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sábado, 10 de diciembre de 2011

TIEMPO DE DUDAS

Adjunto versión abreviada de la reseña aparecida en Fábula 31 de Mientras ella sea clara, firmada por Gonzalo Martínez Camino, profesor del departamento de Filología de la Universidad de Cantabria.

Obviamente, el hecho de que reproduzca reseñas en este blog no implica que esté en total acuerdo con todo lo que se dice. Tampoco estoy en desacuerdo con lo que dice el profesor M. Camino, que conste. Hasta la fecha no me he enfrentado aún a la reseña denigrante o humillante. No sé si la reproduciré aquí cuando llegue el momento, ya os contaré.  En este caso, el haber abreviado la reseña se debe al sencillo motivo de que es muy extensa, y a veces el lector de reseñas no tiene tanta paciencia.

TIEMPO DE DUDAS


            (…) Esta no es una novela sobre los entresijos psicológicos de Clara y mucho menos una bildungsroman: su historia no es la de la construcción de un carácter, sino la de un lío en la que un personaje ya hecho se nos mete y del que, después, intenta salir. Tampoco el lector de esta reseña debe pensar que Clara es simplemente un nombre y nada más, ella y Míchum, las figuras principales, son caracterizadas con trazo firme y penetrante en la primera de las cuatro partes en las que está dividida esta obra. En este sentido, hay que decir que una de las características de la forma de contar de nuestro autor, y que ya se apreció en su anterior obra, Calle Menor, es la habilidad para articular la historia en torno a unos personajes bien perfilados; de hecho, éste es uno de los placeres con los que el lector puede disfrutar en estas dos novelas.
            ¿Cuál es este lío del que hablamos? En unos meses, entre 2002 y 2003, Clara adquiere, al mismo tiempo, tres compromisos de matrimonio con tres pretendientes muy distintos entre sí: Míchum, el novio de toda la vida, católico, pobre y formal; Mario Martello, el profesional cincuentón, “hombre-de-mundo” que se las sabe todas y que ofrece posición y seguridad; Pelayo, becario en una universidad madrileña, arqueólogo, ligón y aventurero. ¿Con cuál se casará Clara? Cada uno le promete cosas distintas al otro, emociones y futuros diferentes; cada uno, como ella misma nos dice, representa una parte distinta de lo que ella es y de lo que le gustaría ser, de lo que vive y de lo que le gustaría vivir. Al fin y al cabo, sólo nos seduce aquello que queremos que nos seduzca porque, de alguna manera, ya lo llevamos dentro. Éste es el enredo para el que debe encontrar una salida.
            Durante muchas páginas, la parte central de la novela, Clara nos cuenta cómo intenta compaginar a sus amantes, barajarlos por las distintas calles y ambientes de Santander (incluso de España) para que no le salgan todos los triunfos en la misma mano: en este caso, un trío no es aconsejable. Es el momento para que el lector disfrute con las idas y venidas de nuestra protagonista, los triples saltos mortales que deberá dar para no caer a un abismo sin red ante el que su propia imprevisión la ha situado. El autor escribe estos pasajes con una técnica narrativa fluida al tiempo que precisa, salteada con situaciones llenas de desternillante humor. Una de las virtudes de esta obra es que, en la fase del nudo, el novelista consigue que el desenfreno de Clara no nos genere rechazo; su insensatez nos resulta divertida más que inmadura; inocente, más que infantil; disculpable, más que reprochable; en definitiva, entendemos qué es lo que atrae a sus pretendientes porque nosotros también lo disfrutamos.
            Así las cosas, debemos considerar un acierto el hecho de que los narradores de la historia sean los dos personajes principales y, que al hacerlo, hagan saltos atrás en el tiempo yendo más allá del límite de la historia que nos narran para contarnos datos de sus vidas anteriores al embrollo en sí. ¿Por qué? Porque, como ya dijimos, el laberinto del que Clara debe salir es, principalmente, el de su maraña vital. La subjetivización de la historia, que implica que sea contada por sus protagonistas, ayuda a que el lector tenga la sensación de que se narra desde el interior del galimatías y vea las informaciones que se le dosifican tiznadas por la confusión en la que viven los personajes: la de Clara es la suya propia, la de Míchum es la que le genera Clara. En este sentido, es de destacar también que el autor haya sido capaz de plasmar un idiolecto para cada uno de los personajes-narradores. No serán demasiado alejados entre sí, no pueden serlo, ambos están en constante contacto y pertenecen al mismo sector social. En consecuencia, estas “formas de hablar” al tiempo que les caracterizan como individuos, les afilian socialmente. Por otro lado, lo que los narradores nos cuentan de sus pasados nos ayuda a entender su subjetivo punto de vista, su postura ante lo que ocurre dentro del laberinto.
