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domingo, 10 de noviembre de 2019

Fabularemos sobre el desarraigo

El próximo domingo 17 de noviembre los amigos de la revista literaria Fábula, o el público en general que no quiera quedarse en casita una fría tarde de domingo, tiene una cita con un puñado de fabulistas en el Hotel Vallejo de Logroño. Se trata de una sesión de lectura de relatos breves enmarcada entre las actividades del Festival de narrativas Cuéntalo, que este año alcanza su tercera edición.

Estoy seguro de que será una velada muy animada y memorable, y que merecerá la pena vencer la natural pereza que da asistir a un acto literario un domingo de noviembre a las 7 de la tarde.

Copio los datos del anuncio del acto, redactado por los organizadores.

Domingo 17 de noviembre | 19.00 h. | Hotel Marqués de Vallejo
Inspirados por Bolaño («literatura y exilio son dos caras de la misma moneda»), en Fábula recuperan relatos sobre desarraigo publicados en la revista y propone textos inéditos sobre el tema leídos por sus autores.



El Festival de Narrativas CUÉNTALO son siete días de conversaciones, miradas, relatos, reflexiones y experiencias. El tema que vertebrará la programación de este año será el desarraigo: las visiones apátridas del mundo, personajes con vidas ambulantes, historias que se desprenden de la parte más terrosa de su identidad, bien por voluntad, bien por oportunidad o bien por necesidad.
El desarraigo se asocia automáticamente con la migración, con el exilio y los refugiados. El desarraigo por necesidad, casi por supervivencia, es claramente uno de los vértices del festival, pero queremos abrir ese concepto, desplegarlo e introducir otras perspectivas del desarraigo, aquellas que lo abordan desde la firme voluntad individual del que se desarraiga, historias de personajes que se arraigan donde y desde donde quieren, desafiando lo que el destino les tenía escrito. Historias y personajes que no se han arraigado nunca, que no conocen la pertenencia a una patria o a una cultura colectiva o que han vivido en permanente huida de su entorno más cercano. Territorios con identidades desdibujadas, personas que se mueven buscando, y no —o al menos no sólo— huyendo.
En definitiva, se trata de abrir el prisma e ir mostrando diferentes narrativas que completen un mosaico de visiones sobre el tema desde lo dramático, lo poético, lo sensorial, lo político y también —por qué no— desde el humor.

Para más información, véase el enlace de Cuéntalo 

domingo, 3 de noviembre de 2019

DEMOCRACIA EN PERÚ (Y FUERA)


Su acento y gracejo general lo delataba, aunque tampoco me quise hacer el sabiondo y le pregunté de dónde era. Peruano, contestó, y esto me dio pie a contarle mi verano en los alrededores de Chiclayo, donde fui de cooperante al acabar la carrera (si bien omití mencionar que me pasé la mitad de mis estancia en la cama, con gastroenteritis primero y luego infecciones de piel). En fin, sin duda Perú me dejó huella.
–Y dígame, ¿viaja a su país con frecuencia?
El taxista se puso serio. Me contó que tenía familia allí y que no tenía más remedio que visitarles de vez en cuando. Pero que se avergonzaba profundamente de su país.
–A ver, pues. Perú va aún más a peor. Fíjese. Los cinco últimos presidentes, todos buscados por la justicia o condenados a prisión. Y lo que es peor, alguno de ellos, como Alan García, volvió a ser reelegido en 2006 en cuanto prescribieron los delitos que se le habían imputado. ¿Qué futuro tiene un país donde la mayoría elige como presidente a un delicuente?
            Tenía su punto mi taxista, la verdad. No cabe duda de que la democracia es la mejor –o quizá la menos mala– de las formas de gobierno, pero no una democracia en la que manden los delincuentes por mayoría. Y no se trata de un problema de pueblos con menor formación política. Países que se precian de su cultura y/o de su dilatada tradición democrática como EE.UU o el Reino Unido pueden acabar encumbrando como máximos dirigentes a completos impresentables.
            Creo que la salvación de la democracia como voluntad de la soberanía popular y no como otra, acaso más compleja, forma de tiranía pasa por una seria reflexión crítica sobre sus debilidades y talones de aquiles, seguida de una profunda reforma. Para empezar, habría que incidir en aspectos tales como las listas abiertas, la separación real de poderes, la imparcialidad de los medios de comunicación y otras entidades públicas, la capacidad de diálogo o la cualificación de los candidatos. Esta me parece una cuestión fundamental. Si para ser médico o juez el interesado ha de estudiar largos años, aprobar exámenes u oposiciones muy selectivas y formarse después durante más tiempo, ¿cómo es que para el oficio supuestamente más difícil, el de dirigente de todo un país, no se pide más que no ser demasiado feo? ¿Cómo es que se puede presentar, y lo que es peor, que puede salir elegido, un candidato que no ha dado un palo al agua en su vida?

            (Pues eso, si es usted español, que lo vote bien. Hasta el domingo.)

domingo, 27 de octubre de 2019

Franco redivivo


Como todo el mundo sabe, el problema más inquietante en España era el lugar donde reposaba el cadáver de Franco. Afortunadamente, nuestro valeroso presidente en funciones, don Pedro Sánchez, ha movilizado todos los recursos del gobierno para solucionarlo, y este pasado jueves 24 de octubre de 2019 ha llevado a cabo la histórica hazaña del desenterramiento del féretro y posterior enterramiento en otro lugar. A partir de ahora, ni la desaceleración de la economía, ni la nueva crisis que se avecina, ni el desgobierno sin visos de consenso, ni la falta de libertad en Cataluña, ni la violencia callejera, machista o independentista, ni siquiera el cambio climático nos tendrán que preocupar.

