Hace tiempo que pensaba recomenzar una serie que inicié años atrás, Fauna urbana, apuntes sobre congéneres nuestros que dan alguna nota.
Como los ecos de la playa ya han pasado a ser parte de mi nostalgia veraniega, aprovecho para reinaugurarla con una fauna playera que hace lo que puede para aliviar aquella.
Lo más divertido, por supuesto, ha sido desempolvar los lápices.
FAUNA URBANA I
PLAYEROS VERTEDEROS
Les oyes llegar, les oyes instalarse, y también les oyes (¡oh!) marchar. Parecen estar enfadados entre sí, pero tal apreciación es inexacta. Son una manada unida, y, a su modo, se quieren. Solo que cualquier pequeño detalle, hasta dónde plantar la sombrilla, es objeto de discusión bronca aireada a las cuatro brisas.
Aportan el hilo musical (valga el optimismo) al entorno cercano y hasta lejano, y ayudan a sus vecinos a ponerse al día en lo último de reggaetón, flamenco o chunta-chunta. Con frecuencia se agrupan con manadas afines y comentan incidentes de su cotidianidad a voz en grito, salpicando su anecdotario con juramentos o risotadas, y todo sin necesidad de bajar el volumen del aparato.
No son muy dados al ejercicio físico, salvo el relativo al flexionamiento de codo y de musculatura maxilar. Por este comprensible motivo tampoco son muy dados a caminar hasta el cubo de basura playero más próximo para depositar los innumerables restos orgánicos e inorgánicos de sus avituallamientos. No pretenden privar al que venga detrás de la ocasión de agacharse y recoger sus plásticos, mecheros, envases, briks, compresas, etc.
La teoría que afirma que un botellín de Cacaolat tarda quinientos años en degradarse, o que envenena fatalmente al ecosistema marino, no les parece suficientemente contrastada científicamente, y por tanto la desdeñan desde una postura crítica.
Aunque cueste entenderlo, la opción de este grupo humano es, sin embargo, radicalmente democrática. Hasta las piscinas públicas requieren de algún tipo de suscripción o entrada. Pero la playa es del pueblo, la playa es de todos, ¿no es verdad?
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