Agradezco que me feliciten las fiestas navideñas. Es obvio que ya no las disfruto con la prístina ilusión de la niñez, pero siguen pareciéndome las más luminosas del calendario, en todos los sentidos. Aunque confieso que la tendencia reciente de felicitar las pascuas por Whatsapp, reenviando textos o imágenes que acaso ya he recibido antes, le quita un poco de encanto. De las comunicaciones virales recibidas este año destacaría la plegaria al fiscal general (como si de Santa Claus se tratara) para que nos ayude a borrar el exceso de mensajes navideños, o el cáustico comentario de Pérez-Reverte sobre la recomendación de la Comunidad Europea de que no felicitemos “Navidad” sino “fiestas”, para ser más inclusivos/as. En inglés seguro que la palabra será aún más ofensiva, pues contiene el nombre del cumpleañero. Es lo que tiene que la fiesta provenga de nuestra tradición religiosa, claro.
Por supuesto, cada cual se centra en los aspectos de la
Navidad que más le convencen, no necesariamente relativos a la encarnación del
Hijo de Dios: la vuelta a casa, la cena pantagruélica con los cuñados, las
copitas de champán, la lotería (¡ay!), las cabalgatas, el exprimir la visa…
Incluso hay personas que se entristecen ante la llegada de las fiestas, en
especial las que han perdido seres queridos o sufrido calamidades, para quienes
el repetitivo deseo de esas 24 horas de intensa felicidad puede resultar
extemporáneo. O, sin ir más lejos, para quien se queda solo en casa, cena un
huevo frito, y visiona un episodio de Netflix antes de meterse en la cama.
También ante estas fiestas tan iconográficas hay personas de
sensibilidad que cuestionan su fundamento último, y se preguntan si en el fondo
el hombre no habrá creado a Dios como un consuelo o una justificación. En mi
opinión, es obvio que los humanos continuamente imaginamos al Ser Infinito
conforme a nuestras categorías limitadas. Como en la famosa parábola hindú en la
que los seis ciegos inspeccionan por primera vez a un elefante, y cada uno saca
una conclusión: el que palpa la trompa dice que es como una serpiente, otro
como un tronco (las patas), como una pared, como una cuerda, etc. Pero, aunque
las percepciones de cada ciego sean parciales, llegan a ellas porque el
elefante está allí, ante ellos y sus imperfectos sentidos.
Siempre me ha impresionado la solidez con que las personas
ateas afirman la inexistencia de la Causa Increada, una seguridad que no suele acusar
las zozobras habituales de la fe. En este supremo acto de negacionismo debe de
haber un fundamento que escapa a la percepción de la mayoría de la humanidad
desde sus orígenes. La próxima vez que converse con una de tales quizá le
ruegue que me explique de qué principio material proviene la fuerza arrolladora
que llamamos amor, qué sentido tiene la belleza, o que me esclarezca los
secretos del universo, si es infinito o no y por qué… Y, ya puestos, también la
teoría de la Relatividad, los geoglifos de Nazca… o para qué diantres sirve el
Senado.
En fin, se me acaba el espacio, y pronto se nos acabará el
año. Que el venidero sea, si no próspero (siempre me ha parecido un deseo
excesivo) al menos disfrutable en buena medida. Que tengáis el mejor 2025
posible.
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