No es hazaña pequeña, no, y es posible que los votantes del señor Sánchez lo valoren en su elevada medida. Pero, ¿quién sabe qué otras consecuencias pueden tener tan encomiables actos? Para empezar, cuando nadie (especialmente los menores de cuarenta años) se acordaba ya de Franco, este asunto lo ha resucitado de alguna forma a las puertas del Día de Difuntos (para otros, Halloween). Y díganme, ¿es conveniente resucitar a un dictador?


Parece razonable despotricar del franquismo no tanto por la Seguridad Social o el desarrollismo o la inauguración de pantanos como precisamente por ser dictadura, es decir, un régimen no democrático en el que no se puede ejercer la libertad política. Pero el mejor legado de un dictador no son tanto sus restos mortales como el modus operandi, el control y la supresión de libertades. Ahora se da la paradoja de que los más acérrimos antifranquistas pueden estar homenajeando al dictador del mejor modo posible, es decir, empleando sus métodos. Por ejemplo, una ley –sea estatal o autonómica– que busque rescribir la historia y penalizar a quien disienta de la versión oficial, está utilizando métodos de dictador. Y podríamos seguir con más ejemplos.

Y otra cuestión no menor. Durante varias décadas las personas de derechas y de izquierdas han caminado juntas para hacer de España un país libre y moderno, del que estar orgullosos. Ahora, resucitar cadáveres propicia que “rojos y fachas” de nuevo se vuelvan a tirar los trastos a la cabeza, primero en el Parlamento, para que luego los más descerebrados se rompan el cráneo en la calle.

Y menos mal que no llegaron a abrir el féretro de Franco. ¡Igual todavía estaba vivo dentro! ¡Feliz Halloween!

domingo, 20 de octubre de 2019

No nos doblegarán. ¿O igual sí?


“Los violentos nunca podrán doblegarnos a los demócratas”. Frases similares se oyen en boca de altos mandatarios en actos públicos organizados para consuelo del pueblo ante catástrofes provocadas por grupos humanos (por llamarlos de alguna forma) que buscan imponer sus ideas con terror, violencia, o muerte. Pues bien, en estos días en que están sucediendo los episodios más negros de la historia reciente de España, tal consuelo parece necesario. El independentismo catalán, con la ayuda del anarquismo-antisistema internacional y nacional, ha cruzado una frontera extrema, ha empezado a recurrir al terror, la violencia y (pronto) la muerte para conseguir sus fines.



Se me ocurren unas cuatro formas en las que un movimiento independentista pueda triunfar. La primera es cuando el gobierno del país de origen decide que el territorio contestatario es más costoso que rentable, y gustosamente accede a dejar que se separe. La segunda, cuando la comunidad internacional presiona a favor de la independencia en función de las razones históricas o las graves condiciones de injusticia que los separatistas logran denunciar y probar. La tercera, cuando, sin darse los supuestos anteriores, el gobierno del país es demasiado débil o demasiado buenista, y por contentar las gargantas de los insaciables, o por no ser tachado de extremista, o simplemente por conservar a su líder en el sillón por un par de años más (acaso la situación más común), se deja llevar por la marea, accede a convocar una consulta vinculante que los independentistas bien organizados se encargarán de ganar, y, tras este punto de no retorno, consumará la pérdida irreversible de ese territorio con sus gentes.

Tal como yo lo veo, el independentismo catalán aspiraba en un principio a conseguir sus fines mediante el segundo método, y luego, ante la imposible justificación, a través del tercero. Esta estrategia podía llevar su tiempo, pero planteaba un horizonte de futuro posible. Pero ahora, con la excusa de una sentencia judicial relativamente moderada y muy susceptible de reducción e incluso indulto, el proceso se ha acelerado y se está aplicando al cuarto método, el de la violencia, acaso el más eficaz cuando se reúnen las condiciones. En este, cuya eficacia está contrastada a lo largo de los siglos, no cuentan las razones, ni el talante democrático, ni siquiera la historia. Lo que cuenta son las armas, el músculo, la brutalidad.

Pues eso, los violentos no nos doblegarán a los demócratas. No. Salvo que los violentos sean fuertes, y los demócratas débiles.

domingo, 13 de octubre de 2019

Gélidas aulas de octubre

        --Te lo juro, tía. La Jessy es una empalmada.
        Lo primero que atrajo mi atención fue precisamente este vocablo, “empalmada”. Hacía poco que había constatado nuevas acepciones coloquiales en idiolectos adolescentes, además de las de ámbito etílico-festivo o falocéntrico (sic). Pero ahora, a mis espaldas, surgía una nueva evidencia lingüística.
El discurso provenía de un diálogo entre dos voces femeninas, presumiblemente jóvenes, detrás de mí. Yo caminaba sin prisa pero sin pausa por el campus de camino a mi facultad, y las voces parecían mantener un paso y rumbo similares. Lo digo para que no se me malinterprete y se me achaque injusta olisconería.
–Joder, y ahora cágate, me toca clase con [beep]. Menudo coñazo me espera.
Al llegar a este punto mi interés se derivó hacia el sujeto marcado con un elíptico pitido en mi texto, aunque he de aclarar, con alivio, que no se trataba de mí. Con todo, el trayecto no era muy largo, y nuestra procesión llegó pronto a su destino. Aquí las voces parecieron despedirse.
–Y lo peor es que el aula es un frigorífico, tía. Joder qué corrientes. Y qué frío se pasa. Venga, te veo luego.
La anónima hablante no dejaba de sorprenderme. El presente sol de octubre está aún más cerca del verano que del invierno, aunque sí es cierto que no resulta superfluo llevar al menos un jersey o chaqueta. Entramos en el edificio y yo, con más curiosidad que cortesía, le cedí el paso sosteniendo la puerta. La joven no reparó en mí, pues en esos segundos desde su despedida de la amiga había sacado el móvil y lo manipulaba con pericia. Pronto entendí la raíz del problema: vestía una ligera indumentaria que exponía hombros, ombligo, riñones y siete octavos de pierna a la intemperie.
Aún estoy plantado ante la cabina del conserje preguntándome si debería pedirle que encienda la calefacción. Yo creo que sería pertinente.



