Sorprende la apabullante contundencia con que nos impacta la actualidad. Esta semana pensaba escribir sobre los recientes disturbios callejeros, sobre el “No habrá paz en las calles” predicado por la portavoz de Más Madrid y secundado por cafres organizados que pueden llegar a creerse idealistas; pero la tragedia ferroviaria de Urda ha venido a desplazar otros titulares acaparando fatalmente nuestra atención. Y, sin embargo, me pregunto con el ánimo abatido, ¿qué puedo aportar aquí? Me temo que bien poco.
Parece obvio mencionar que las (hasta ahora) 69 víctimas
mortales se podrían haber evitado si se hubieran aprendido las lecciones de la
tragedia de Adamuz, que se llevó a otras 46 personas hace nueve meses. Desde
entonces se podrían haber tomado medidas para mejorar el mantenimiento de las
estructuras, en especial la renovación del sistema de seguridad, que en este
caso tiene 34 años de antigüedad. Podría mencionar que desde 2025 existen informes
de expertos (CIAF) que alertaban de la probabilidad de colisiones; que el CEO
de Iryo también avisó hace unos días en el Senado de que estos trenes podían
fallar. Pero nuestro gobierno ha tenido otras prioridades. Y aunque no se hayan
aprobado presupuestos generales en toda la legislatura, bien a través de los
fondos europeos o de la copiosa recaudación fiscal ha habido partidas
disponibles: en 2025 el gobierno destinó 1.550 millones para bonificar el
transporte público, frente a 1.101 millones para el mantenimiento ordinario de
las vías. Es decir, con ligereza electoralista se destinó un 40% más a bonificaciones
que a conservación; horripila pensar que algunos usuarios hayan recibido ayudas
para encontrarse con la muerte.
También podría vaticinar que esta nueva desgracia que ahora
nos conmociona profundamente se verá abocada a las tres fases sucesivas de
shock, solidaridad, y ulterior despellejamiento político de contrarios, seguida
de una cuarta, más duradera, de olvido (en la que ahora estábamos respecto a
Adamuz). Y podría mencionar que el desahucio de una pobre anciana ha sido capaz
de movilizar a decenas de miles de personas concienciadas (aunque muchas no
sepan con qué), y de provocar dos decretos-ley en tiempo récord, pero que la
muerte evitable de 115 (69 + 46) personas no parece justificar, a día de hoy, siquiera
las dimisiones de los responsables.
Podría mencionar que, aunque cada una de las vidas
malogradas en este accidente previsible es igual de valiosa, entre ellas están
las de una política muy valorada, una deportista en la flor de la vida, o un maquinista aún joven. Y, por último, podría mencionar que yo tomé sendos trenes de
larga duración la víspera y el día de la tragedia, a pesar de que algunos seres
queridos me lo desaconsejaron. Por tanto, yo mismo, o quizá también usted,
amable lector, podríamos no estar aquí para contarlo. Y aunque ya sabemos que
la Parca no avisa, exijamos a nuestros gobernantes que no le faciliten la tarea
con su espantosa negligencia.

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