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Sherlock en Barcelona (II)


Los secretos de San Gervasio
AUTOR: Carlos Pujol
EDITORIAL: Menoscuarto
LUGAR Y AÑO: Palencia, 2019


UN SHERLOCK QUE ECHA SIESTA

Los secretos de San Gervasio, publicada por primera vez hace un cuarto de siglo, pertenece a esa corriente tan fecunda de pastiches o apócrifos que ha multiplicado por centenares los relatos originales de Conan Doyle, el llamado “canon holmesiano” formado por cuatro novelas y cincuenta y seis relatos protagonizados por el agudo investigador inglés.

De entre las diversas opciones que adoptan los escritores de apócrifos –algunos de los cuales se adentran en terrenos como lo gótico o la ciencia ficción– Pujol ha optado por mantener cierta apariencia inicial de continuidad con la tradición. Así, encontramos a un Watson narrador homodiegético que saca a colación personajes o episodios de pasadas (o futuras) aventuras canónicas; la célebre pareja recibe a unas clientes en el 122b de Baker Street, donde la señora Hudson les sirve el té; este primer encuentro permite un alarde de pericia deductiva y plantea un enigma que solo Holmes podrá solucionar si acepta el caso, que esta vez requiere su traslado a Barcelona.

Pero, a pesar de este inicio reconocible, en cuanto el cerebral Sherlock pone el pie en suelo hispano, un cambio empieza a obrarse en su interior. El primer revulsivo es su visita a una iglesia junto a Las Ramblas, que le retrotrae a su infancia en un colegio de Jesuitas y a lo que allí aprendió y/o luego desaprendió. Pronto se dará cuenta de que el caso que le arrastró a San Gervasio no es lo que parece, y, aunque se entretiene investigando un absurdo asesinato, acaso perciba que las gentes que se cruzan en su camino y que le acogen llevan vidas más humanas que la suya. Pero aún hay un factor más determinante de esta evolución: una vez que prueba el hábito de echar siesta, no es capaz de dejarlo.

La caracterización de Holmes parece también bastante canónica, pues, además de sus dotes de observación y análisis, despliega su talante racionalista y distante, pagado de sí mismo, vulnerable cuando la investigación no prospera, y sin escrúpulos para tomar atajos. Pero el desarrollo de la historia revela que Pujol no rinde pleitesía a Doyle y acaso se acerque más a otro autor de ficción detectivesca como Chesterton, quien ya en los inicios de su saga del padre Brown contrapuso al curita con aspecto de panoli con Aristide Valentine, el racionalista por antonomasia, clara parodia de Sherlock. En esta comparación, el método basado en el conocimiento cercano del alma humana parece llevar ventaja sobre el inductivo y experimental.

Volviendo a nuestra novela, conforme asistimos al progresivo fracaso de Holmes en su faceta habitual de racionalista, Pujol intercala diversos recordatorios que cuestionan su alto concepto de sí mismo. Uno de ellos es el estribillo “Si ganas, pierdes”, coherente con la clásica paradoja chestertoniana. Por otro lado está el poeta don Celestino, que intenta abrir un frente en el que la fantasía ayude a interpretar el “orden misterioso del mundo”, y no solo la fría lógica. En este programa, por supuesto, entra la poesía, que es “iluminación”, pues “la verdad sólo se ve de lejos y con los ojos cerrados”, y “la poesía no es una llave para abrir puerta, sino una luz que las hace transparentes”. Más tarde es el cura local, muy en la línea de Father Brown, el que intenta abrir los ojos de Holmes al misterio: “Los misterios tiene que ser inexplicables, si se explican ya no son nada”.

Si el pastiche es un artefacto postmoderno que implica reconocer la herencia literaria anterior, pero también reaccionar frente a ella como un heredero rebelde o contestatario, Pujol hace que Holmes aprenda de su paso por Barcelona que existe el Misterio, y que por muy inteligente que uno sea nunca podrá explicar lo inexplicable. Acaso se le podía aplicar una de las declaraciones de Pujol sobre las lecciones de la ficción narrativa: “Toda novela es la averiguación de una verdad que nunca se llega a descubrir del todo. Los autores que son tan listos que solo aspiran a demostrar lo que creen verdadero deberían abstenerse” (Cuadernos de escritura).

Elemental, queridos lectores. ¿O no?



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