domingo, 6 de octubre de 2019

Cosas de Clara

En esta tarde en la que aún estoy algo aturdido por el jetlag y con poca inspiración, opto por volver a los orígenes de mi blog. En efecto, este arrancó porque quería promocionar mi (entonces) reciente novela Mientras ella sea clara. Angelito ... Como en estos nueve (!) años se han incorporado nuevos lectores, hoy vuelvo a reproducir algunos fragmentos de la novela que aún me divierten. Por supuesto, como todo lo que escribo, a la vuelta de los años siempre me apetecería reescribirlo. Pero quizá sea mejor no meneallo.


LA ESENCIA DEL PROBLEMA
《Y ahora que ya conocéis a los tres causantes de mi terrible desazón, ya va siendo hora de que os mojéis un poquillo, ¿no? A ver, ¿con quién os quedaríais? Venga, mojaros, mojaros, ya vale de hablarlo yo todo... Míchum es un pedazo de pan, o mejor dicho, un mendrugo de pan. Míchum es mi mejor pasado y mi más incierto futuro. Con él tendré mucha ternura y mucha discusión, muchas hipotecas y muchos churumbeles gritando y volviéndome loca. Martello es la seguridad, el poder, la protección, el sentirme princesa de cuento, el dejarme llevar por un suave hipnotismo. Pelayo significa pasión, erotismo, la reinvención continua de lo cotidiano, la perenne incertidumbre que a la vez te llena de entusiasmo, el no-sé-qué-hago-aquí-pero-me-encanta. Y, lo que es peor, los tres representan facetas de mi vida a las que no quisiera renunciar. Quizá yo sea de esas que tienen múltiple personalidad, o personalidad desintegrada, o esas zarandajas que tuve que estudiar (…). Pero lo cierto es que no me siento con fuerzas ni ganas de desprenderme de ninguno de los tres y de lo que representan en mi vida.》
 (p. 147)

A CLARA NO LE GUSTAN LAS BODAS (AUNQUE PREPARE TRES)
《Estaba comentando lo de la boda del Tenis, y yo empezaba a despotricar contra la manía superextendida de invitar a gente que casi no conoces, no sé si para que te hagan más regalos o para que la boda suba de categoría o qué. Seguro que tenéis la experiencia de que os toque una mesa entre gente que no has visto en tu vida y con la que no tienes ningún punto en común, pero a la que tienes que besar como si fueran colegas de la infancia y con la que tienes que aguantar las tres horas que dura la comilona hablando de memeces. Y todo esto se agrava si el resto de los comensales de tu mesa ya se conocían y son de la misma “panda” (qué palabra tan cursi), y se ponen a repasar la lista de amiguetes, enemiguetes y conocidetes, o a contar anécdotas del pasado desternillantes (para ellos y su pastelera madre, claro), y cuando llega el solomillo te vuelven a preguntar, “Clara, y tú a qué te dedicabas?”, y les vuelves a decir que eres técnico en aprendizaje, adaptación y psicomotricidad infantil y contestan “ah, qué interesante”, y cuando llegan los postres los novios vienen a retratarse con los de la mesa, y la novia (a la que quizá has conocido esa tarde) te pregunta dulcemente si te lo estás pasando bien, y tu contestas que de maravilla, que es el día más feliz de tu vida y tal. Y luego el bailongo, con la gente volviéndose progresivamente más y más pedo, con el corrito para dejar que los novios bailen un vals que llevaría a Strauss al suicidio, con la típica pareja de resabidillos con miles de horas de bailes de salón humillando al resto y quedándose solos en la pista, con el tío de la novia divorciado y prematuramente curda dedicado a sobar a toda hembra menor de setenta y cinco, con la casposa conga de jalisco de remate... Un martirio chino, vamos.》
 (p. 168)

CLARA NO QUIERE SER FAMOSA


《Me pasa justo lo contrario que a las chicas de mi generación: todas quieren ser famosas. En cuanto una es un poquito mona y tiene unas piernas no demasiado espantosas y la piropean los cuatro pichabravas recién bajados del andamio que te cruzas a diario, ya se pone a soñar con sus posibilidades de ser modelo, o actriz, o bailarina, o gran hermana, o todas esas fritangas del rollo Operación Triunfo o Un Paso Adelante. A mí, sin ir más lejos, que cada vez que me miro al espejo me parezco más fea, hace un par de años me llegaron a ofrecer la posibilidad de hacer carrera como modelo de una firma de ropa nacional. Un tío que me conocía de la uni, y que ahora se dedicaba en Madrid a cazar talentos. Me decía que tenía una mirada que seducía a la cámara. Qué gilipollez. No lo dudé un minuto, le dije que ni de coña bendita, vamos. Cuantos menos me conozcan, mejor. ¿Cómo puede haber gente tan majadera que piense que salir en la tele o en las revistas es la meta de su vida? En cuanto eres famosa ya se acabó tu intimidad, ya perteneces al dominio público. Cualquier maruja con rulos, patillazas y lamparones en la bata puede pontificar sobre tu vida y milagros, sobre tus manías, tus lugares de veraneo y lo resultona que eres como amante. No puedes ir a la playa sin que haya algún paparazzi oligofrénico dispuesto a hacer carrera contigo. Caminas por la calle y a cada segundo se te cruza gente que te reconoce, que suelta risitas bobas, o que directamente te para para que le firmes en la escayola o le beses el muñón. No tienes el más mínimo derecho a la intimidad, derecho que, para una santanderina de pro con sangre inglesa, juzgo el más irrenunciable de la entera existencia.》
 (pp. 178-9) 
A CLARA LE ASUSTA EL COMPROMISO 
《Sin embargo, Míchum cree en el matrimonio cristiano y para siempre, y en el rollo de tener hijos y de acompañarlos al cole y a los partidos de fútbol y a las funciones cutre que dan en el colegio por Navidad y demás. Y yo no es que lo rechace de plano, pero en ocasiones vomito de pensarlo. Pasar toda la vida con el mismo hombre, viviendo bajo el mismo techo, cambiando pañales, cocinando y fregando y planchando (aunque vayamos a medias, ojo), con todo el peso de la rutina cayéndote encima un año tras otro... La atadura es lo que agobia, ¿me entendéis? Saber que estás atada. ¿No es mucho mejor vivir al día, pasarlo bien hoy y ahora, sin comerte el tarro sobre el futuro?》
 (pp. 41-2)


