Hace tres días falleció Maricarmen Abascal, la anciana de 87 años con una discapacidad del cincuenta por ciento que fue desalojada por orden judicial de su vivienda el 23 de septiembre, y cuyo caso ha desatado una intensa movilización social, y, como carambola, ha provocado la convocatoria de elecciones generales en noviembre. Maricarmen pasó sus dos últimas semanas hospitalizada en el Gregorio Marañón de Madrid. No se ha detallado la causa de su muerte, pero se apunta el estado de agotamiento y estrés tras el proceso de desahucio. Sin duda no le habrá venido nada bien para su salud delicada el haber sido el foco de atención continuo en medios, en la calle, en el Congreso, en las redes… que su persona haya sido idealizada hasta el extremo o incluso haya sufrido difamaciones por supuestas irregularidades en su pasado.
Justo la semana pasada escribí sobre el uso buitrero de las víctimas, y ahora tengo la amarga confirmación del “Ya se lo dije”. El triste
caso de Maricarmen Abascal es un ejemplo de manual. Su calvario con la vivienda
ha sido utilizado, y aún lo seguirá siendo por mucho tiempo, como palanca para movilizar a una
izquierda adormecida o desanimada, y tanto PP como PSOE esgrimen razones para
restregar su caso ante el rostro del contrario. Quienes nunca se preocuparon
por las tribulaciones de la anciana dicen ahora sentir la pérdida como si
hubiera sido de su familia. No puedo evitar escalofríos cuando contemplo en la
televisión o en otros medios manifestaciones que se me antojan postureo,
histrionismo interesado, o mero buitreo para preparar la precampaña.
Maricarmen Abascal, descansa en paz. Y perdónanos por haber contribuido a acelerar tu muerte.

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