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Zapatero, a tus relatos

El día en que conocimos la imputación de Rodríguez Zapatero no fue infrecuente que varios comentaristas de opinión y correligionarios pusieran la mano en el fuego para “apoyarle sin fisuras”. Esta fue la expresión del presidente Sánchez desde la primera sesión parlamentaria en la que manifestó todo su apoyo a un expresidente que, según recordó, había impulsado medidas sociales sin precedentes, nos había sacado de una guerra ilegal, había acabado con ETA, etcétera. Durante unos años, en efecto, fuentes afines al gobierno de la nación han enfatizado la enorme trascendencia de las dos legislaturas de Zapatero, y lo han aclamado como un símbolo de ejemplar progresismo, la estrella imprescindible en toda campaña autonómica, una figura capaz de movilizar a los votantes a las urnas, quien dejó un legado memorable de buen gobierno.

Vaya por delante que no deseo el hundimiento personal de Zapatero, y que considero que la presunción de inocencia es condición esencial de toda democracia; no existe el derecho a linchamiento, ni siquiera mediático. Pero esta entronización previa del expresidente como gurú del talante siempre me ha parecido desproporcionada, cuando no fraudulenta. Zapatero accedió al poder en 2004, cuando ninguna encuesta le daba la victoria, en circunstancias trágicas desencadenadas por el primer y más pavoroso atentado islamista perpetrado en nuestro país, tras orquestar una movilización ciudadana contra el gobierno de Aznar durante la jornada de reflexión (por cierto, todavía hoy pervive un relato que responsabiliza más a Aznar del 11M que a los terroristas, de los que solo quedan tres en prisión). Luego, en 2008, Zapatero se aseguró un segundo mandato tranquilizando a la ciudadanía sobre la amenaza de crisis y negando la recesión, pues España jugaba “en la Champions League de las economías mundiales”.

Pero, como suele pasar, los datos no perdonan: en 2004 había 2,1 millones de parados, y en 2011, cuando Zapatero fue desalojado, eran 5,2 millones; la tasa de desempleo subió del 11,38 % al 22,85 %. Su mandato acabó con un déficit del 9,4 % del PIB, cuando lo había tomado en un 0,14 %. La deuda pública pasó de 389.142 millones a 743.043. El gasto público se disparó como si no hubiese un mañana, pero las Administraciones no pagaban las facturas a los autónomos y pymes; se congelaron las pensiones contributivas; se retrasó la edad de jubilación; se creó un déficit de tarifa eléctrica de más de 24.000 millones de euros; se procedió al rescate del sistema financiero con los recursos de todos, etcétera.

No parece, pues, que el zapaterismo fuera precisamente una época de esplendor de nuestra historia. Pero hay un aspecto que, en mi opinión, supera en gravedad a la destrucción de vivienda, los miles de desahucios, el 50 % de paro juvenil, o los millones de damnificados por una crisis que, aunque no fuera exclusiva de España, afectó de lleno a nuestro politizado sistema financiero. Me refiero a la contribución de Zapatero para volver a las heridas de la guerra civil, a la polarización de las dos Españas. Quien predicara la alianza de civilizaciones trabajó en firme para deshacer el consenso de la transición y levantar ese muro que tan bien ha desarrollado su ilustre sucesor Sánchez. Y esto me parece especialmente grave, más incluso que los millones que ahora se haya (presuntamente) embolsado. Porque una sociedad unida y cohesionada (que no uniforme) puede revertir las peores crisis cuando trabaja con un objetivo común; pero, en una sociedad enfrentada, la sangre siempre llama a la sangre.

Aparecido en La Rioja, 29 de mayo de 2026. Ver todas las columnas.


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