POR QUÉ CLARA NO EJERCE DE MAESTRA
《Como ya os he dicho, soy diplomada en Magisterio especialidad educación infantil. La carrera me costó sangre y sudor, pero creo que no es culpa mía, ni que mi capacidad intelectual no sobrepase con mucho el nivel requerido. Lo que pasó fue que a mitad de carrera me entró la crisis: me empecé a plantear que los niños no me gustaban un pimiento. Quizá si me fuera al Perú o a Ruanda y tratara a niños indígenas desnutridos y sonrientes, que se emocionan si les regalas el palo de un chupachups, me cambiaría el concepto. Pero los niños occidentales, y en concreto santanderinos, malcriados por papá y mamá, tíos y tías, abu y abá, vecinos y vecinas, atiborrados de regalos en navidades y Reyes, en cumpleaños y nocumpleaños, en santos y San Dejamenpaz, acostumbrados desde la cuna a ser los tiranos sátrapas de la casa; cuyas mamás les defenderían como leonas ante todo el claustro escolar aunque ellos le hayan pegado fuego al colegio; cuyas abuelas, aunque sean nonagenarias y catalépticas, si queda un solo asiento en el autobús se lo dejarán a ellos indefectiblemente, y luego ellos no se lo agradecerán ni por el forro... A esos niñatos, yo sinceramente los detestaba. ¿Y cómo iba a dedicarme de por vida a ser maestra si detestaba a los niños?》
 (pp. 74-5)

MÍCHUM Y CLARA HABLAN DE SEXO TRAS UN SONORO CORTE DE ROLLO
 《         —Míchum, ahora sí que no te entiendo nada. ¿Qué mal puede haber en disfrutar un poco de la vida, que ya es bastante puta? ¡Qué pecado ni qué mierda! No me pidas que te comprenda. Lo único que entiendo es que no me quieres. No lo suficiente. Tus curas te han metido esas ideas de que el sexo es malo y que hay que evitarlo, y tú no eres capaz de levantar la cabeza de esas supersticiones. Pero si el sexo es lo mejor que tenemos, Míchum.
Él se quedó un momento pensativo, como buscando una respuesta, rascándose la cabeza. Al cabo se le iluminó un poco la cara. 
          —Mira, Clara. Cuando eras cría, ¿no te hacía ilusión esperar al día de Reyes para recibir los juguetes? Imagínate que te los hubieran regalado según los iban comprando. Seguro que apetecía más en el momento, pero luego... no era lo mismo ¿No me entiendes?
           —Has puesto un ejemplo pésimo. A mí nunca me regalaron juguetes en navidades...   
        —Vale, vale, lo que quiero decir es que no se trata de evitar el sexo, sino de cuidarlo. Cuidarlo, eso, protegerlo. Es tan importante que hay que guardarlo de los ladrones. El sexo y el amor, el amor y el sexo, son dos líos alucinantes. No hay quien se aclare con ellos. Si tienes suerte, te pueden hacer muy feliz, pero también te pueden amargar la vida, o las dos. Pero yo al menos sé una cosa: los tesoros hay que guardarles. No se puede ir enseñándoles a todo quisqui. Si alguna vez me tocara la lotería, no iría enseñando los billetes por la calle. Los guardaría en el banco... hasta que llegara el momento de gastarlos... ¿Entiendes?》
 (pp. 212-3)

EL FISCO, SEGÚN EL HONRADO SEÑOR MARTELLO
《La verdad es que Hacienda cada año se excede más. En vez de ir a por los ricachones mangantes, los que cometen los grandes desfalcos, los altos funcionarios del sobre y la mordida, el fisco nos chupa la sangre a los honrados ciudadanos de a pie. Y quieren que los ciudadanos honrados paguemos y callemos, nos quieren indefensos jurídicamente ante esa  explotación impune que nos hacen de lo alto, con las armas del Estado. Por eso me parece muy encomiable el afán de usted por analizar maneras de desgravar. Es, yo diría incluso, heroico. —Y añadió, dirigiéndose a mí—: ¿Ha visto la película Matrix? (…) He aquí una buena imagen del estado que exprime a sus súbditos. Tenemos que procurar, como los protagonistas de Matrix, introducirnos en los vericuetos de la enorme maquinaria absorbente y conseguir minar el sistema desde dentro, sin que nos puedan atrapar.》  
(p. 55)

