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Bonifacio

(No sé si alguno de vosotros se habrá propuesto en serio el ideal cristiano de “amar al prójimo como a uno mismo”, pero ya os adelanto que no resulta nada fácil. No solo porque nuestro ego no facilita la tarea, sino por la intrínseca dificultad conceptual; si se tratara de amar un poco más, o un poco menos, la noción sería más manejable. Esta es la historia de un amigo que se planteó este ideal hasta las últimas consecuencias).

Bonifacio preparaba oposiciones. Tras la feliz conclusión de sus estudios de Derecho, sin más retraso que el inevitable año y medio, y tras tres meses de desconexión total para reponer baterías en la República Dominicana y Costa Rica, se había enfrascado en la meritoria y sufriente vida de opositor a técnico administrativo de comunidad autónoma. Cinco años transcurrieron de esta guisa, con un horario apretado de siete horas de sueño, nueve de estudio, dos de comidas, una de siesta, otra de paseo reparador, cuarenta y cinco minutos de moderados ejercicios y estiramientos, dos de cafeteo o copeteo y una hora quince minutos para asuntos varios. Los martes reservaba tres horas para acudir al preparador y recitarle los temas, y los domingos por la tarde se dedicaba a hacer un poco de turismo rural o a jugar al pádel con Ricardito. Su madre viuda se volcaba en su único hijo preparándole un entorno doméstico y culinario propicio, sin que esto le reclamara una innecesaria renuncia a su vida social por las mejores cafeterías de Logroño. Tanto sacrificio no podía sino dar fruto, y, en efecto, cuando se juzgó preparado, Boni se presentó y aprobó las oposiciones con buen número. Tenía apenas veintiocho años y toda una vida por delante.

Pocos días después de la feliz noticia, Boni volvió a consultar la lista de aprobados, pues le picaba la curiosidad, y una cierta inquietud, por saber quién habría quedado en la frontera. Tras una discreta investigación apoyada en las competentes emisoras de radio-macuto de su ciudad, descubrió que el tal Benítez era un honesto padre de cuatro hijos, víctima de una suspensión de pagos, que malvivía en un piso alquilado del casco antiguo. Siempre hay quien está peor que uno, concluyó, a modo de apto resumen de unas jornadas de graves cavilaciones éticas. El dilema de conciencia no tardaría en resolverse; con honda satisfacción en el pecho, Boni decidió renunciar a su plaza y otorgar felicidad en un hogar necesitado, sin más compensación que la dicha del buen obrar y una tarjeta navideña cíclica de la familia Benítez.

Pero la bondad crea hábito en un corazón generoso, dicen. Y así, cada año en distintas comunidades autónomas, Boni tuvo oportunidad de presentarse a diversas oposiciones, demostrar con creces su valía intelectual, y, por si fuera poco, testimoniar su solidaridad con los más necesitados. Hubo ocasiones en que no salió sin recompensa (como un fin de semana loco que le propuso una joven opositora de Llobregat, o el envío anual de una caja de Jumillas por el día de su santo), pero Boni no lo hacía por interés; su renuncia era siempre un regalo desprendido, sobreabundancia de su empatía.

En la actualidad Boni ha entrado en la cincuentena. Su madre, lamentablemente, no puede ya interrumpir su estudio con bombones y pequeñas delicadezas, pues ha pasado a mejor vida. Permanece soltero y quizá siga así aún varios años, a pesar de que sus amigas y conocidas de Logroño lo consideran un chico bastante majo.

 

(Nota bene: Como habréis sospechado, lo precedente es ficción, un relato ligero para leer al borde de la piscina. Pero a veces pienso que no me importaría conocer a algún Bonifacio de carne y hueso. ¿Y a ti?)




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