En alguna de mis columnas anteriores me he lamentado de que
hoy en día se habla demasiado de política y de fútbol, en detrimento de otras
cuestiones acaso más trascendentales. Dado que, como era de esperar, las cosas
no han cambiado mucho, por esta vez voy a seguir la sabiduría popular que
recomienda que, si no puedes vencerlos, te unas a ellos. Soy consciente de que
no voy a ser muy original, pues estos días nuestra triunfante selección es trending topic, pero también conviene
dejarse llevar por el orgullo de ser español que ha contribuido a reavivar.
Parece bastante unánime la percepción de que el elemento que
más ha contribuido al éxito de nuestros jugadores ha sido el trabajo en equipo.
No hemos tenido divos como Mbappé en Francia o Messi en Argentina; los nuestros
han jugado para el conjunto. Cuando De la Fuente cambiaba el banquillo, el jugador
saliente solía abrazar al entrante deseándole que lo hiciera mejor aún, sin
creerse imprescindible ni verter lágrimas de cocodrilo. Emulando la clase
humana del jarrero, nuestros chicos han dado ejemplo de juego limpio (sobre
todo en comparación), y de saber ganar sin jactarse ni humillar al contrario.
El gesto del adolescente Lamine Yamal consolando al veterano Messi tras la
conclusión de la final pasará a la historia como estampa de deportividad.
Como es esperable, la selección está formada por españoles
de diversas comunidades y también diversas etnias: hay nueve catalanes, cuatro
andaluces, tres vascos, además de navarros, canarios, madrileños, valencianos, gallegos,
extremeños, etc. Y aunque provienen de varios equipos, cuando visten la
camiseta roja todos representan a España, olvidando que quizá no hace mucho se
enfrentaron unos a otros en la Liga o en torneos internacionales, y se ponen a
trabajar codo con codo para lograr el objetivo común.
Y ahora viene el (triste) símil; nuestros políticos también juegan en equipos diferentes, pero, cuando deben
vestir la camiseta de representantes del país, prefieren pinchar el balón antes
que dar un pase al compañero. Lo correcto sería que, pasadas las campañas y
la propaganda electoral, cuando hay que remangarse para solucionar los
problemas de la ciudadanía, aparcaran sus diferencias y pensaran en el objetivo
común, ganar la copa, solucionar los problemas de España. Quizá entonces los
partidos que se dicen moderados, y que juntos cuentan con la mayoría de la
representación del país, podrían acordar políticas consensuadas que respondan al
bien común, en lugar de negociar pactos ignominiosos con los extremos, o con partidos
minoritarios cuyos intereses chocan con los de la nación. Estos están
dispuestos a mantener al líder en su sillón, aunque se hunda el suelo a sus
pies, con tal de pasarle (pasarnos) las desorbitantes facturas. Pero a la hora
de jugar en el campo casi nunca secundan las iniciativas legislativas del
partido que fleta sus coches oficiales. Así, por ejemplo, después de casi tres
años de la presente legislatura, aún no se han aprobado ni unos benditos
presupuestos generales, y en este tiempo algunas de las pocas leyes emanadas de
las Cortes, que nos cuestan 150 millones de euros anuales, son tan esenciales como
la Ley Orgánica de Amnistía o la Ley de Representación Paritaria.
Todo buen equipo necesita un buen entrenador. Alguien que
sepa ver las potencialidades de sus jugadores y colocarles donde mejor puedan
desarrollar su labor. Que arrope, motive, y acoja a todos. Así que, si alguna
vez vuelve a haber elecciones (espero que sí), y si acaso quisiera presentarse
(supongo que no), mi voto sería para De la Fuente. Me da igual en qué partido
milite.
Aparecido en La Rioja, 24 de julio de 2026. Ver todas las columnas.

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