(…)
            El telón de fondo característico de este género es la vida urbana y nuestra novela resulta paradigmática: se nos va describiendo la geografía santanderina como espacio físico donde discurre el tiempo que los personajes necesitan para tejer el laberinto de sus encuentros y desencuentros; Santander es el paisaje urbano en el que distintos personajes con distintos puntos de vista e intereses confluyen, chocan y entretejen sus vidas. Antes hablamos de las perspectivas que representan Clara y Míchum, otras aparecerán, varias; las más importantes son las que representan los otros dos prometidos: la del nuevo rico, que es la de Mario Martello; la del progre idealista, intolerante y superficial que es Pelayo. En definitiva, la ciudad, como en cualquier novela moderna digna de ese nombre, se representa como el paisaje de distintos paisanajes.
            Ahora bien, una novela de enredo debe tener un desenlace: se necesita una resolución y las incógnitas deben despejarse: de no saber, debemos pasar a saber. ¿Con quién se casará Clarita? ¿A quién elegirá? La trama llega a su punto álgido en los dramáticos días que van del 11 al 15 de marzo de 2004. Aquí hay que hacer un alto en el camino para destacar la habilidad del autor para plasmar la angustia de una víctima de terrorismo: la escena del reconocimiento de un cadáver en IFEMA es de lo mejor de esta novela. Cabe señalar que el mérito es mayor si tenemos en cuenta el cambio de registro que supone que, de repente, en medio de una novela divertida y básicamente optimista, nos encontramos este cuadro luctuoso que no desentona y que nos conmueve y después, casi sin territorios intermedios, volvemos al humor y al enredo sin que nada chirríe. También hay que señalar que, una vez dejados atrás estos días, uno de los personajes del trasfondo, tomará protagonismo, ocupará el primer plano de la novela, en la función de ayudante necesario para que los protagonistas puedan atar los múltiples cabos que el autor ha ido dejando aquí y allá y lleguemos al desenlace final. Si a nuestro juicio crítico hubiera que señalarle un pero a la novela, quizá sea el abuso de esta fórmula.
            Regresemos a la incardinación de la intrahistoria de nuestro relato en la historia de nuestro país. Nos recuerda a Fortunata y Jacinta. Mientras que Juanito Santa Cruz se debate entre dos amores, dos destinos, dos perspectivas, dos formas de ver la vida en los años de agitación revolucionaria que van de la salida de Isabel II hasta el reinado de Alfonso XII, Clara se debate entre tres en los años del Prestige, el chapapote, la guerra de Irak, la mayor masacre terrorista de Europa, el cerco a las sedes del PP durante la jornada de reflexión del 13 de marzo y el vuelco electoral. Si el crítico norteamericano Fredic Jameson encuentra una alegoría implícita en la narración galdosiana sobre la histórica de nuestra nación, ¿podemos ver nosotros alguna en Mientras ella sea clara? Como Clara, cada uno de los lectores deberá hacer su propia interpretación y, como Clara, resolver el enredo; necesitamos «aclararnos».

Gonzalo Martínez Camino
 

4 comentarios:

  1. No existen las reseñas denigrantes o humillantes, solo las buenas o las malas, las atinadas o las no tanto, etc. Cualquiera que intentase denigrarle o humillarle usando sus libros se insultaría y denigraría solo a sí mismo.

    El lector de internet es el que no tiene tanta paciencia, no el lector de reseñas, y a él debe cuidar ya que estamos aquí.

    El análisis que hace es bueno pero se podría haber dicho lo mismo con menos palabras. Es todo un problema gustarse a sí mismo mientras se escribe pero no hay pastillas contra eso. La única solución es leer en diagonal.

