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Escribir por amor

ESCRIBIR POR AMOR
(Editorial de Fábula 44)

Cuentan que el escritor victoriano Anthony Trollope tenía un hábito de escritura tan estricto que se imponía una rutina inamovible de dos mil a tres mil palabras diarias, cayera quien cayera, y que, una vez terminado un libro, empezaba inmediatamente el siguiente. Sólo así se explica su ingente producción de setenta títulos (descartando, claro, la ayuda de otras manos, blancas o negras).

Me rondan tales reflexiones porque en estos días, tras cinco años de recorrer otros caminos de escritura, he empezado la que, si ve la luz, será mi quinta novela. He vuelto a revivir la emoción de construir un universo paralelo poblado por criaturas cuyas vidas dependen en gran medida de mi voluntad, o de mi imaginación, o de la primera domeñando la segunda, o viceversa. Para un escritor liberado de la esclavitud de vender (por decirlo de modo positivo), sumergirse en una novela es una experiencia transformadora que te saca de ti, de tu contingencia, para proyectarte de lleno en un horizonte vital alternativo propio del juego irrepetible e irrenunciable de crear ficción.

Pero entre semejantes efluvios del gozo creador se interponen otras consideraciones más prácticas y terrenales, como la necesidad de una disciplina trollopiana o parecida que posibilite que las musas, si es que se asoman, te encuentren trabajando. Y viene la parte dolorosa del proceso, la que requiere quebrarse la cabeza contra el estilo, el léxico, el punto de vista narrativo, las tramas y subtramas, las descripciones, las narraciones, los diálogos, la documentación, las causas y efectos, la continuidad, los guiños intertextuales… Y revisar, revisar, revisar.

En estas disquisiciones me hallo cuando de pronto me topo con un texto de Pablo d’Ors en su célebre Biografía del silencio: “No es en absoluto cierto que haya que esforzarse o disciplinarse para escribir un libro. El libro se escribe solo, el cuadro se pinta solo, y el escritor o el pintor están ahí, ante su lienzo o cuaderno en blanco, mientras esto sucede”.

En principio no entiendo nada. ¿Estamos hablando de la trasnochada escritura automática de los surrealistas que dejó bodrietes tan prescindibles? ¿Cómo se armoniza esta teoría con el cansancio efectivo que siente el autor después de luchar a brazo partido contra las infinitas opciones que se presentan ante su mente? ¿O es que acaso el ordenador del señor d’Ors adquiere vida propia mientras su dueño duerme la siesta?

Pero luego retrocedo unas páginas de la misma fuente, y releo otro pasaje que me pasó desapercibido, y que acaso ofrece la clave: “desde muy joven he sabido qué páginas de mis libros estaban inspiradas y cuáles no […]: las inspiradas son aquellas que he escrito olvidado de mí, sumergido en la escritura, abandonado a su suerte; las menos inspiradas, en cambio, las que he planificado y redactado de forma más racional y menos intuitiva. […] Para escribir, como para vivir o para amar, no hay que apretar, sino soltar, no retener, sino desprenderse”.

Ah, era eso. Y recuerdo la frase de otro sabio, Gustavo Martín Garzo, a quien una voz oí afirmar que “uno escribe por amor”. Y, bueno, igual tenía razón John Lennon cuando repitió tan machaconamente que: “All you need is love”

Foto: Ángela Villar 

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