El miércoles 9 de enero participé en sendas actividades del Aula de Letras de La Universidad de Cantabria. La primera, que comenzó a las 14.00 horas, fue un taller de lectura centrado en Mientras ella sea clara. He estado antes en otros dos talleres similares en Logroño, uno de la Asociación ADEX-Rioja (16 dic 2011) y otro del Café con Libros en la Librería Santos Ochoa (28 febrero 2012). Se repite una experiencia muy gratificante: encontrar lectores inteligentes que han disfrutado con tu novela, que se han metido en los personajes y que han sacado sus propias conclusiones. Solo para hacer estos pequeños descubrimientos compensan los desvelos que conlleva escribir y publicar.
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Foto: Javier Menéndez Llamazares |
Por la tarde impartí la conferencia "Cómo ser escritor y no morir (del todo) en el intento". Quizá un título un poco ambicioso, pero tenía sus implicaciones. Hablé de las razones que nos mueven a escribir, del doloroso proceso creativo, de las decisiones que hay que tomar. Luego, en una segunda parte, abordé aspectos más prácticos, la búsqueda de editor y la promoción del libro. En este último aspecto bromeé con las aplicaciones de la teoría llamada de la "muerte del escritor", sostenida por teóricos como Roland Barthes, Jonathan Culler, Jacques Derrida y otros, que de vez en cuando hacen instancias tales como el Gobierno de Cantabria o determinados medios. En efecto, mientras que Barthes et alii mantenían que se puede entender la obra sin prestar atención al autor, que pasa a ser un elemento prácticamente superfluo del proceso, los mencionados organismos a veces ponen en práctica tales teorías, sin duda para velar por la humildad del autor, virtud fundamental para el alma.
(Mis amados lectores, amigos y voyeurs que no sepan a cuento de qué viene esto que tengan paciencia, algún día lo relataré en este foro, si me siento inspirado).
Otros medios, sin embargo, te conceden algo de espacio, lo que socava ese afán de humildad antes comentado, pero que, una vez matizado por la consideración del clásico "pulvum eris", te deja un poso de gratitud. Agradezco, pues, a Gema Ponte y a R. Alonso, de El Mundo, su cobertura del acto en toda una página.
Acabé hablando de la última fase de la escritura, el contacto con los lectores. En este aspecto destaqué lo que refiero al comienzo de esta entrada, la satisfacción de encontrar almas que se dejan tocar, siquiera ligeramente, por tu texto. Esto es, insisto, lo que compensa los trabajos y los sinsabores de quien, además de escribir, se propone que le publiquen y que el libro no caiga en el olvido. También hay, claro, quienes no te aprecian, no te entienden o te critican, incluso sin haberte leído. Pero, en fin, nunca llueve a gusto de todos, ¿no?
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