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La enfermedad del escritor

Reescribo unas ideas que a los lectores de mi blog ya les sonarán familiares, pero que he reordenado en forma de editorial para el número 42 de la revista Fábula.

LA ENFERMEDAD DEL ESCRITOR

Hace ya veinticinco años que Francisco Umbral (q.e.p.d.) protagonizó el bochornoso episodio en el programa de Antena 3 que ha pervivido en el inconsciente colectivo, incluso entre aquellos que no han leído nada del insigne escritor. La mítica frase “He venido a hablar de mi libro” ha quedado como expresión del peculiar solipsismo del que adolece el creador que acaba de dar a luz una nueva criatura literaria.
No sé si será una experiencia universal, pero no es infrecuente diagnosticar esta afección que sobreviene a quien, tras años de esfuerzo y desgaste de imaginación, de enésimas apuestas por la confianza y de poner a prueba una renovada ilusión a contracorriente, consigue sacar a la luz una obra de cierta extensión. Y si también pueden ser potenciales enfermos los elegidos cuyo grupo editorial acapara los escaparates de las librerías o las ventanas de Babelia o El ojo crítico, con más motivo cuando el paciente es cualquiera de nosotros, queridos lectores de Fábula: un reservado lector que escribe, o un inconspicuo escritor que lee.
          El símil de la parturienta me sigue pareciendo el más indicado para una alegoría de la creación literaria. Solo que no son nueve meses de desarrollo de una nueva criatura en nuestras entrañas: pueden llegar a ser varios años. Luego quizá han seguido otros tantos de búsqueda de editor, y el desgaste no acaba. El parto supone la culminación de un proceso agotador en el que has invertido una ingente cantidad de energía. Pero una vez que la criatura está en el mundo no ha acabado ni mucho menos la tarea. En realidad, no ha hecho más que empezar, salvo que abandones a tu neonato en la cuneta o en la esclusa de las cajas cerradas que se pudrirán en un almacén.
Así, como buena madre te olvidas de los dolores de parto porque has de seguir peleando para que tu criatura se desarrolle en el mundo exterior. Tú lo ves como la más natural actividad maternal, pero visto desde fuera puede parecer una cierta obsesión monotemática; incluso algún moralista (de pacotilla) lo puede ver como una hinchazón del ego, un arranque de feo orgullo (y eso que ahora el orgullo es digno de fastos), o quizá de malsana vanidad. Pero si acaso se tratara de esto último sería más bien de la vanidad inofensiva de la radiante madre que enseña a su bebé en el carrito ante la ambigua mirada de vecinos y amistades.
En cualquier caso, el ánimo del autor pasa por una fase de complicaciones postparto, una subida de glucosa que se manifiesta en deseos algo obsesivos de que el libro se conozca, que se hable y se escriba de él, que acuda gente a las presentaciones, que los medios no lo ignoren, que esté a la vista en los escaparates, o al menos en las estanterías, etcétera. Y dado que tus plataformas de promoción son muy limitadas, tienes que involucrar a amigos, familiares, compañeros, vecinos, contactos de las redes sociales y otros conocidos para que te acompañen en este trance, y, con mayor o menor diplomacia, pasas el mal trago de sugerir que esperas que se gasten unos euros en tu criatura (regalarlo equivale al suicidio).
He conocido a escritores –acaso más jóvenes o más profesionalizados– que disfrutan con la campaña de promoción que sigue al alumbramiento, con la gestión de entrevistas y organización de presentaciones. A mí, lo confieso, cada vez  se me hace más cuesta arriba. Para vender y venderse hay que valer, y el ser capaz de juntar letras con mayor o menor acierto no garantiza estas otras habilidades sociales.
Otro síntoma de esta afección anímica es que en ocasiones pueden pesar más los sinsabores que las alegrías recibidas, aunque estas tengan más entidad. El humor post-parto a veces engrandece los minúsculos sinsabores, como toparse por enésima vez con el muro de opacidad informativa en el ámbito local (dependiendo de la salud de tus contactos), o comprobar que ningún periódico nacional en su sección de cultura o suplemento de libros se digna dedicarle una línea a tu libro, o agraviarse comparativamente al aplicar una sencilla regla de tres: si tu novela no es diez veces peor que la de X o la de Y (quizá ni siquiera una vez), ¿por qué la de X o la de Y tiene dos trillones de veces más de visibilidad?
No conviene, pues, despreciar los síntomas de esta afección anímica. Y además del tratamiento farmacológico (sea cual sea el equivalente del símil), requiere para su curación del cariño y atención de los allegados. Cada vez veo más claro que, cuando un autor pide que le acompañen en el bautizo de su criatura (léase presentación en el ateneo local o librería vecina), no lo hace tanto para vender (¿quién se lucra con el mísero 10% del PVP, si es que llega?); lo que necesita es el calor de su gente para superar el trance. Y, por supuesto, sospechará del amigo que se ausente sin al menos aportar una buena excusa.
Antes he hablado de que los sinsabores pueden pesar más que las alegrías. Quizá una remedio para impulsar la recuperación sea dar la vuelta a este planteamiento cenizo. Aprender a valorar el calor de personas, algunas apenas conocidas, que han recorrido kilómetros en una tarde de lluvia y frío para hacerte compañía; o la reacción entusiasta de quienes han leído la novela y te comunican con sincero convencimiento que les ha encantado. Sin duda hay mucha verdad en el editorial de Fábula 41, firmado por Eugenio Sáenz de Santamaría: “Yo escribía para que me quisieran”. Para mí, la acogida de los lectores es lo mejor, sin duda, que me ha sucedido como escritor. Algo que me animará a volver a arrostrar una nueva enfermedad cuando me arriesgue a escribir un futuro libro.
 

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