LA PROVIDENCIA, SEGÚN MÍCHUM 
《Mi experiencia me dice que, por mucho que reces y estés en grupos cristianos y tengas una cierta vida de creyente, el de Arriba no siempre te saca las castañas del fuego. Muchos familiares de víctimas de accidentes, por ejemplo, se preguntan por qué Dios les ha dejado tan tirados, cómo se puede justificar tanto sufrimiento, y algunos pierden la fe como consecuencia. (...) El de Arriba no se dedica a impedir que la gente sufra, ni que muera. Lo que le interesa es que la gente muera bien, en su onda, podríamos decir. Por eso permite cosas que nosotros no entendemos a la primera, ni quizá a la segunda, ni a la tercera. Y justo por eso, por no entenderle, nos parece que nos deja tirados (...), y nunca tienes claro si Dios piensa como tú o justo al revés que tú. 》
(pp. 118-9)


domingo, 22 de septiembre de 2019

Antiguos alumnos

En la entrada de la semana pasada escribía sobre el recuerdo de mis antiguos alumnos, y concluía que los logros de estos me hacen sentir orgulloso, que me solidarizo de todo corazón con sus triunfos. Y aunque con la edad uno aprende a relativizar el concepto de triunfo, y acaso a redirigirlo a cosas que de verdad importan, hay jalones en el camino de las personas que merecen celebración.

Enhorabuena, Diego...
Todo esto viene a cuento de la reciente toma de posesión como director general de Cultura del Gobierno de La Rioja de un antiguo alumno, Diego Iturriaga Barco, un hombre de extraordinaria capacidad de trabajo. Me vino a la cabeza que ya es el segundo cargo semejante que ha pasado por mis aulas, siendo el primero José Luis Pérez Pastor. En un contexto semejante habría que mencionar también la sólida trayectoria de César Luena, ahora eurodiputado en Bruselas, quien ya en su primer año universitario apuntaba maneras de su vocación política.

Quizás las personas dedicadas a la política destaquen más ante la opinión pública por la inmoderada atención que les dedican los medios, pero también cuento entre mis antiguos alumnos a personas que van destacando en el campo literario (Elvira Valgañón o Sonia San Román), el actoral (Mabel Lozano) o el musical (Paulino Lorenzo), de los que también me enorgullezco.

Pero, quizá más importante aún, me llena de orgullo contar con una nutrida representación de ex alumnos entre los profesores de los diversos niveles educativos, entre los que vuelcan cada día sus energías y entusiasmo en educar (es decir, guiar e inspirar) a las nuevas generaciones que nos siguen. Quizá resulten anónimos para la prensa, para el mundo de la fama, pero no --cómo recordaría el protagonista del clásico Un hombre para la eternidad -- para sus propios alumnos. Y eso es lo que importa.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Profesores y alumnos

Mañana arranca el nuevo curso académico en mi universidad y en muchas otras, y parece un buen momento para replantearse si la presencia del profesor ante un puñado de alumnos es una modalidad abocada a la extinción, destinada a ser erradicada por el docente-pantalla de la enseñanza online. ¿Cuál es el sentido de que haya un profesor en un aula mirando a sus alumnos a la cara? ¿Les aporta algo a ellos tenerle cerca, o es incluso mejor que permanezca al otro lado del ordenador? 



Esta cuestión se relaciona con el grado de influencia (benéfica, esperemos) que puede ejercer un docente sobre sus alumnos. Hay quién sostiene que cuanto más temprano sea el nivel educativo, más peso tiene su papel. En el nivel universitario la cosa cambia; ya llegan los alumnos con una personalidad muy formada, y con frecuencia ven al profesor más como un empleado público que tiene que validar su futura (y merecidísima) titulación que como un modelo o inspiración; y eso cuando no lo ven como un obstáculo que hay que salvar o, peor, como un modelo de lo que no hay que hacer.

Y a pesar de todo, tras un cuarto de siglo de rodaje, todavía pienso que la presencia del profesor es un elemento insustituible para educar, es decir, guiar e inspirar. Es más, todavía me entusiasma la enseñanza presencial. Y sigo procurando ver a mis alumnos como personas individuales que están ahí para recibir educación al tiempo que aprendes con ellos. Cada uno y cada una me importan como personas, y mi objetivo es que los cuatro meses juntos (que dura la asignatura de media) dejen alguna huella, aunque sea mínima.

La humanización de la enseñanza conlleva también una proyección indefinida en el tiempo. Para mí, alguien que haya sido alumno mío nunca  pierde esa condición, aunque llegue a ser presidente del gobierno o Premio Nobel. Se supone que todo buen profesor debe estar orgulloso de los logros de sus alumnos; aún más, que no le debe importar que lleguen más lejos que él (si se acepta el relativo comparatismo). El principal enemigo de este ideal profesoral es, claro está, el ego, ese permanente inquilino a quien, si no se puede expulsar, al menos hay que mantener en su sitio.

 (Confieso que lo antecedente iba a ser solo la introducción de la entrada de hoy, pero no me quiero pasar de los tres o cuatro párrafos, así que continuará  la semana próxima.)

domingo, 8 de septiembre de 2019

NO TOMARLO A GUASAP

En su reciente comedia veraniega Padre no hay más que uno, Santiago Segura incluye algunos toques cómicos  que he de reconocer brillantes (a pasar de que nunca fue pecador de mi devoción). En concreto, me reí mucho con su tratamiento de una esclavitud contemporánea que nos puede hacer perder mucho tiempo, energía e incluso amigos: los grupos de WhatsApp (léase Guasap),

Segura carga las tintas con los grupos de madres y padres de colegio y con muchos de los tópicos que todo progenitor conoce bien: la obligatoriedad ética de participar, y de modo inmediato; la repetición de fórmulas de escasa creatividad; las ristra de felicitaciones de cumpleaños; la multiplicación innecesaria de grupos en plan  spin-off; su uso para las  cuestiones más anodinas; la proliferación de insulsos emojis …

Incluso, si me perdonan el destripoiler, Segura sugiere un invento que enriquecería a su creador: una aplicación que participe automáticamente en los grupos sin que el titular del teléfono se moleste en revisarlo cada medio minuto, a cada ominoso pitido de nuevo mensaje.

