En el último programa de TVR “+ que palabras”, los contertulios dedicamos gran parte del tiempo al funesto accidente ferroviario, como no podía ser de otra manera. Es cierto que los temas de actualidad parecen mecernos como ramas agitadas por el viento, haciendo que otros asuntos queden relegados, pero también es verdad que la tragedia nos sobrecoge y acapara la atención. Quisiera aquí expresar mi solidaridad por las víctimas y sus allegados, que son quienes verdaderamente importan, y el agradecimiento a las personas que trabajan para atenderles. Me desgarra el corazón ver en la prensa las fotos de algunos fallecidos, la mayoría sonriendo ante la cámara, con tanta vida por delante. Ciertamente, no sabemos cuándo ni dónde nos espera la Parca. Descansen en paz.
En el citado programa esbocé mi percepción, ya expuesta en
otra entrada anterior, de que la opinión pública reacciona ante este tipo de
catástrofes con un esquema que sigue tres fases. La primera es la del shock, la
conmoción ante el impacto brutal de los acontecimientos. Contemplamos
consternados los efectos y sus víctimas, presenciamos la incredulidad, la
desesperación, la rabia, incluso el intento de dar sentido recurriendo a una fe
que puede ahora ponerse a prueba. La segunda fase es la de la solidaridad: se
movilizan los recursos institucionales y humanos para hacer frente a la
catástrofe. Profesionales, especialistas y voluntarios se desviven para
auxiliar a las víctimas y sus allegados, para aliviar de alguna forma la
crudeza del desastre. Los medios informativos se vuelcan, los reporteros-estrella
viajan al epicentro y entrevistan a testigos; también la Casa Real y los
políticos, quienes en esta fase aparcan sus diferencias y se fotografían juntos
formando un (aparente) frente común. Pero al cabo de un tiempo llega inexorable
la tercera fase, la de exigir responsabilidades, y aquí los políticos vuelven a
empuñar el hacha de guerra para despellejar al contrario en la medida en que el
territorio de la tragedia sea de su competencia.
Obviamente, exigir responsabilidades tras un análisis
minucioso de las causas del accidente es una fase necesaria, sobre todo para
que no se vuelva a repetir en el futuro. Pero, además del cainismo mencionado, no
deja de ser lamentable que con frecuencia el buen mantenimiento de las
infraestructuras públicas se condicione a golpe de tragedia, como si hicieran falta
muertos para que ciertos responsables públicos hagan bien su trabajo. Y,
además, suele darse una cuarta fase (sugerida por Jorge Fernández, compañero
contertulio): la del olvido. Al cabo de semanas o meses de exclusividad
informativa, el asunto se aparca sin que se hayan tomado medidas verdaderas y
eficaces para que no se repita. Por remitir a un caso reciente, ¿se está
haciendo lo posible para prevenir otra DANA? ¿Se están construyendo sistemas de
drenaje urbano más eficientes, presas en las cabeceras de los torrentes y
tanques de tormenta, medidas de autoprotección de las viviendas, etc.? ¿O basta
con la dimisión de Mazón?

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