Hace unas semanas reconocía en este blog mi estado de complicaciones
postparturientas como resultado de haber dado a luz una nueva novela. Por si
alguien se quedó preocupado, estoy bien, gracias. Creo que sobreviviré.
Confirmo haber padecido esta curiosa enfermedad anímica, pero con menos
virulencia que antaño. Igual estoy madurando…
Pero, ¿se ha curado por completo?, me preguntaréis. No, todavía no. Y
la responsabilidad paternal que siento hacia mi neonata criatura (que el
moralista de pacotilla aludido seguirá llamando “ego”) me sigue empujando a
promoverla por mi cuenta, y esto no contribuye mucho a la completa curación.
He conocido a escritores –acaso más jóvenes y/o más profesionalizados–
que disfrutaban con la campaña de promoción que sigue al alumbramiento, con las
entrevistas y las presentaciones. Yo cada vez menos. Y en ocasiones me pesan
más los sinsabores que las alegrías recibidas, aunque estas tengan más entidad.
Por ejemplo, hasta la fecha he organizado cuatro presentaciones, dos
en Logroño, una en Santander y otra en Madrid. En todas he seguido un formato
similar: una conversación distendida con una persona amiga y excelente lectora,
sin preparación previa al acto, como fluyera. En todas nos lo hemos pasado muy
bien, y creo que los asistentes también. Además, he recibido el calor de
personas, algunas apenas conocidas, que han recorrido varios kilómetros en una
tarde de lluvia y frío invernales (factor común de mis cuatro encuentros) para
hacerme compañía. Otra fuente de alegrías ha sido (está siendo) la reacción
entusiasta de quienes han leído la novela y me comunican con sincero
convencimiento que les ha encantado. Sin duda hay mucha verdad en el título del
último editorial de Fábula, firmado
por Eugenio Sáenz de Santa María: “Yo escribía para que me quisieran”. Para mí,
la acogida de los lectores es lo mejor, sin duda, que me ha sucedido en mi
trayectoria de escritor.
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Con Rubén Abella en Madrid, 28 febrero 2018. Foto: Rosa Jiménez |
Pero ya digo, el humor post-parto a veces engrandece más los
(minúsculos) sinsabores, como toparme por enésima vez con el muro de opacidad informativa.
Así, ningún periódico nacional en su sección de cultura o suplemento de libros
se ha dignado dedicarle una línea a este libro, ganador de un premio de cierta
entidad. Y tampoco me cuadran las reglas de tres. Si esta novela no es diez
veces peor que la de X o la de Y (en ocasiones mi orgullo paterno me susurra
que ni siquiera una vez), ¿por qué la de X o la de Y tiene dos trillones de
veces (cifra no simbólica, calculada según los últimos métodos estadísticos)
más de visibilidad? O ya a otro nivel más local, ¿por qué ninguna radio de La
Rioja me ha llamado para dedicarme dos minutos de sus espacios culturales?
En estos casos noto mucho la ausencia de un editor que allane el
camino promocional. He de aclarar que no tengo queja del sello cántabro Estvdio,
que ha cumplido con profesionalidad la parte que le correspondía como responsable de la publicación de la novela ganadora, y acaso más.
Pero las circunstancias no permiten que mi editor se dedique también a promover
fuera de sus librerías de Cantabria.
En
fin, estas susceptibilidades pueden sonar un pelín amargas, pero os aseguro que
no me afectan en demasía. También os confieso que me ha alegrado la vida el
reciente reconocimiento del Ateneo Riojano. Mi novela ha quedado incluida entre
las finalistas de la modalidad de narrativa del concurso del Día del Libro, que se fallará el 27 de abril.
Lo digo por si alguien le quiere poner una vela a Santa Zita (que no es la que da y no quita…) Nunca vendrá mal.
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