No hace mucho apareció en el diario La Rioja un escrito firmado por Adriana Bañares titulado “¿Dónde está la puerta de entrada a la cultura riojana?” La firmante, acreditada poeta, editora y gestora literaria, se lamentaba de que a menudo encontraba cerradas las puertas para solicitar ayudas a la gestión cultural en el ámbito de nuestra comunidad. Así, manifestaba haber enviado una propuesta artística en cuatro formatos, con un presupuesto máximo de 600 euros, pero no había encontrado quién la financiara.
Entre los que creen que el gasto público debe adelgazarse hay
detractores de las partidas destinadas a cultura, a menudo juzgando que ciertas
manifestaciones contemporáneas, sean pictóricas, musicales, escénicas, etc., no
merecen sus impuestos. Hay quienes se mesan los cabellos cuando piensan en los
300 millones de euros anuales que salen de las arcas estatales y autonómicas
para financiar la industria del cine, que, a diferencia de otras industrias o
de las de otros países, necesita fondos públicos para subsistir. Sin embargo,
conviene recordar que la cultura, cuando es genuina, refleja las
manifestaciones más elevadas del espíritu humano, contribuye a sacarnos de la
contingencia y a elevarnos sobre lo cotidiano, amplía nuestra mente y
horizontes, y, en suma, nos ayuda a ser más conscientes y libres. Por tanto,
parece deseable que todo presupuesto público destine partidas para fomentar
expresiones culturales abiertas, aunque no sean económicamente rentables.
Y, al hilo de lo que expone Adriana Bañares, últimamente tengo
la impresión (subjetiva, claro) de que los poderes de lo alto desconfían más de
las convocatorias abiertas, y prefieren organizar las expresiones culturales
desde sus departamentos, con sus generosos presupuestos, su gente de confianza,
programas radiofónicos (con largas entrevistas a las planas mayores) y otros
medios de difusión ampliamente financiados. Por contra, se tiende a adelgazar o
incluso denegar las ayudas abiertas a promotores o entidades independientes,
aunque tengan una trayectoria dilatada y contribuyan a establecer estructuras
permanentes, mucho más beneficiosas para la sociedad que el efímero relumbrón o
el invitado que llena la sala a cambio de 5.000 euros. Conozco algún que otro caso.
Recordadme que algún día os lo cuente.
Aparecido en La Rioja, 17 de octubre de 2026. Ver todas las columnas


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