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Pura poes-IA

Un clásico victoriano menos conocido que las novelas de Dickens es la distopia Erewhon, de Samuel Butler. Además de su crítica social siguiendo la estela de Jonathan Swift, uno de los méritos de este libro es que ya en 1872 preveía los peligros de la IA, en su descripción de máquinas con conciencia propia, “autorreplicantes”. Entiendo que la teoría es que convendría ver el lado positivo de todo avance tecnológico, y, en lo tocante a las aplicaciones de la IA en educación, siempre hay voces que sostienen que, en vez de proscribir su uso, habría que aprovecharlo para la formación de los estudiantes. Confieso que, de momento, en lo que a respecta a una docencia que ha de ser evaluada individualmente, aún no he sido capaz de dar con la fórmula adecuada, y he optado más por la prevención: así, no pido ya trabajos escritos en las clases presenciales. Quizá algún día dé con la clave; se aceptan sugerencias.

Es patente que quien evalúa un trabajo escrito se encuentra ahora en una situación de completa ignorancia sobre la autoría y originalidad del texto. Y esto que sucede en la docencia se extiende a otros campos de evaluación, como pueden ser los certámenes literarios. Con los de los grandes grupos planetarios no hay problema: los convocantes ya saben que la autoría es del negro/a (o “ghost writer”) de la celebridad que lo va a ganar, al que (espero que) paguen convenientemente con dinero, ya que no con fama. No, no me refiero a los certámenes planetarios, sino a los convocados por ayuntamientos, diputaciones, comunidades y otras instituciones que no están dados de antemano (nótese la subordinada adjetiva especificativa, no explicativa).

Como uno en el que estuve de jurado hace unos meses; un certamen de poesía de transparencia intachable. Como es habitual, el grueso de los centenares de trabajos participantes había pasado por una primera selección de un prejurado, y a nosotros nos había llegado una selección de quince. Pues bien, cuando nos reunimos a deliberar, algún miembro percibió que ocho de los quince poemarios finalistas tenían un estilo muy parecido: una poesía impecable, moderna, que alternaba la prosa poética con el verso libre, pero que, a pesar de no tener defecto ni mácula, transmitía frialdad. A veces repetía las mismas imágenes inusuales.

Hay que aclarar que las bases de este certamen no ponían límite a la cantidad de originales que podía presentar cada participante, pero la media de extensión de estos trabajos era de 50 a 70 páginas. Parecía obvio que ocho de los quince poemarios finalistas eran del mismo autor, algo permitido, pero un tanto sospechoso. Así que se llevó a cabo una comprobación. Sin dar nombres en ningún momento, se constató que la misma persona había presentado … ¡cuarenta poemarios al mismo certamen! Unas dos mil y pico páginas de versos inéditos y acaso “autrorreplicantes”.

¿Los escribió el autor con IA? Nunca lo sabremos, pero nos quedó una duda más que razonable. En todo caso, no ganó… Este certamen. Imagino que ya los habrá presentado a decenas de otros, quizá con mejor suerte.



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