitillo con labios sensuales. –Gracias, Asier –contestó.
–¿Qué más tenemos por ahí? –prosiguió Onofre, como un Santa Claus de hipermercado sacando del saco chucherías para niños con verdugo–. Sí, queridos, seguro que os suena un poema de tres páginas titulado “Maletas sin fondo”, de Jacinto Coronado. Ese chico no me gusta como persona, es un auténtico vendedor de sí mismo, pero hay que reconocer que tiene talento. ¿No creéis? [… TODOS ASIENTEN, AUNQUE ANTES DE QUE LLEGARA ONOFRE HABÍAN PUESTO A CALDO AL TAL CORONADO…]. Bueno, ¿qué más nombres? Veamos. He incluido un poema titulado... –su tono recordaba al presentador de la noche de los óscars a punto de revelar la mejor película–: “Juegos de ingenio”, de Lauro Garbías!
–¡Chaaaachi! –ululó sin poderse refrenar el antologado, tensando los antebrazos en paralelo y pataleando levemente. Todas las miradas se posaron sobre él por unos instantes. Colo observó de reojo a sus dos compañeros de iniciación, que permanecían en el más sagrado mutismo, contemplándolo todo. Al cabo de un rato, por orden de colocación, parecía que le tocaría el turno al llamado Asier, pero éste pronto despejó la duda: 
–A ver si yo pa la próxima te mando algo, Onofre. Es que ya sabes que to lo que tengo lo he mandado a concursos, y estoy esperando que contesten...

[…EN ESTE PUNTO SE PRODUCE UNA DIGRESIÓN…]
–Y ahora... –intervino Pichi nerviosamente –¿seguimos hablando de la antología...?
–Me temo que no hay ninguna novedad interesante más –zanjó Onofre no sin cierta crueldad–. Luego están los de siempre, claro, […]. Pero esos ya estaban en la anterior antología, y son firmas imprescindibles para quien quiera entender la poesía joven contemporánea...
–Pero... –Pichi parecía abatido, y miraba a su maestro con la desolación del fiel Viernes a quien Crusoe, después de tantos años, vende como esclavo por cuatro duros. Pero no protestó, y su presunto reproche infinitamente matizado murió allí mismo.
–De todos modos, ya me han encargado elaborar la antología del año que viene. Estas cosas se prevén con mucho tiempo, y ya dijo Casona que vale más sembrar una cosecha nueva que llorar la que se perdió. Todo aquel que se lo merezca puede aparecer ahí. Pero no conviene dormirse en los laureles, hay que currárselo, ¿entendido, queridos? Cu-rrár-se-lo.

Calle Menor, capítulo 14