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Tertulias literarias y antologías

Ya que me adentro en el tema de las antologias literarias (ver entrada de la semana pasada), me apetece desenterrar un fragmento de mi primera novela, Calle Menor, en la que un grupo de personajes asisten a una tertulia literaria relativamente bohemia.

[COLO, UN ESTUDIANTE DE PRIMER CURSO DE HUMANIDADES CON MUCHAS GANAS DE MEDRAR, ACUDE POR VEZ PRIMERA CON DOS COMPAÑEROS A UNA TERTULIA LITERARIA LIDERADA POR ONOFRE ZAMANILLO, POETA Y EDITOR LOCAL]

–Pues sí, queridos, os repito que tenéis la fortuna de palpar esta primicia que acaba de salir de imprenta, y que, como os digo, pretende ser un espacio horizontal donde se rescate la palabra, donde se trace una ecuación diferencial entre expresión comunicativa e inmanencia, de tal modo que, como afirma Bruenesk, se reconstruya esa pirámide multifuncional que estructura diversos niveles de interpretación y entre ellos se establezca una interdependencia no exenta de función performativa, según el concepto de Pierce. O por decirlo de otra manera, las palabras del poeta son ya actos, como declaró Alexander Pushkin.
Era impresionante estar ahí, pensaba Colo, y preveía que pronto se empezaría a familiarizar con algunos de los nombres intercalados aquí y allá por la vasta erudición de Onofre, llenándose de satisfacción en los pocos casos que detectaba terreno familiar, como la reciente referencia al último Bond. Aunque eventualmente su imaginación corriera el riesgo de volar por otros cielos, su vista permanecía fiel al transcurso de los razonamientos del maestro. Así, salvo alguna excusable excepción centrada en los aros voluptuosos del cigarro de Elsa, los ojos de Colo seguían los ejercicios rotatorios de muñeca de Onofre, los quebrados que dibujaba con el índice, su frotamiento de lámparas de Aladino, su donación de monedas a la plebe desde la carroza imperial, y los diversos juegos ternarios de pulgar, índice y corazón mientras sujetaban mandíbulas, simulaban disparos al aire o achinaban ojos izquierdos. Todo aquello aportaba un aura fantástica que a Colo le ayudaba a entender y degustar los placeres superiores que proporciona la cultura. Algún día, si todo marchaba como debía, también Colo hablaría así, y poseería su propio auditorio de embobados discípulos.
–En el río del acendrado panorama poético nacional desembocan los torrentes de estos jóvenes poetas que ya tienen mucho que decir de su particular visión de plenitud. Cada uno, pues, se afana por encontrar su propia voz y ofrecer al público esa personal invitación al silencio lector. El silencio es la voz del infinito, que diría Alomar. En definitiva, se trata de nuevas voces que siempre desde cada peculiar multidimensión susurran al receptor, como apunta García Montero, “aquí se habla de ti”, en ese acto fático de captatio benevolentiae. Surgir utopía y llegar a realidad, he aquí el meollo de la comunicación poética, algo que mis antologados ya han descubierto en alguna etapa de su personal itinerario creador.
Colo paseó la vista por las caras de los contertulios y comprobó una vez más el seguimiento magnético que provocaba Onofre. Advirtió que las respectivas expresiones faciales del delgaducho y del alopécico delataban además cierta expectación acompañada de un deje de impaciencia en aumento. Aunque nunca había pecado de muy curioso, le entraron ganas de adivinar el porqué. Onofre había llevado a la tertulia un volumen recién salido al mercado, una antología de poetas jóvenes que él mismo había elaborado por encargo de una editorial de prestigio. Y, de momento, se había limitado a presentar la obra con esa elocuencia tan embelesadora, pero no había leído sus contenidos ni había pasado de mano en mano el volumen.
