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Nada puede ser igual

Como tipo (moderadamente) tradicional que soy, en estos días no quiero evitar escribir sobre la Navidad. Pero como tipo (inmoderadamente) apasionado de la palabra, reconozco la dificultad para hilvanar discursos navideños con una mínima originalidad. El año pasado ironicé sobre la cantinela del “Si no te veo…”, hace dos sobre la cantidad de celebraciones heterogéneas que se adscriben a esta categoría, y hace cuatro (creo que con más inspiración) di la vuelta a la práctica de referirse al Creador del cosmos en minúscula. Este año, más modestamente, me centro en la solidaridad y la paz.


El núcleo de lo que se celebra en esta fiesta implica creer en una Presencia en la vida de cada persona, a la que podemos rechazar como los diversos posaderos/as de Belén, pero que también podemos acoger en nuestra conciencia, aunque sea un tanto pesebrera. Pero si hacemos esto último, nada puede ser igual. No me pueden dar igual los más de 70 millones de refugiados que huyen de diversos conflictos en un día como hoy, mientras tú y yo nos agobiamos por las compras o los langostinos, ni los 100 millones de personas que pueden morir de hambre al año; ni, más cerca, ese vecino anciano que vive solo, o ese compañero al que nadie habla.

Y, no menos importante, la paz. No es solo cuestión de política internacional. La paz implica no estigmatizar a quien no piensa como nosotros, a quien no comulga con nuestra doctrina, dejar las banderías y los sectarismos a un lado, respetar y convivir, perdonar y dejarse perdonar. Una paz que no es fácil encontrar en el mundo, y tampoco parece estar muy de moda en nuestra España.

Ya veis, este año me he puesto un poco más serio. De todos modos, “te vea o no te vea", feliz Navidad.

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