El tren siempre ha sido mi
transporte favorito. Cada vez que puedo me encanta sentarme junto a la ventana
y contemplar la sucesión de campos y cielos, edificios y colinas, árboles y
postes, de estampas cinéticas de vidas que no son la mía y que solo pasan unos
segundos por mi vista.
Además
de la contemplación, el tren siempre ha constituido un entorno propicio para la
lectura, e incluso la escritura. Muchos de mis (pocos) poemas han nacido en
vagones, acunados por el suave traqueteo. Sin embargo, recientemente no es tan
fácil gozar de esta tranquilidad idílica de antaño.
![]() |
"Mujer leyendo", de Hopper |
Hace
pocos días fui a Madrid invitado por una universidad para disertar sobre mi
viejo amigo Waugh. Regresé en el Alvia de las 18:35 y me dispuse a concentrarme
para disfrutar de tres horas y media de deliciosa lectura. La película
anunciada no suponía una tentación: ya la habían puesto el día anterior
(¿habría cerrado el cineclub?) y no merecía una segunda vista. Se trataba de la
historia de una tenista norteamericana de los 70, feminista como Dios manda,
que, irritada por cobrar menos que los hombres, acaba retando a un antiguo
campeón a disputar un antológico partido. Su contrincante, por supuesto, es un
cerdo machista. Ella, por supuesto, le derrota, pasa a la historia, deja al
santo de su marido para irse a vivir con su peluquera, y prosigue con la lucha.
Lo mejor era el título, “La batalla de los sexos”, un apto resumen de la
esencia de gran parte de la matraca contemporánea.
Pero
me estoy yendo por las ramas. Me disponía, pues, a disfrutar de tres horas y
media de deliciosa lectura, y a no dejarme distraer por los problemas
domésticos de la viajera de dos asientos atrás, por la visita de negocios que
estaba programando el del otro lado del pasillo, o por las broncas con su ex de
la joven bien vestida de delante. Pensaba que sería capaz de conseguirlo cuando
hete aquí que irrumpió en el vagón un grupito de cuatro hombres y una mujer,
con guitarras y acentos andaluces, que con gran animación y jolgorio lo transformaron
en su chiringuito.
Parece que venían a Logroño a dar un concierto flamenco, y, quizá para
que todos nos enteráramos, prescindieron de sus auriculares y nos obsequiaron
con las mejores reproducciones (en música enlatada de móvil pero a buen
volumen) de sus mejores conciertos, o los de Camarón, o Tomatito (no alcancé a
discernir). Nunca acababan de instalarse, pues tan pronto iban como venían.
Algunos salían con sus cigarros apagados a aprovechar los segundos de parada en
cada nueva estación, que solían ser insuficientes. Cantaban y escuchaban
apreciativamente antologías flamencas, todo con buen rollo y sana algarabía.
A
pesar de lo anterior, declaro que conseguí leer, si no todo lo que pretendía,
sí lo suficiente. Tampoco es que me enfadara con ellos. Su consideración hacia
el prójimo no me parece ejemplar, salvo que consideren genuinamente que lo
mejor que le puede pasar a un ser humano es apreciar el cante jondo. Pero sí
que hay algo de ellos que me inspiró algo parecido a la (sana) envidia: sus
carcajadas. No recuerdo cuándo fue la última vez que me reí una cuarta parte de
lo que cualquiera de ellos se rió en este trayecto, con todo el cuerpo. Quizá nunca lo he hecho.
¡Madre mía Carlos, que final!, si esto casi es un relato. Aunque no sé si (su)realista, cómico o trágico.
ResponderEliminar