–Y no os quepa duda de que éste es un proyecto signado por la apertura franca al autodescubrimiento de mundos interiores verbalizados, y nace con vocación de ser una brisa fresca en medio de un ambiente viciado por el comercialismo y el marketing, es una luz en la oscuridad, una ventana abierta a la belleza indeclinable. Pero, claro, no pueden estar todos los que son –añadió, con tono entre pícaro y misterioso, deteniendo su alocución para posar la vista sobre alguno de los presentes. El larguirucho se puso serio y tragó saliva. 
De nuevo se detuvo en este punto, como saboreando un estado de expectación latente. Los contertulios le miraban muy fijamente y se intercambiaban gestos entre sí. Tras unos segundos, Elsa lanzó una bocanada a lo Lauren Bacall y preguntó de modo distante y con voz grave: 
           –¿Algún conocido, Onofre?
El interpelado se sonrió alargando mucho la boca y arrugando la frente. 
         –Sí –contestó enigmático, –ya os diré–. Y siguió perorando durante unos minutos mientras Colo volvía a dejarse llevar por la imaginación hacia cumbres de un parnaso no lejano donde él aparecería como referencia obligada en futuras antologías de jóvenes promesas ya realidades. […] Al cabo de un tiempo oportuno, en control de la situación, Onofre se dispuso a revelar información privilegiada.
–¿Nombres? Bueno, bueno. Se repiten algunos de mi anterior antología, claro, pero en ésta se introducen otros novedosos e interesantes. Por ejemplo, se incluye un poema muy prometedor titulado “Raíz con brida”, de una tal Elsa Llorente. ¿La conocéis?
–Enhorabuena, Elsa –gritó el hombre de las patillas, a quien hicieron débil eco los demás–. Qué de puta madre... ¿Veis?, nuestra Elsa ya antologada...
Ella recibió la noticia con una media sonrisa y ojos cerrados, y para celebrarlo encendió otro pitillo con labios sensuales. –Gracias, Asier –contestó.
–¿Qué más tenemos por ahí? –prosiguió Onofre, como un Santa Claus de hipermercado sacando del saco chucherías para niños con verdugo–. Sí, queridos, seguro que os suena un poema de tres páginas titulado “Maletas sin fondo”, de Jacinto Coronado. Ese chico no me gusta como persona, es un auténtico vendedor de sí mismo, pero hay que reconocer que tiene talento. ¿No creéis? [… TODOS ASIENTEN, AUNQUE ANTES DE QUE LLEGARA ONOFRE HABÍAN PUESTO A CALDO AL TAL CORONADO…]. Bueno, ¿qué más nombres? Veamos. He incluido un poema titulado... –su tono recordaba al presentador de la noche de los óscars a punto de revelar la mejor película–: “Juegos de ingenio”, de Lauro Garbías!
–¡Chaaaachi! –ululó sin poderse refrenar el antologado, tensando los antebrazos en paralelo y pataleando levemente. Todas las miradas se posaron sobre él por unos instantes. Colo observó de reojo a sus dos compañeros de iniciación, que permanecían en el más sagrado mutismo, contemplándolo todo. Al cabo de un rato, por orden de colocación, parecía que le tocaría el turno al llamado Asier, pero éste pronto despejó la duda: 
–A ver si yo pa la próxima te mando algo, Onofre. Es que ya sabes que to lo que tengo lo he mandado a concursos, y estoy esperando que contesten...

[…EN ESTE PUNTO SE PRODUCE UNA DIGRESIÓN…]
–Y ahora... –intervino Pichi nerviosamente –¿seguimos hablando de la antología...?
–Me temo que no hay ninguna novedad interesante más –zanjó Onofre no sin cierta crueldad–. Luego están los de siempre, claro, […]. Pero esos ya estaban en la anterior antología, y son firmas imprescindibles para quien quiera entender la poesía joven contemporánea...
–Pero... –Pichi parecía abatido, y miraba a su maestro con la desolación del fiel Viernes a quien Crusoe, después de tantos años, vende como esclavo por cuatro duros. Pero no protestó, y su presunto reproche infinitamente matizado murió allí mismo.
–De todos modos, ya me han encargado elaborar la antología del año que viene. Estas cosas se prevén con mucho tiempo, y ya dijo Casona que vale más sembrar una cosecha nueva que llorar la que se perdió. Todo aquel que se lo merezca puede aparecer ahí. Pero no conviene dormirse en los laureles, hay que currárselo, ¿entendido, queridos? Cu-rrár-se-lo.

Calle Menor, capítulo 14

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