Un buen día
surgió en el barrio el comercio que yo necesitaba: una frutería que permanecía
abierta hasta las diez de la noche y no cerraba a mediodía. La regentaba un
marroquí de media edad cuyo bigote me resultaba familiar de otra tienda,
en otra calle, pero ahora lo adornaba una sonrisa refulgente en vez de la
antigua mueca de subordinado. Mi hora habitual era el anochecer, cuando todo lo
demás había cerrado, y en la tercera o cuarta visita me empezó a reconocer como
parroquiano.
Pronto empezó a tener conmigo detalles
de fidelización, como regalarme una rama de perejil, o una manzanita amorfa y
dura si mi hija, que regresaba conmigo del conservatorio, se detenía a
contemplar el stand de pink ladies
con avidez.
–Que se la cheve la niña, si se quiere –exclamaba sin dejar de sonreír.
Tanta solicitud me animó un día a
interesarme por su nombre. Tardó unos segundos, pero al final me reveló que se
llamaba Mustafá. A partir de ese día lo saludaba como tal, y él miraba al suelo
y sonreía.
Mustafá era muy torpe con las vueltas.
A veces se armaba un lío con las restas más sencillas, y yo lo atribuía a la
dificultad innata para realizar operaciones matemáticas en un idioma no
materno. Unas veces me perdonaba los céntimos, otras me cobraba de más, y en
estos casos yo optaba por corregirle o no, según fuera mi humor al final de la
jornada.
Un anochecer entré en la frutería y no
vi a Mustafá. En su lugar había un chico que no llegaría a los dieciocho,
moreno de tez, que se entretenía con telefilmes de acción ante una minipantalla
junto a la caja registradora. Será el hijo, pensé, atribuyendo a Mustafá una
enfermedad leve. Pero pasó el tiempo y el chico se convirtió en el tendero
habitual. Como aún hacía frío afuera, pronto me di cuenta de que prefería que
yo mismo seleccionase la fruta del escaparate exterior, para conservar el
calorcito del rincón.

–Solo quería saber qué ha sido de
Mustafá. El dueño de la tienda, vamos…
Tras más segundos de cavilación y de
miradas al sillón orejero, respondió:
–No se llama Mustafá. Su nombre es
Abdulá.
–Ah. Y… ¿qué es de él?
–Se ha ido una semana. Vuelve pronto.
–Ah…
Pero pasaron tres o cuatro semanas, y
Mustafá o Abdulá no volvía. El tendero adolescente llegó a tratarme con una
cierta familiaridad, no exenta de suspicacia. Era mucho más exacto con los
cambios que su antecesor, a pesar de las distracciones que le provocarían las
películas de explosiones y mamporros, pero también me perdonaba los céntimos si
andaba corto de calderilla.
Por supuesto, Abdulá nunca volvió. Una
noche bajé a comprar mis acostumbradas bolsas de naranjas y limones, y al sacar
mis monedas vi que faltaban dos céntimos para completar el importe. Le
comuniqué que, o bien me los perdonaba, o me tenía que dar cambio de veinte
euros. Me miró con verdadero incomodo, tanto que rebusqué en mis bolsillos y
hallé los dos céntimos de la discordia.
–Estamos en paz. Hasta mañana –me
despedí.
Pero al día siguiente, cuando salí a
trabajar, vi con sorpresa que la frutería no había abierto. Tampoco al
atardecer. ¿Sería alguna vacación marroquí?, pensé. Pero no, no creo que esa
fuera la causa. De hecho, así ha permanecido hasta hoy, aún con el rótulo flamante y expuestos los carteles con los precios de la mercancía,
pero la rejilla bajada y algunas cajas vacías en el interior.
Ya no tengo quien me venda fruta a las
horas en que todos los demás han cerrado. Y a veces echo de menos esa rama de
perejil destinada a la basura, o esa manzanita amorfa y dura que nadie querría.
Y me resuena en los oídos un estribillo ya lejano:
–Que se la cheve la niña, si se quiere.
Comentarios
Publicar un comentario