Comparto un breve apunte de una de las novelas que más me ha cautivado recientemente. Lectura ideal para este verano que va terminando. O para el otoño, claro.
En Un día de fiebre, Rubén Abella vuelve a cultivar un género en el que ha alcanzado una gran maestría, el de las historias entrelazadas con una brillante estructura coral. En este caso toma como detonante un leve terremoto en el Madrid de 2015, que actúa como espejo de las réplicas emocionales que sacuden las vidas de un puñado de personajes magníficamente perfilados: un bombero asfixiado por las deudas, una estudiante traumatizada por una novatada cruel, un hostelero que perdió a su esposa en el atentado de Atocha, un juez esquivo al compromiso y su amante, y una profesora que se siente responsable del cuidado de su madre octogenaria.
Rubén Abella muestra una notable sensibilidad para retratar la vulnerabilidad humana y las grietas cotidianas. A través de un delicado entramado de convergencias fortuitas, explora cómo el miedo destapa traumas del pasado y verdades ocultas. En definitiva, una obra conmovedora y profundamente humana, radiografía lúcida sobre la búsqueda de luz en la penumbra.

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