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Cargos de confianza

Unas recientes decaraciones del fiscal jefe anticorrupción en el caso “Mascarillas” merecen eco. En la sesión final del juicio en el Tribunal Supremo, Alejandro Luzón prorrumpió en una acerba crítica al enchufismo que tanto caracteriza nuestra vida política. “Hay que preservar la separación entre las decisiones políticas y la gestión de los recursos públicos”, declaró, denunciando la naturalidad con la que se justifica el “sistema colonizado y parasitado” de tráfico de influencias mangoneado por mandatarios para favorecer a sus protegidos, favoritos, leales, sobrinas (reales o prostibularias), amantes, consortes, cuñados, etcétera. “Las empresas públicas no pueden ser espacios para la colocación discrecional”, proclamó el fiscal. “Es perverso identificar sociedades cien por cien públicas como sociedades del Gobierno”. Al fiscal jefe le indignó especialmente la chulería con que Ábalos pulverizaba el concepto de meritocracia, cuando declaró que el nombramiento de Koldo García como consejero de Puertos del Estado o de Renfe no obedecía a ningún criterio más que el enchufismo: “No se trata de mérito y capacidad. No tenía que aportar”.

Sin duda las escenas que hemos presenciado en las declaraciones de Koldo y Ábalos estos días dejarían atrás las estampas más grotescas que asociamos con la saga de Torrente, y no es de descartar que Santiago Segura encuentre un filón futuro en las andanzas del ministro y sus cargos de confianza. Pero, aunque incluso podamos reírnos para no llorar de estos episodios, lo cierto es que este “contexto cuasi colonial en el que está asumido que la mera sugerencia del ministro, sus meros deseos, se convierten en órdenes” (Luzón de nuevo) no es algo ajeno a diversos escalones de las administraciones públicas. A todos nos escandaliza conocer nuevos episodios del sainete de Koldo y cía, pero seguro que conocemos decenas de ejemplos a nivel de gobierno local, autonómico, administrativo, educativo, universitario, etc. en los que cargos con buenos sueldos y cómodos quehaceres son desempeñados por personas que no destacan especialmente por su brillantez, sus ideas o su capacidad de trabajo. Antes el contrario, las personas brillantes y con iniciativa suelen estar en el punto de mira del tiranillo/a colonial que ostenta el mando (en este caso, “ostentar” es correcto) y son objeto de sus represalias, mientras que el principal requisito para la promoción del mediocre suele ser que le rinda total pleitesía, que sea siempre fiel, uno de los nuestros.

Seguro que más de una vez nos hemos preguntado cómo es posible que tales o cuales personas estén rigiendo nuestros destinos, o que lleguen a puestos de responsabilidad para los que no son aptas. Mientras las cosas funcionan y hay presupuesto, no cunde el pánico; el problema es cuando surgen las emergencias y el paniaguado debe tomar medidas de las que depende vida o muerte. Por cierto, no sé si tendrá que ver, pero seguro que no soy el único que se ha defecado vivo cuando hace unos días apareció en ciertos medios Fernando Simón a tranquilizarnos sobre el hantavirus. Pues eso.


Aparecido en La Rioja, 16 de mayo de 2026. Ver todas las columnas.

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