Desde la antigüedad, pasando por los clásicos bestiarios medievales, se ha tendido a atribuir rasgos de personalidad a diversas especies animales, algunas más afortunadas que otras. Así, no es lo mismo ser un lince, un tigre o un león, que ser un burro, una hiena o un cernícalo. Estas atribuciones no están exentas de cierto sexismo (es mejor ser un zorro que una zorra, etc.) pero ese sería tema para otra ocasión. Ahora me quiero fijar en las connotaciones negativas de esa ave rapaz que, sin tener la culpa de que la Naturaleza la haya hecho carroñera, se sitúa en el grupo de referentes tóxicos: el buitre.
Cuando tildamos de “buitre” a una persona solemos implicar
que se aprovecha de la vulnerabilidad ajena buscando sin escrúpulos su beneficio,
por lo general económico, por encima de toda consideración humanitaria o ética.
Le cuadra muy bien al capitalista despiadado, lo que proporciona una imagen adecuada
para denominar a los “fondos buitre”, como el que casi desahucia a Maricarmen Abascal
(aunque de momento se haya retractado ante la presión), y ha desatado la repentina
movilización de la izquierda indignada y bien coordinada. Pero también se puede
considerar buitrero el comportamiento que busca aprovecharse de las víctimas, sean
quienes sean, pues en realidad no le importan, para avanzar en las propias metas
y objetivos de poder.
El acceso a la vivienda es un derecho elemental, y resulta un escándalo mayúsculo que los alquileres estén por las nubes y miles de familias no puedan permitirse un techo digno. Esta preocupación debería quitar el sueño a nuestros gobernantes de un color u otro. Pero no entiendo muy bien por qué, tras ocho años y dos legislaturas, ha surgido la prisa repentina por aprobar en una semana dos decretos-ley improvisados y al parecer chapuceros, que aspiraban a arreglar el problema de la vivienda en dos brochazos-decretazos. Sus detractores alegan que el tipo de medidas que pretendían imponer han demostrado en estos años sus efectos contraproducentes, pues han elevado exponencialmente los precios de los alquileres y retirado miles de pisos del mercado. Tampoco entiendo muy bien que haya ministros como Susana Díaz y compañía que llamen a la movilización callejera olvidándose de que ellos forman parte del gobierno que debería resolver el problema, o al menos haberlo intentado desde hace años.
El ruido y la furia pueden conseguir un respiro temporal y simbólico a la
situación de Maricarmen y de un puñado de familias que, sin pretenderlo, pasan
al foco mediático de la noche a la mañana. En La Rioja, Capellán se ha
adelantado astutamente a los disparos de IU haciendo una llamadita al Irvi para
que arregle la situación de la madre que iba a ser desahuciada. Pero tales
acciones son gotas en el océano de los centenares de miles, quizá millones, de
personas que ven su acceso a la vivienda cada vez más imposible. ¿No se ha
planteado todo este asunto con una frivolidad pasmosa? Y encima va
Conde-Pumpido y declara que lo que de verdad urge en el país es amnistiar a
Puigdemont.

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