Si estás leyendo estas líneas es prueba irrefutable de
que has sobrevivido a las Navidades 2016-17, lo cual, si eres padre o madre de
niños pequeños, o tienes una cuadrilla de amigos excesivamente hedonista, tiene
un mérito notable. Así que vayan por delante mis felicitaciones por volver más o
menos ilesos al tiempo ordinario.
No
se me malinterprete. Me encantan las celebraciones navideñas, y ha sido grato
celebrar el dosmilésimo vigésimo primer (según los cálculos más probables)
cumpleaños litúrgico de Jesús. Pero también es obvio que en nuestra sociedad la
vivencia de este aniversario se ha difuminado hasta justificar todo tipo de
excesos, desde los consumistas hasta los etílicos y pantagruélicos, sin olvidar
tampoco los sentimentales.
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by CVF |
De
estos últimos excesos menores querría tratar. En el entorno del 25-D todos nos
solemos enternecer y desear mucha más paz y benevolencia de lo acostumbrado, e
incluso nos acordamos de amigos y conocidos que tenemos un poco descuidados. Y,
para compensar este olvido, recurrimos a la felicitación navideña. Antaño, al
menos, nos gastábamos las pesetas en comprar un sobre y sello, y una más o
menos lujosa tarjeta a todo color, con belenes o con abetos (si no queríamos
significarnos demasiado), tras lo cual nos molestábamos en escribir unas
cuantas fórmulas clásicas a mano, y nos dábamos el paseo hasta el buzón de
correos más cercano. No es que fuera mucho como compensación, pero era algo.
Hogaño,
sin embargo, recurrimos a la tecnología para que este sentimentalismo de
temporada sea aún más fácil y descomprometido. Se empieza mandando una
impersonal circular por email, acaso acompañada de una estampa navideña que
compense las antiguas postales, y se acaba wassapeando a la lista colectiva de
direcciones un parco "Feliz Año Nuevo", o reenviando el último chiste
gráfico recibido.
Tal trivialización del parabién es acaso
coherente con la trivialización de la festividad. Y es que en algunos casos el
amigo o vecino bienintencionado que te dice “Si no te veo, feliz Navidad” en
realidad no pretende ir más allá de desearte que no te empaches mucho con la
comilona de esta noche, o que si bebes no te la pegues en la carretera.
En fin, vuelvo al comienzo. Si es verdad que
el pasado y el futuro no existen, y solo tenemos entre manos el ahora, os
deseo a quienes me leéis un feliz momento presente, que se prolongue infinitamente
a lo largo de este año. Y, si cabe, más allá.
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