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¿DE QUÉ PIE COJEAS?

 Anteayer me estrené como columnista en el Diario La Rioja, con la columna titulada "Y otra de arena". Reproduzco aquí mi colaboración, enmendando una pequeña errata que se me coló. Como es de prever, los que seguís este blog ya sabéis de qué pie cojeo, así que alguna afirmación puede resultaros redundante.


¿DE QUÉ PIE COJEAS?

En esta, mi primera aparición en la presente ventanita por gentileza del diario La Rioja, puede ser de buena educación presentarme. Soy santanderino de nacimiento, pero más de la mitad de mi cincuentena larga de vida ha transcurrido en La Rioja, en cuya universidad pública llevo casi tres décadas enseñando (o intentándolo). De lo que más sé es de literatura, lo que no quiere decir que sepa tanto. He plantado árboles, he escrito libros, y soy padre de dos adolescentes que me mantienen en forma. Pero, a los que ahora leéis estas líneas acaso os traiga sin cuidado esta autopresentación, y quizá os parezca más pertinente preguntar: y, este nuevo columnista, ¿de qué pie cojea? Lo primero, ¿es de derechas o de izquierdas? ¿Conservador o progresista? O, en clave de política española reciente, ¿es antisanchista o proamnistía? Porque, según cómo respire, le leeré con unos ojos u otros.

Y es que reconozco que da un poco de respeto (por no decir miedo) participar en una columna de opinión en estos tiempos que corren, en los que, siguiendo el edificante ejemplo de nuestros probos políticos, la sociedad tiende tanto a la polarización. Nos empujan al blanco o al negro, a amar al afín y odiar al contrincante, a posicionarnos en cuestiones básicas sin apenas debate, tan solo adoptando las consignas de nuestro equipo (clan, secta, partido político), o de nuestro lado del muro.

Frente a esta polarización programada, suscribo las palabras de Machado: “¿Tu verdad? No, la Verdad. Y ven conmigo a buscarla…” No es fácil encontrarla, por supuesto, pero al menos podemos escucharnos uno al otro y dialogar, acaso discrepando, pero siempre con respeto. Nunca me ha gustado esa expresión de “Ni tú me vas a convencer a mí, ni yo a ti”. Por mi parte, estoy abierto a que me convenzas. Ahora bien, necesito el argumento convincente, claro.

Y respecto a la dicotomía conservador/progresista, me gustaría considerarme lo primero en el deseo de mantener lo que merece consenso entre las personas de bien, lo que se asocia a esa abstracción llamada sentido común, lo que armoniza con la naturaleza, lo que funciona para una vida mejor... Y considerarme progresista en el afán de buscar alternativas a lo que provoca injusticia, desigualdad legal o discriminación, de aliviar el malestar y sufrimiento de los menos favorecidos, de reformar lo que está mal planteado y encontrar otras metas más satisfactorias. El problema surge cuando se busca conservar lo que provoca injusticia, desigualdad, etcétera, y a su vez se busca el cambio en lo que funciona, merece consenso, etcétera. Y comparto las palabras de mi admirado C.S. Lewis, cuando escribe: “A todos nos gusta el progreso. Pero el progreso significa acercarse más al lugar donde se quiere estar. Y si os habéis desviado del camino (…) el progreso significa dar un giro de ciento ochenta grados y volver al camino correcto, y en este caso, quien se vuelve antes es el más progresista”.

Tomad lo precedente tan solo como (vaga) declaración de intenciones. Ya sabemos que toda autoevaluación tiene una credibilidad relativa. Y, en todo caso, ya me leeréis (espero), y decidiréis, con base en cada texto, de qué pie cojeo.





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