El comenzar el año 1945, Evelyn Waugh se encontraba en Dubrovnik, su último destino militar durante la Segunda Guerra Mundial. Su nuevo cometido era servir de oficial de enlace entre el contingente británico que permanecía en la ciudad y las autoridades partisanas, y se encargaba de procurar alojamiento y atención de atender las reclamaciones de ambas partes. A lo largo de los dos meses que permaneció allí recibió numerosas visitas de personas desplazadas solicitando acogida, repatriación o simplemente necesidades básicas de supervivencia.
En esta época de intensa desilusión con el desarrollo de la guerra, Waugh empezó a dar vueltas a uno de los temas dominantes en su ficción de los años 50, ilustrado en su novela histórica ("up to a point") Helena y en la trilogía militar conocida como Espada de honor: la vocación insustituible de cada persona, que se concreta en el desempeño de pequeños actos de servicio a los más cercanos que sólo cada individuo puede realizar.
En este sentido es destacable una bella anotación de diario en la fiesta de la Epifanía, del 6 de enero de 1945, que cinco años más tarde reutilizaría en Helena, y que reproduzco aquí para felicitar a mis lectores en esta fiesta tan especial.

En esta época de intensa desilusión con el desarrollo de la guerra, Waugh empezó a dar vueltas a uno de los temas dominantes en su ficción de los años 50, ilustrado en su novela histórica ("up to a point") Helena y en la trilogía militar conocida como Espada de honor: la vocación insustituible de cada persona, que se concreta en el desempeño de pequeños actos de servicio a los más cercanos que sólo cada individuo puede realizar.
En este sentido es destacable una bella anotación de diario en la fiesta de la Epifanía, del 6 de enero de 1945, que cinco años más tarde reutilizaría en Helena, y que reproduzco aquí para felicitar a mis lectores en esta fiesta tan especial.
Nunca antes había considerado la especificidad de la Epifanía como la fiesta de los artistas: doce días tarde, después de san José y los ángeles y los pastores e incluso de la mula y el buey, llega la exótica caravana con sus pajes negros y plumas de avestruz, llevada allí por la erudición y la especulación; han tenido un largo viaje por el desierto, los espléndidos regalos se han estropeado en el viaje y ya no tienen el esplendor de cuando se empaquetaron en Babilonia; han cometido los errores más desastrosos –incluso preguntaron el camino a Herodes y provocaron la masacre de los Inocentes– pero al final consiguen llegar a Belén y sus regalos son aceptados, regalos proféticos que se abren camino en el lenguaje de la Iglesia en muchos lugares. Es una alegoría muy completa. (The Diaries of Evelyn Waugh, p. 606)
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