Acaban de subir a Netflix El caso de Cristo, una buena alternativa de Semana Santa si uno está cansado de Ben Hur o Quo Vadis, o no tiene estómago para La Pasión de Mel Gibson. Al igual que un spoiler de esta no debería causar gran trauma (ya imaginamos el final), el que propongo ahora tampoco. Adelantaré que, basada en hechos reales bastante recientes, El caso de Cristo cuenta la historia de Lee Strobel, un periodista norteamericano ateo convencido, que sufre una amarga frustración cuando ve que su esposa está experimentando una conversión religiosa. Para contrarrestar este pernicioso delirio, se propone aplicar las técnicas de investigación periodística a demostrar que el cristianismo es una falacia, y su objetivo prioritario será desmontar la credibilidad de la resurrección del tal Jesús. Así, concierta entrevistas con diversos especialistas, creyentes o no, y les va planteando con crudeza sus objeciones.
Una de las primeras es que la comunidad cristiana primitiva
se inventó el relato de la resurrección y construyó todo lo demás sobre esta
mentira. Pero su interlocutor, el estudioso Gary
Habermas, le explica que la mayoría de estos testigos murió bajo martirio por
defender su creencia, y que, aunque morir por una causa no la convierte en
verdadera, nadie da la vida por lo que sabe mentira; en definitiva, los
primeros testigos creían lo que afirmaban. Strobel más tarde contacta con una
psiquiatra agnóstica, Roberta Waters, para que le confirme la noción de
alucinación colectiva, pero esta, muy a su pesar, afirma que las alucinaciones
son tan individuales como los sueños, y que el hecho de que más de 500 personas
tuvieran la misma sería más milagroso que volver de la muerte. Respecto a la
veracidad de las fuentes documentales, un erudito arqueólogo le manifiesta que el
Nuevo Testamento no tiene parangón en todo el mundo antiguo. Existen 5.843
copias de manuscritos solo en griego (24.000 en otros idiomas), frente a 5 copias
de las obras de Aristóteles, por ejemplo, y la datación de los primeros es tan
solo unas décadas antes de los hechos narrados (el manuscrito conservado de la Ilíada se escribió 1.100 años antes).
Pero los evangelios tienen discrepancias, le objeta Strobel al filósofo Bill
Craig, y este le expone que la presencia de pequeñas divergencias en detalles
secundarios, que no alteran los principales, es garantía de autenticidad, de
que el relato no se ha fabricado, como también lo es el hecho de que fueran unas
mujeres las primeras en anunciar la resurrección, pues su palabra apenas
contaba en aquella época oscura.

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