Este pasado 14 de junio falleció Joaquín Espert, quien fuera el cuarto presidente del Gobierno de La Rioja, de 1987 a 1990. No haré aquí una semblanza de este caballero de la política como la que se puede encontrar en este enlace. Me limitaré a mencionar el papel que desempeñó Espert en los viajes del eminente escritor inglés Graham Greene por España y Portugal. Como saben quienes han leído mi libro (o han plagiado mis artículos, otro día os lo contaré), Greene viajó por España entre 1976 y 1989, quince viajes en total. El arranque fue su incipiente amistad con un dicharachero sacerdote y profesor universitario de la Complutense, Leopoldo Durán, quien ejerció de anfitrión del escritor en 1976, y lo pasaron tan bien que a partir de entonces se convirtió en un encuentro cuasianual.
Inspirado por sus primeros viajes entre 1976 y 1981, Grene escribió una novela que al final de su vida llegó a considerar su favorita, Monseñor Quijote (1982), un homenaje al clásico cervantino y una particular visión de la España postfranquista. En esta novela se hacen dos referencias al vino tinto que tanto apreciaba el inglés, el Marqués de Murrieta. Y Durán, que no desaprovechaba ocasión, contactó con las Bodegas Murrieta en las inmediaciones de Logroño para instarles a que agradecieran de algún modo tangible tamaña publicidad internacional.
Aquí es donde entra Espert, quien en 1983 era abogado y apoderado de la familia Olivares, propietarios de las bodegas en comunidad hereditaria. Ninguno de los propietarios vivía en la zona, ni se involucraban mucho en los asuntos de la bodega, así que fue Espert quien tomó la iniciativa de invitar a Greene y a su amigo Durán a pasar un día en la sede y dejarse agasajar en una comida con notables riojanos bien regada de su tinto favorito, seguida de varios regalos enológicos.
Poco después la bodega cambió de manos, y fue adquirida por un conde y empresario de raíces gallegas, Vicente Cebrián, conde de Creixell. Una vez tomada posesión, Cebrián quiso aprovechar la fortuita vinculación con Greene e ideó, en connivencia con Durán, un proyecto para involucrar al escritor en una fundación que llevara su nombre. Para convencerle mejor, Cebrián volvió a invitarle a un agasajo similar al de 1983, al que este inicialmente se resistió, hasta que acabó cediendo ante la insistencia de Durán. Greene volvió, pues, a visitar las bodegas cuatro años después, en agosto de 1987, y de nuevo encontró a Joaquín Espert, pero esta vez no como apoderado de la propiedad, sino como flamante presidente del Gobierno de La Rioja.
Las dos visitas de Greene a La Rioja tuvieron unas consecuencias inesperadas, cuya historia se detalla en cierto artículo, que después reelaboré en mi libro. En mi fase de investigación contacté con Joaquín Espert, quien gentilmente me recibió en su despacho de la calle de Calvo Sotelo y me relató sus recuerdos de ambas visitas. Fue la única vez que traté con él, pero me dejó un grato recuerdo y un motivo de gratitud. Así que valga esta breve mención como un añadido más a los elogiosos obituarios que se le han dedicado en estos días, si bien estos ilustran una vez más esa gran verdad de la sociedad española, aplicable de modo eminente al ámbito de la política: que para que te reconozcan y te aprecien, lo mejor que puedes hacer es morirte.
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Espert y Greene en Ygay, 1987. Autor desconocido |
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