Hay un aspecto, sin embargo, que Segura no aborda de los grupos de WhatsApp escolares. Según me ha confesado varios docentes, constituyen una de sus mayores pesadillas, quizá un paso que acelera la tendencia actual a minar la autoridad del profesor. Mediante estos grupos, la actuación de un profesional de la enseñanza se ve continuamente expuesta al escrutinio severo y unilateral de hordas de padres y madres que se rigen por un principio básico: mi niño siempre tiene razón.

En fin, si estás en ese grupo (de riesgo), no es para tomarlo a guasa.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Desde Georgetown University, Washington DC

Vuelvo a la espectacular Universidad de Georgetown para seguir profundizando en los archivos relacionados con Graham Greene. Siempre es grato regresar a los sitios de donde uno guarda recuerdos felices.

De un modo u otro con el tiempo os daré cuenta de los frutos de mi estancia por acá. Por el momento, comparto una anécdota que ya no creí que me fuera a pasar en esta vida. Hoy mismo, cuando he pedido una inocente cerveza Coronita en un restaurante, la camarera me ha solicitado una ID (en este caso pasaporte) para comprobar que era mayor de edad. Lo hizo toda seria, lo comprobé. ¡Bendita sea!

Pues eso, hagamos América grande otra vez, como dijo... ¿quién?

Fotos David Villar

domingo, 25 de agosto de 2019

El escritor desleal, según Graham Greene

En 1969 el escritor inglés Graham Greene recibió el premio Shakesperare concedido por la Universidad de Hamburgo. En el acto Greene debía pronunciar un discurso y optó por criticar al dramaturgo que daba nombre al galardón por su conformismo frente a las autoridades de su tiempo que le encumbraron. Por el contrario, Greene enfatizó el papel del escritor que se enfrenta al poder y denuncia la injusticia del lado de las víctimas. El título del discurso, bastante elocuente, fue “La virtud de la deslealtad”. Extracto aquí unos fragmentos representativos.


El Estado siempre ha estado interesado en envenenar los pozos psicológicos, en fomentar los abucheos, en restringir la solidaridad humana (…) ¿No es la labor del narrador actuar como abogado del diablo, fomentar la solidaridad y cierta medida de comprensión hacia los que se hallan al margen del beneplácito estatal? El escritor se deja llevar por su propia vocación de ser protestante en una sociedad católica, católico en una sociedad protestante, ver las virtudes del capitalismo en una sociedad comunista, del comunismo en un estado capitalista.

Debe estar dispuesto a cambiar de bando sin pensarlo dos veces. (…)  Representa a las víctimas, y las víctimas cambian. La lealtad te circunscribe a las opiniones aceptadas: la lealtad te prohíbe comprender los motivos de tus compañeros disidentes; pero la deslealtad te impulsa a introducirte en cualquier mente humana: aporta al novelista una dimensión extra de comprensión.

No defiendo la propaganda. La propaganda solo busca provocar adhesión a un solo bando, el que el propagandista considera el bueno: él también envenena los pozos. Pero la labor del novelista es buscar su parecido con cualquier ser humano, con el culpable tanto como con el inocente.

Si ampliamos los límites de adhesión en nuestros lectores conseguimos hacer la labor del Estado un poco más ardua. Este es un deber genuino que le debemos a la sociedad; ser una piedrecilla en el engranaje del Estado.

Un gran teólogo alemán se enfrentó, en los peores días de nuestra historia, a esta cuestión de lealtad o deslealtad. Escribió: “Los cristianos de Alemania se enfrentarán a la terrible disyuntiva de desear la derrota de su nación para que la civilización cristiana pueda sobrevivir, o desear la victoria de su nación y por tanto destrozar la civilización. Yo sé cuál de ambas alternativas debo escoger”.

Dietrich Bonhoeffer escogió ser ejecutado como nuestro poeta inglés Southwell [contemporáneo de Shakespeare, que murió en el patíbulo tras años de tortura por ser católico]. Es un héroe mucho mayor que Shakespeare para todo escritor. Quizá la tragedia más profunda que viviera Shakespeare fuera la suya propia: miró para otro lado con tal de conseguir el escudo de armas, con una lengua prudente se ganó amistades en la Corte y la gran mansión en Stratford.

domingo, 18 de agosto de 2019

No tenemos tiempo para los demás


Es difícil seleccionar mis pasajes preferidos de mis propios escritos. Quizá sea una tarea que en ningún momento haya que hacer, como mostrar preferencias entre los propios hijos. Sin embargo, no es tan grave si lo hacen otros. No hace mucho una atenta lectora seleccionó su pasaje favorito de Descubre por qué te mato. Yo no digo que sea el mío, ni que no lo sea:


Aunque, bien pensado, quizá Arcadio tuviera su punto de razón. Quizá pasamos por esta vida demasiado absortos en nuestras cosas, en nuestro porvenir, en nuestro éxito o supervivencia, nuestro amor o nuestro placer… Incluso nuestros problemillas. Lo importante es que sean nuestros, para que podamos ocupar la mente en ellos impune y justificadamente. Y cada día, cada minuto tal vez, nos cruzamos con personas desesperadas que han perdido el norte de su vida, o que no han podido resistir el peso del sufrimiento y han quedado vulneradas para siempre, acaso incluso desquiciadas. Personas que podrían sanar, o al menos consolarse, con una pizca de atención, una sonrisa, algo de interés por nuestra parte. Pero no se lo damos. No, porque tenemos prisa, porque no tenemos tiempo que perder, porque nos acucian otras prioridades, nuestras prioridades. ¿Y si Arcadio fuera uno de esos? ¿Alguien a quien yo, sin quererlo, había pisoteado en mi estampida hacia delante?

