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CONFIESO QUE HE EUROVISIONADO

Sí, la semana pasada yo también vi Eurovisión. Podría alegar varias razones en mi descargo, no precisamente musicales, pero destacaré la solidaridad familiar y cierta curiosidad sociológica por ver qué nos revela esta cita multitudinaria sobre nuestra vieja Europa.

Este año el festival ha sido quizá el más polémico de su larga trayectoria. El foco mediático se centró en la protesta por la intervención de la representante de Israel, una canción melódica interpretada por una chica de aspecto pacífico llamada, no sin cierto recochineo, Eden Golan. Muchos querían que se hubiera vetado su participación, pero a quien se expulsó poco antes del comienzo fue al representante de los Países Bajos, Joost Klein, por amenazar con violencia a una profesional de la imagen que le grabó en un momento comprometido. Por su parte, el representante de Finlandia, sucesor de nuestro Chiquilicuatre, basó su puesta en escena en la incertidumbre de si estaba actuando desnudo de cintura para abajo, y la consiguiente expectación de si finalmente se calzaría los calzoncillos. El/la cantante irlandés/a denominado/a Bambie Thug alcanzó un honroso sexto puesto con una actuación de un género macabro llamado ouija pop, con una estética luciferina y estridente. En nuestro país se habló mucho del presunto mensaje de empoderamiento que transmitía la “Zorra” de Nebulossa, que en cualquier caso no fue demasiado apreciado por los jurados internacionales, igual que tampoco los acrobáticos glúteos de los bailarines que amenizaban la actuación.

En definitiva, los nostálgicos de piezas melódicas y memorables como las que nos aportaron Abba, Milk and Honey, Brotherhood of Man o Johnny Logan deberíamos abandonar (casi) toda esperanza ante este espectáculo que en ocasiones se torna sobrecargado, psicodélico, mareante, o de dudoso gusto. Y, por supuesto, también bastante politizado, en el sentido más amplio. El sistema de votación popular me genera una suspicacia incurable, y con mucha frecuencia da la impresión de que el ganador, vaticinado con certera antelación, encarna el apoyo de alguna causa ideológica o política por encima de los criterios puramente musicales.

Este año Nemo Mettler es quien ha triunfado con la canción autobiográfica “The Code”. Un ejemplo típico de titular periodístico anuncia su logro así: “Nemo, primer ganador no binario en el más polémico Eurovisión”. Es decir, su orientación sexual como persona de género fluido (al igual que Bambie Thug) ocupa un lugar predominante en la noticia. ¿Realmente importa tanto? No parece que en su momento importara la sexualidad de Loreen, Netta o Salvador Sobral, por citar algunos recientes ganadores. Tal como yo lo veo, la meta deseada de la lucha por la diversidad afectivo-sexual debería conducir a evitar las etiquetas, a que no importe cuál es la opción de cada cual. Pero quizá la visibilidad que desea todo activismo contradiga esta meta. En cualquier caso, Nemo ha compartido su intimidad y su lucha con los millones de telespectadores, haciendo gala de una voz prodigiosa, y no tenemos por qué concluir que su causa le haya facilitado subir al podio. ¿Verdad?


Aparecido en La Rioja, 17 mayo 2024

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