
Tenemos ejemplos recientes. Hace
ocho años la opinión pública saludaba la llegada de Barack Obama como el hombre
que iba a salvar el mundo civilizado. Hoy, al cabo de este tiempo, hemos
comprobado que salvar el mundo no es tarea fácil, ni siquiera cerrar una cárcel
okupa y represora como la de
Guantánamo. Por contraste, del mismo punto nos llega ahora el supervillano más
reciente y letal, dispuesto a provocar una cadena de catástrofes con sus
tentáculos capitalistas, y del que se puede afirmar, como me decía un alumno,
que “no le conozco pero ya le odio”.
Sin embargo, quienes se encargan de
bautizar a los héroes y villanos no aplican la simetría política de modo
estricto. Así, mientras que en toda aparición en prensa del premier húngaro
Víctor Orgban, o del líder austriaco Norbert Hofer, o del holandés Geert
Wilders, el reportero se encarga de recordarnos que son nefandos
ultraderechistas, los políticos de extrema izquierda nunca resultan ser ultraizquierdistas (¿ha oído alguien
esta expresión en la prensa?), sino antisistema
o anticapitalistas, etiquetas
mucho más heroicas y que cualquiera de los que no estamos forrados de capital
podríamos reivindicar. Del mismo modo, el llorado Fidel Castro, dictador que empobreció
Cuba al tiempo que amasó una fortuna de 900 millones de dólares, que implantó
un sistema antidemocrático represor de las libertades y lo perpetuó en su
familia, apenas ha sido catalogado como tal en los recientes obituarios, sino
más bien como líder de la Revolución.
Pero incluso en los pequeños
detalles los medios siguen condicionando nuestra respuesta al personaje.
Fijémonos en la crisis interna de Podemos, partido anticapitalista donde los haya. Pues bien, de cara al desarrollo de
la contienda entre los dos frentes abiertos, los medios toman partido de modo
sutil desde el momento en que acuñan un adjetivo para los seguidores de un
candidato basado en el apellido de este, mientras que los partidarios del otro
se derivan de su nombre de pila, lo que sin duda aporta una mayor cercanía.
Así, en vez de “Errejonistas” y “Pablistas”, lo simétrico sería denominar a los
partidarios del secretario general “Iglesistas”. O mejor, Eclesiásticos, ¿o no?
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