(Descubre por qué te mato,  viernes de la 3.ª semana)


Foto: Antonio Puerta 


domingo, 11 de agosto de 2019

Tertulias literarias y antologías

Ya que me adentro en el tema de las antologias literarias (ver entrada de la semana pasada), me apetece desenterrar un fragmento de mi primera novela, Calle Menor, en la que un grupo de personajes asisten a una tertulia literaria relativamente bohemia.

[COLO, UN ESTUDIANTE DE PRIMER CURSO DE HUMANIDADES CON MUCHAS GANAS DE MEDRAR, ACUDE POR VEZ PRIMERA CON DOS COMPAÑEROS A UNA TERTULIA LITERARIA LIDERADA POR ONOFRE ZAMANILLO, POETA Y EDITOR LOCAL]

–Pues sí, queridos, os repito que tenéis la fortuna de palpar esta primicia que acaba de salir de imprenta, y que, como os digo, pretende ser un espacio horizontal donde se rescate la palabra, donde se trace una ecuación diferencial entre expresión comunicativa e inmanencia, de tal modo que, como afirma Bruenesk, se reconstruya esa pirámide multifuncional que estructura diversos niveles de interpretación y entre ellos se establezca una interdependencia no exenta de función performativa, según el concepto de Pierce. O por decirlo de otra manera, las palabras del poeta son ya actos, como declaró Alexander Pushkin.
Era impresionante estar ahí, pensaba Colo, y preveía que pronto se empezaría a familiarizar con algunos de los nombres intercalados aquí y allá por la vasta erudición de Onofre, llenándose de satisfacción en los pocos casos que detectaba terreno familiar, como la reciente referencia al último Bond. Aunque eventualmente su imaginación corriera el riesgo de volar por otros cielos, su vista permanecía fiel al transcurso de los razonamientos del maestro. Así, salvo alguna excusable excepción centrada en los aros voluptuosos del cigarro de Elsa, los ojos de Colo seguían los ejercicios rotatorios de muñeca de Onofre, los quebrados que dibujaba con el índice, su frotamiento de lámparas de Aladino, su donación de monedas a la plebe desde la carroza imperial, y los diversos juegos ternarios de pulgar, índice y corazón mientras sujetaban mandíbulas, simulaban disparos al aire o achinaban ojos izquierdos. Todo aquello aportaba un aura fantástica que a Colo le ayudaba a entender y degustar los placeres superiores que proporciona la cultura. Algún día, si todo marchaba como debía, también Colo hablaría así, y poseería su propio auditorio de embobados discípulos.
–En el río del acendrado panorama poético nacional desembocan los torrentes de estos jóvenes poetas que ya tienen mucho que decir de su particular visión de plenitud. Cada uno, pues, se afana por encontrar su propia voz y ofrecer al público esa personal invitación al silencio lector. El silencio es la voz del infinito, que diría Alomar. En definitiva, se trata de nuevas voces que siempre desde cada peculiar multidimensión susurran al receptor, como apunta García Montero, “aquí se habla de ti”, en ese acto fático de captatio benevolentiae. Surgir utopía y llegar a realidad, he aquí el meollo de la comunicación poética, algo que mis antologados ya han descubierto en alguna etapa de su personal itinerario creador.
Colo paseó la vista por las caras de los contertulios y comprobó una vez más el seguimiento magnético que provocaba Onofre. Advirtió que las respectivas expresiones faciales del delgaducho y del alopécico delataban además cierta expectación acompañada de un deje de impaciencia en aumento. Aunque nunca había pecado de muy curioso, le entraron ganas de adivinar el porqué. Onofre había llevado a la tertulia un volumen recién salido al mercado, una antología de poetas jóvenes que él mismo había elaborado por encargo de una editorial de prestigio. Y, de momento, se había limitado a presentar la obra con esa elocuencia tan embelesadora, pero no había leído sus contenidos ni había pasado de mano en mano el volumen.
–Y no os quepa duda de que éste es un proyecto signado por la apertura franca al autodescubrimiento de mundos interiores verbalizados, y nace con vocación de ser una brisa fresca en medio de un ambiente viciado por el comercialismo y el marketing, es una luz en la oscuridad, una ventana abierta a la belleza indeclinable. Pero, claro, no pueden estar todos los que son –añadió, con tono entre pícaro y misterioso, deteniendo su alocución para posar la vista sobre alguno de los presentes. El larguirucho se puso serio y tragó saliva. 
De nuevo se detuvo en este punto, como saboreando un estado de expectación latente. Los contertulios le miraban muy fijamente y se intercambiaban gestos entre sí. Tras unos segundos, Elsa lanzó una bocanada a lo Lauren Bacall y preguntó de modo distante y con voz grave: 
           –¿Algún conocido, Onofre?
El interpelado se sonrió alargando mucho la boca y arrugando la frente. 
         –Sí –contestó enigmático, –ya os diré–. Y siguió perorando durante unos minutos mientras Colo volvía a dejarse llevar por la imaginación hacia cumbres de un parnaso no lejano donde él aparecería como referencia obligada en futuras antologías de jóvenes promesas ya realidades. […] Al cabo de un tiempo oportuno, en control de la situación, Onofre se dispuso a revelar información privilegiada.
–¿Nombres? Bueno, bueno. Se repiten algunos de mi anterior antología, claro, pero en ésta se introducen otros novedosos e interesantes. Por ejemplo, se incluye un poema muy prometedor titulado “Raíz con brida”, de una tal Elsa Llorente. ¿La conocéis?
–Enhorabuena, Elsa –gritó el hombre de las patillas, a quien hicieron débil eco los demás–. Qué de puta madre... ¿Veis?, nuestra Elsa ya antologada...
Ella recibió la noticia con una media sonrisa y ojos cerrados, y para celebrarlo encendió otro pitillo con labios sensuales. –Gracias, Asier –contestó.
–¿Qué más tenemos por ahí? –prosiguió Onofre, como un Santa Claus de hipermercado sacando del saco chucherías para niños con verdugo–. Sí, queridos, seguro que os suena un poema de tres páginas titulado “Maletas sin fondo”, de Jacinto Coronado. Ese chico no me gusta como persona, es un auténtico vendedor de sí mismo, pero hay que reconocer que tiene talento. ¿No creéis? [… TODOS ASIENTEN, AUNQUE ANTES DE QUE LLEGARA ONOFRE HABÍAN PUESTO A CALDO AL TAL CORONADO…]. Bueno, ¿qué más nombres? Veamos. He incluido un poema titulado... –su tono recordaba al presentador de la noche de los óscars a punto de revelar la mejor película–: “Juegos de ingenio”, de Lauro Garbías!
–¡Chaaaachi! –ululó sin poderse refrenar el antologado, tensando los antebrazos en paralelo y pataleando levemente. Todas las miradas se posaron sobre él por unos instantes. Colo observó de reojo a sus dos compañeros de iniciación, que permanecían en el más sagrado mutismo, contemplándolo todo. Al cabo de un rato, por orden de colocación, parecía que le tocaría el turno al llamado Asier, pero éste pronto despejó la duda: 
–A ver si yo pa la próxima te mando algo, Onofre. Es que ya sabes que to lo que tengo lo he mandado a concursos, y estoy esperando que contesten...

