Una de las películas con más despliegue de publicidad este verano ha sido Spiderman: Brand New Day. Por supuesto, el hecho de que aparezca en casi todos los carteles urbanos y portadas de revistas de cine no garantiza la calidad; al igual que pasa con lo literario, la excesiva publicidad puede ser un intento de disimular las carencias. En todo caso, la película se deja ver. Spiderman fue mi héroe gráfico predilecto durante mi preadolescencia, y acaso la nostalgia de esa etapa dorada me impulsa a hacer un (discreto) seguimiento de sus reencarnaciones cinematográficas.
De las tres sagas de los últimos años, la de Tobey McGuire como
Peter Parker me parece la más cercana a los cómics originales, y con unos
personajes mejor trabajados. La segunda, con Andrew Garfield, empezó y acabó
mal, tanto que no siguió adelante. La presente, protagonizada por Tom Holland,
quiso adaptarse a una nueva generación cautivada (en ambos sentidos) por lo
tecnológico, así que en su origen presentaba un mayor despliegue de gadgets y uniformes
monitorizados por IA. Un detalle generacional que me divirtió y asustó al
tiempo fue la escena en la que Spiderman se lleva el móvil a sus rondas, le
suena en medio de una encarnizada pelea con el supervillano de turno, y el
héroe adolescente no puede dejar de contestar mientras reparte o esquiva
mamporros. Para mi gusto, la adaptación al homo
addictus (¿la siguiente etapa en la evolución?) resta cierto encanto a la
caracterización de esta saga, aunque reconozco que en la tercera entrega (No Way Home) y en esta cuarta, los
cineastas han apostado por devolver al protagonista la frescura del joven
superhéroe “del vecindario”, vulnerable y sensible.
Otro de los aspectos que siempre me atrajo del personaje es
el principio que rige su ideal de (heroica) vida: “Todo gran poder conlleva una
gran responsabilidad”. Si uno no tiene tiempo para leer Crítica de la razón práctica
de Kant, o Totalidad e infinito
de Emmanuel Levinas, creo que este principio podría servir como programa ético.
Obviamente, no solemos trepar muros o columpiarnos de telarañas con agilidad
sobrehumana, pero todos y cada uno tenemos nuestra esfera de poder, por muy
minúscula que parezca. Cuánto cambiaría nuestra sociedad si las autoridades
políticas, judiciales, académicas, militares, económicas, etc. consideraran
este sencillo pero profundo consejo de Ben Parker; que el hecho de que hoy
disfruten de un cierto poder (temporal, como la vida misma) no les da carta
blanca para buscar su beneficio personal sobre todas las cosas, pisoteando la
justicia y los derechos de los menos favorecidos. Incluso aunque no les acaben
pillando in fraganti. Pero insisto en que no me refiero solo a los poderosos;
todos tenemos nuestro ámbito de actuación en el que rige la responsabilidad
hacia los demás: la funcionaria que atiende al público con afán de servicio, el
cocinero que no utiliza comida caducada para escatimar, el periodista que no
sucumbe al bulo o a la cancelación del otro, etc.
Y, ya que estamos con superhéroes, otra píldora de sabiduría
que no siempre aflora en los tratados de filosofía aparece en la versión
cinematográfica de Superlópez, la parodia hispana de Superman, dirigida por
Ruiz Caldera. En cierto momento, cuando su padre adoptivo es consciente de los
superpoderes del chico venido de otro planeta, el consejo que le da es que
intente por todos los medios ocultarlos, porque “en cualquier otro sitio te
valorarían muchísimo, pero en este país, si destacas, te machacan. Para ser
feliz hay que ser mediocre”. Es otra forma de verlo.

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