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  2. Buen punto el de Luis. Para poder denigrar primero tiene que haber algo denigrante o la pelota te rebotará en la cara. Los libros de Carlos podrán ser buenos o malos pero no llegarían nunca tan bajo. Ese adjetivo, subrayado luego con un “humillante” denotaría cierta inseguridad, lo normal en cualquier creador.

    Llama la atención el "Adjunto..." así, sin más, como si esta entrada de blog fuese un formulario, un papel que pasa de un departamento a otro en un ministerio. Hubiese bastado con indicar esa información al final del texto, y haber colocado luego una apostilla final. Aparte de esto, cuando no se está de acuerdo ni tampoco en desacuerdo, es mejor no decir nada y dejar que el lector decida o, si le interesa, pregunte.

    Las presentaciones literarias pueden interesar quizás más a los periodistas y seguro que a los seguidores pero no tanto a los posibles futuros lectores, ni tan siquiera como autopromoción. En ese sentido, algunos autores
    dan un capítulo en sus webs, otros (los menos) directamente te permiten descargar el pdf. Todavía no he encontrado un fragmento de tus libros, un poema... en este blog. Se tiene información de sobra sobre ti y tus libros pero nadie puede entonces catar tu literatura.

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  3. Hola, he colgado en mi blog una reflexión sobre la revista que diriges. Está aquí http://ditiramb.com/fabula/

    (el texto es demasiado grande para este formulario y no puedo copiar y pegar aqúí)

    Un saludo

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  4. Por lo visto y leído de él hasta ahora, Carlos me parece una excelente persona. Lo de ese adjunto tan seco supongo que es porque él no se siente a gusto en internet no porque quiera ser así con nadie. En su primera entrada ya avisa: "...después de muchos años de resistirme..." Da la impresión que todavía no ha abandonado esa resistencia interior. Tampoco se sabe a qué se resistía. Ya habrá visto su página web, una lista de links y títulos más una foto. No puede ser más simple. Ni tan siquiera tiene dominio propio. Va a presentar libros a muchas ciudades pero ignora un medio con mucho más alcance potencial como este.

    En lo que humildemente creo que se equivoca es cuando dice que "uno escribe para que le lean". Yo creo que uno escribe porque lee y viceversa. Las dos cosas son la cara y la cruz de una misma moneda. Si después uno quiere que se le lea es porque busca un añadido, quiere que los libros le aporten algo más porque ahí está si se sale en su búsqueda. Escribir y leer es un acto muy solitario y genera esas querencias que en buena parte lo traicionan. Gracias a otros, por ejemplo, puedes releerte en cierto modo a ti mismo pero, en ultima instancia, ¿saben los demás sobre ti más que tú mismo? Nosotros por ejemplo podemos notar inseguridad en sus palabras pero esto es demasiado abstracto, está demasiado alejado de él, que es quien la palpita. Si hablamos de egos, las ventajas son enormes y potencialmente infinitas (recomiendo este video http://www.literalia.tv/programacion/anaqueles-ocultos/capitulo-10.asp donde hablan, entre otras cosas, de los cambios de personalidad que sufren los escritores) pero, ¿no sería eso tratar la lectura y la escritura como arma en provecho propio, un acto egoísta que no tiene nada que ver con él?

    Yo he sido lector desde siempre y fue muy agradable encontrarse poco a poco con que los demás encontraban la lectura de libros como algo bueno y positivo. Eso me permitió arrimar el ascua a mi sardina para poder sentir: leo luego soy bueno, culto, mantengo una cierta higiene mental, etc. Una vez ha quedado claro y se siente que se tiene un terreno seguro sobre los pies, hay que saber abandonarlo porque la bondad, la cultura y la higiene mental no tienen nada que ver conmigo, son meros añadidos puestos por otros a la lectura y la escritura. Las areas seguras y firmes son para que se asienten las conchas o los que nacieron para ser una de ellas. El resto, nadamos en el mar.

    Escribir para que te lean es atender a los cantos de sirena de los demás, es pretender compartir ese terreno firme con otros, por ejemplo, jugando a que se está nadando en la seguridad de las muchas piscinas de la isla que toque en cada momento. Escribir porque uno lee y leer porque uno escribe es nadar y nadar es vivir porque no somos más que naúfragos, a mitad de camino entre el pez y el ángel.

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