[…EN ESTE PUNTO SE PRODUCE UNA DIGRESIÓN…]
–Y ahora... –intervino Pichi nerviosamente –¿seguimos hablando de la antología...?
–Me temo que no hay ninguna novedad interesante más –zanjó Onofre no sin cierta crueldad–. Luego están los de siempre, claro, […]. Pero esos ya estaban en la anterior antología, y son firmas imprescindibles para quien quiera entender la poesía joven contemporánea...
–Pero... –Pichi parecía abatido, y miraba a su maestro con la desolación del fiel Viernes a quien Crusoe, después de tantos años, vende como esclavo por cuatro duros. Pero no protestó, y su presunto reproche infinitamente matizado murió allí mismo.
–De todos modos, ya me han encargado elaborar la antología del año que viene. Estas cosas se prevén con mucho tiempo, y ya dijo Casona que vale más sembrar una cosecha nueva que llorar la que se perdió. Todo aquel que se lo merezca puede aparecer ahí. Pero no conviene dormirse en los laureles, hay que currárselo, ¿entendido, queridos? Cu-rrár-se-lo.

Calle Menor, capítulo 14

domingo, 4 de agosto de 2019

Antología de narrativa en La Rioja (cosecha 2005)

Con ocasión de un amistoso debate en el chat de la reciente Asociación Riojana de Escritores, he tenido oportunidad de volver a reflexionar sobre el fenómeno de las antologías literarias, un tema controvertido para todos los amantes de la cáscara de lo literario. Seguro que me inspirará para alguna entrada más de este blog, pero en la de hoy quisiera recordar, a propósito de un comentario sobre la ausencia de antologías de narradores riojanos, que al menos existe una de tales que data de 2005, un número especial (¡triple!) de Fábula subtitulado así: “Antología de narrativa en La Rioja”.

Los antólogos fuimos Eugenio Sáenz de Santa María y el que esto escribe. Por supuesto, toda antología es incompleta y parcial, pero al menos puedo asegurar que no nos centramos ni en nuestros amiguetes ni en posibles prestadores de favores. Al contrario, incluso invité a algunos que, si no llamaría enemigos (solo considero como tales al mundo, al demonio y a la agencia tributaria), no eran demasiado afines a mi persona. Establecimos el criterio de solicitar un texto narrativo a autores riojanos (de nacimiento o adopción) que ya tuvieran cierta trayectoria en publicaciones de este género, y extendimos bastantes redes (antes de la era de las RRSS) para localizar algunos que solo conocíamos de nombre.

En definitiva, si bien es imposible que fuéramos objetivos, sí que procuramos ser ecuánimes  y honestos con nuestro plantel de seleccionados. Así, en esta antología compartimos páginas con Begoña Abad, Javier Alonso , Rafael Azcona, Javier Bañares, Antonio de Benito , Fernando Benito , Javier Casis, Juan Carlos Chandro, Alonso Chávarri, Antonio Cillero, Tina Díaz Azcona, Marcelino Izquierdo, Javier Jiménez López , Jose María Lánder, Luis Martínez de Mingo, Francisco Páez de la Cadena, Luis Sáez Gamarra, Fernando Sáez Aldana, Bernardo Sánchez , Carmen Tejada, y Jesús Ángel Teso, todos ellos autores de valía.

Obviamente, si tuviéramos que elaborar otra antología similar 14 años después, se deberían añadir varios nombres más (Andrés Pascual aún no había irrumpido en el mercado), y quizá excluir a otros que no siguen demasiado activos. En estos tres lustros ha habido una auténtica explosión de narradores en La Rioja, quizá amparados  en la mayor accesibilidad de la autoedición, aunque a veces sea difícil separar el trigo de la paja.

Nuestra antología, ciertamente, tuvo una repercusión limitada en su momento; tampoco ahora dominamos las claves de la comunicación mediática que nos permitan reforzar la promoción de nuestras publicaciones. Pero si algún día un estudioso serio pretendiera elaborar una historia literaria honesta y documentada de la narrativa en La Rioja a principios del siglo XXI, sin duda debería tenerla en cuenta.