En mis tiempos (ya un tanto antediluvianos) de estudiante no se estilaban las graduaciones, ni siquiera al terminar la universidad. Entonces uno iba a la secretaría de la facultad, comprobaba si había aprobado la última asignatura de la titulación, y, en caso afirmativo, se tomaba una birra con los amigos, se daba un chapuzón en la piscina, o sencillamente se marchaba a casa y de camino se apuntaba en la oficina del Inem. Ahora, sin embargo, siguiendo la estela de los McDonald’s y los halloweens, hemos importado la tradición de celebrar por todo lo alto estos ritos de paso. Me atrevería a decir que primero vinieron las graduaciones universitarias, lo que tiene su sentido, pues por lo general los recién graduados llevan casi dos décadas dedicándose al estudio en exclusiva, algo sin duda muy edificante pero que también ha conllevado tensiones, horarios y exámenes. La graduación universitaria, pues, significa el final de la etapa de estudiante a tiempo completo, con cargo a los fondos públicos y/o parentales, para empezar a buscarse la vida.
Luego, por semejanza, hemos empezado a celebrar con boato y
puestas de largo otras fases anteriores, como las graduaciones de bachillerato.
También pueden resultar muy emotivas, pero el punto de inflexión que significan
es mucho menos relevante, pues la mayoría que acaba el bachillerato seguirá
estudiando. Y así, pasando por la ESO hemos ido bajando el umbral de fin de
etapa hasta la nueva costumbre de celebrar la graduación… ¡de la guardería! La
he presenciado recientemente: a los querubines de dos y tres años sus
orgullosos progenitores les visten con batas-togas y birretes de cartulina, les
hacen fotos desde todos los ángulos con sus diplomas, y les rodean de
felicitaciones y parabienes por haber llegado a este estadio memorable en sus (cortas)
vidas.
A la vista de estas y otras manifestaciones, no es extraño
que, desde que ven la luz, nuestros hijos adquieran la arraigada convicción de
que el mundo gira a su alrededor. No se les puede culpar. Yo mismo confieso mi adscripción
a las primeras hornadas de los llamados padres-helicóptero, quienes hemos
puesto a los hijos en el centro absoluto de nuestros quehaceres y desvelos. Y no
es que nuestros padres nos quisieran menos, pero, por ejemplo, en mis años de
baloncesto escolar nadie acudía a ver los partidos de sus retoños, mientras
que, cuando me tocó como padre, no había sábado por la mañana en que faltara un
solo progenitor. O por poner otro, mis celebraciones de cumpleaños eran, en el
mejor de los casos, una merendola en casa con cuatro amigos; ahora organizar un
cumpleaños infantil puede requerir hasta empresas de organización de eventos.
Sin duda esta preocupación por que a nuestros hijos no les
falte de nada es encomiable, pues se hace por amor. Pero quizá el acolchado permanente
no sea la mejor preparación para su futuro sin nosotros. Unos padres y madres que
se movilizan indignados cuando el maestro “es demasiado serio”, o “no motiva”,
o incluso “enseña demasiado” (caso real) no están ayudando a sus hijos a
entender que lo normal en la vida es que las cosas no salgan como queremos, que
además de enfermedades y reveses vendrán jefes tocapelotas, compañeros
insolidarios, clientes coñazo o competidores despiadados. Y no es ningún
secreto que nuestros jóvenes adolecen de una baja capacidad para afrontar la
frustración, por minúscula que sea. Adoramos a nuestros hijos, sí; pero quizá
en vez de solucionarles cada contratiempo deberíamos enseñarles a que
encuentren ellos la solución. A la larga, nos lo agradecerán.
Aparecido en La Rioja, 27 de junio de 2026. Ver todas las columnas.

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