Un tema que me parece fascinante es el de las deformaciones profesionales, esas cualidades no siempre positivas con las que la propia profesión esculpe la personalidad. Así, aunque por supuesto hay muchos individuos virtuosos que se libran de sus respectivas enfermedades, es más fácil que la soberbia de quien no admite más autoridad sobre su cabeza aceche a un juez antes que a un barrendero, igual que la desconfianza al abogado, el autoritarismo al oficial, la ambición al político, la desidia al funcionario, la mendacidad al vendedor, o la vanidad al artista. Comentando estos temas con una inteligente compañera, surgió natural la cuestión de por dónde nos aprieta el zapato a los docentes universitarios. ¿Acaso nos achecha la soberbia del juez cuando evaluamos a nuestros alumnos, o más bien la vanidad del autor cuando elaboramos nuestros interminables currículos de méritos? Es curioso que, aunque sean enfermedades del alma bien diferentes, la virtud que tradicionalmente se contrapone ...
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