En 1969 el escritor inglés Graham Greene recibió el premio Shakesperare concedido por la Universidad de Hamburgo. En el acto Greene debía pronunciar un discurso y optó por criticar al dramaturgo que daba nombre al galardón por su conformismo frente a las autoridades de su tiempo que le encumbraron. Por el contrario, Greene enfatizó el papel del escritor que se enfrenta al poder y denuncia la injusticia del lado de las víctimas. El título del discurso, bastante elocuente, fue “La virtud de la deslealtad”. Extracto aquí unos fragmentos representativos.
El Estado siempre ha estado interesado en envenenar los pozos psicológicos, en fomentar los abucheos, en restringir la solidaridad humana (…) ¿No es la labor del narrador actuar como abogado del diablo, fomentar la solidaridad y cierta medida de comprensión hacia los que se hallan al margen del beneplácito estatal? El escritor se deja llevar por su propia vocación de ser protestante en una sociedad católica, católico en una sociedad protestante, ver las virtudes del capitalismo en una sociedad comunista, del comunismo en un estado capitalista.
Debe estar dispuesto a cambiar de bando sin pensarlo dos veces. (…) Representa a las víctimas, y las víctimas cambian. La lealtad te circunscribe a las opiniones aceptadas: la lealtad te prohíbe comprender los motivos de tus compañeros disidentes; pero la deslealtad te impulsa a introducirte en cualquier mente humana: aporta al novelista una dimensión extra de comprensión.
No defiendo la propaganda. La propaganda solo busca provocar adhesión a un solo bando, el que el propagandista considera el bueno: él también envenena los pozos. Pero la labor del novelista es buscar su parecido con cualquier ser humano, con el culpable tanto como con el inocente.
Si ampliamos los límites de adhesión en nuestros lectores conseguimos hacer la labor del Estado un poco más ardua. Este es un deber genuino que le debemos a la sociedad; ser una piedrecilla en el engranaje del Estado.
Un gran teólogo alemán se enfrentó, en los peores días de nuestra historia, a esta cuestión de lealtad o deslealtad. Escribió: “Los cristianos de Alemania se enfrentarán a la terrible disyuntiva de desear la derrota de su nación para que la civilización cristiana pueda sobrevivir, o desear la victoria de su nación y por tanto destrozar la civilización. Yo sé cuál de ambas alternativas debo escoger”.
Dietrich Bonhoeffer escogió ser ejecutado como nuestro poeta inglés Southwell [contemporáneo de Shakespeare, que murió en el patíbulo tras años de tortura por ser católico]. Es un héroe mucho mayor que Shakespeare para todo escritor. Quizá la tragedia más profunda que viviera Shakespeare fuera la suya propia: miró para otro lado con tal de conseguir el escudo de armas, con una lengua prudente se ganó amistades en la Corte y la gran mansión en Stratford.
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