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RAZONES PARA LA ESCRITURA

Me propongo redactar unos breves resúmenes de los puntos principales tratados en las sesiones semanales del III Taller de Crítica y Creación Literarias. La primera sesión, que impartí yo, se titulaba “Razones para la escritura”. Un tema obligado al comienzo de un taller de estas características, y apto para romper el hielo entre los presentes. (Por cierto, un año más los asistentes manifiestan un interés extraordinario).
         Como paso previo e ineludible a toda vocación escritora, nos centramos en la importancia que tiene estar “enganchado” a la lectura. A lo largo de mi intervención me basé en textos aparecidos en los diversos editoriales de la revista Fábula, y para este aspecto, en concreto, glosé el aparecido en el número 16, pergeñado por Eugenio Sáenz de Santa María, que extracto aquí:
Los Libros: Hay libros buenos y libros malos. La lectura a veces es un placer y otras (muchas) un camino tortuoso pero necesario que nos llevará a otros libros más bonancibles. Las categorías no son, por tanto, absolutas, y lo que para unos es una obra de arte sublime, para otros no deja de ser un mamotreto de cientos de páginas intragable. La paciencia es, en estos casos como en tantos otros, la mejor consejera.
La Singladura: consecuencia de lo anterior, leer es navegar. Y al igual que a bordo de un velero, en ocasiones el mar-libro obliga al Lector-marino a luchar contra una tempestad que agita nuestra embarcación y en otras ocasiones, le mece, dejándole a merced del aburrimiento y el tedio, en medio de una calma chicha que se extiende durante cientos de millas-páginas.
El Silencio: con independencia de que tengamos entre manos un libro tempestad o un libro que nos deje al pairo durante semanas, leer nos reconcilia con el silencio, con el sonido único de nuestro propio corazón.
Los momentos: Sucede a veces, y conviene saber apreciar esos escasos momentos en que la lectura es un placer intenso, un gozo, el puro deleite. En esos momentos únicos, ni el tiempo ni la materia existen (pero sí, como se ha indicado, el silencio).
La Soledad: Leer es saber estar solo. O para ser precisos, para disfrutar la lectura (para que sea un placer y no una carga) el Lector tiene que tener firmado un pacto amable con la soledad. Que la soledad no estorbe, sino que sea buscada de propósito. El Lector está solo junto a su libro.
La Compañía: A pesar de la aparente paradoja según lo dicho,  el Lector sabe, cuando se recluye en su biblioteca o acude a la municipal, que no está solo. Es sabido que los libros recogen las voces del pasado: susurros o gritos susceptibles de hacer más llevadera la existencia. Y nada mejor para un espíritu sensible que la compañía de esos autores que supieron plasmar en sus escritos las pasiones del ser humano.
La Búsqueda I: Leer y saber qué leer nada tiene que ver con el mercado editorial (…). A veces sucede que lo que nos sugiere (o impone) el mercado es lo que conviene leer, pero eso ocurre con la frecuencia con la que se alinean los astros, aproximadamente una vez cada millón de años. Por el contrario, son los propios libros los que nos llevan de la mano, con delicadeza de padre/madre abnegados, hacia otras lecturas, y éstas a otras, así arrastrándonos hacia una espiral infinita. Ni siquiera la ceguera (…) se convierte en un obstáculo insalvable.
La Búsqueda II: Los Lectores constituyen una hermandad no sometida a los rigores de la clandestinidad. Son una secta buena cuyos miembros transmiten sus hallazgos a otros cofrades con ilusión desbordada. El boca a boca es, pues, uno de los medios más seguros para alcanzar aquellos libros que nos hagan felices.
La Búsqueda III: No obstante las dos anteriores vías para hallar lecturas jugosas, y porque es un enfermo compulsivo que no puede evitar su demencia, el Lector lee todo lo que cae en sus manos. De hecho, esta característica es lo que ayuda a diagnosticar esta psicopatía (Askildsen dixit). El Lector de raza lee hasta los prospectos de los medicamentos, donde con una pizca de sensibilidad que se tenga, se pueden conocer el origen y la consecuencia del dolor, de la angustia, del deseo sexual (y su ausencia), así como constatar que la ingesta masiva de fármacos nos pueden llevar, si no calculamos bien el tiro, a la muerte o al coma.
La Emulación- El Lector de raza comprende que emular a su escritor favorito es tarea vana. El talento es un don que no todo el mundo posee, por lo que lo mejor, en la mayoría de los casos, es gozar del placer de la lectura y olvidar las torturas de la creación literaria.
La condena: En resumen, el Lector enfermo lo es por una sola y sencilla razón. No puede evitarlo.

¿POR QUÉ ESCRIBIR?
En segundo lugar, abordamos las motivaciones que nos pueden mover a escribir. Los asistentes aportaron sugerencias con entusiasmo y convencimiento. De entre todas las aportaciones que surgieron, destacan las que siguen:
Por la necesidad de contar, de compartir, de exteriorizar lo que uno lleva dentro.
Para dar forma a las emociones que nos rondan, a las ideas.
Para entender el mundo y entenderse a uno mismo.
Como terapia frente a las frustraciones cotidianas.
Para jugar a ser otro, con otro.
Como acto de trasgresión.
Para imponer (adaptar, exponer) mi punto de vista sobre la realidad, buscar respuestas, ordenar el caos.
Por el puro placer de crear; de llevar las riendas (por una vez). El escritor, ante todo, manipula, siempre en el buen sentido, y acaso en el malo también.
Para educar, sobre todo a los más jóvenes.
Para trascender, para perdurar.
Como evasión.
Escribir para gustar, para gustarse, incluso para enamorar.
Para reivindicar.
Y, finalmente, ¿por qué no? por vanidad. Pero una vanidad salvable, la de la madre que muestra orgullosa a su bebé.
         En algún momento adorné nuestras reflexiones con editoriales de Fábula, como el del número 14, y aforismos tomados de Cuadernos de Escritura, de mi admirado Carlos Pujol. Uno de mis favoritos: “Se escribe para oír la música de dentro” (14), o este otro tan democrático, que me sirve de colofón: “La afición a escribir es algo incurable; por eso nunca hay que desaconsejar a alguien que siga haciéndolo, aunque lo haga muy mal. Hobby dominguero, actividad privada, literatura del montón, best-seller o gran arte, tanto da, a la larga Dios reconocerá a los suyos. En resumidas cuentas, cada cual escribe como puede y no como quiere.” (16)

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