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PREVIENDO EL FUTURO: RESEÑA DE "SOLO YO ME SALVO"


ANALIZANDO EL PRESENTE, PREVIENDO EL FUTURO
Gonzalo Martínez Camino
(Universidad de Cantabria)

En el epílogo auto-exculpatorio que sigue a estas ocho trabajadas narraciones, el autor desea excusarse por la heterogeneidad de los textos y, al mismo tiempo, explicar algunas cosas de su génesis. Sin embargo, el lector puede encontrarse con elementos comunes no solo a las ocho historias, sino también a la narrativa de Villar Flor. La amenidad y el humor son un ejemplo; la gratificación de unas tramas bien construidas, que dosifican la información para intrigar al lector y que este mantenga su atención sin dificultad; los personajes están bien caracterizados, son figuras con fuerza propia con los que es fácil establecer un vínculo intelectual o emocional. En definitiva, el autor perfila en estas narraciones a un ramillete de personajes atractivos y, a veces, rotundos, cuyas actuaciones llevan al lector a viajar por historias interesantes, edificantes e inquietantes, pero trabadas sin fisuras en las que vivirán situaciones diversas, pero siempre peculiares, cuando no pintorescas, y seductoras.
            Todo esto se encuentra subordinado a la enorme capacidad del autor para la observación y disección, a veces amable, como en Mientras ella sea clara, a veces despiadada como en Calle Menor, no de lo normal, sino de los monstruos que engendra el sueño humano de normalidad, de lo que, con el sociólogo norteamericano Harold Garfinkel, podríamos denominar los métodos o prácticas para construir cauces colectivos que normalicen nuestras conductas. Villar Flor es un agudo observador de las distintas formas de irracionalidad y mezquindad que se esconden en los métodos a través de los cuales sus personajes se esfuerzan en ser «tribu» y sus narraciones buscan darle la vuelta como si fueran un calcetín.
            La novella que da título al libro comienza cuando el nonagenario monje Malaquías Winkle se despierta en una casa que no conoce ante el espectáculo de la «bestia con cuatro piernas enredadas». Las cuatro piernas son las de una pareja de personajes que le acogen en su casa mientras el estado decide qué va a hacer con esta persona a la que no se le ha aplicado la preceptiva eutanasia al cumplir los setenta y un años, edad a la que un Comité Nacional de Bioética “formado por científic@s, premios planeta y lo mejorcito del mundo del espectáculo” ha decido que las personas dejan de aportar a la sociedad para convertirse en cargas. La narración abarca el lapso que es necesario para que el gobierno de la III República Española decida cómo afrontar esta situación. Durante el mismo, el autor aprovecha la relación entre el protagonista y sus «anfitriones» para pasar revista a distintos aspectos de esa futura sociedad española y sus instituciones: su sistema educativo, su sistema de justicia, su tecnología, sus religiones, sus cosmovisión, etc. El lector podrá, en consecuencia, disfrutar de una distopía o utopía negativa. La base de la misma es la proyección que Villar Flor hace de ciertos rasgos negativos de  nuestro presente hacía un futuro posible.
            En este sentido, Solo yo me salvo emparenta con algunas obras maestras del siglo XX: 1984, Un mundo feliz, Fahrenheit 451, etc., pero haciendo una aportación que no es pequeña, su humor satírico; este la diferencia de todas estas obras y la enraíza en la visión desengañada del mundo tan propia, desde el Lazarillo, de la tradición cultural española. Esta imagen inicial de “cuatro piernas enredadas en una cama y nadie sabe de quién es cual”, que Villar Flor toma de C.S. Lewis, puede ayudarnos a comprender en qué consiste la naturaleza de su sátira: buscar el revés de lo cotidiano, buscar los monstruos que se esconden tras los esfuerzos humanos por construir lo ordinario. El monje Malaquías es el «instrumento» retórico que utiliza para poder observar, desde la distancia del forastero, los modos de hacer de una cultura occidental y cristiana que antes era la suya, pero que ha evolucionado hasta hacerse irreconocible. En este sentido, la incomprensión y el anonadamiento que producen en él la visión de esta escena inicial es sintomática de la perplejidad con la que se va a enfrentar a este nuevo mundo.
            Lo que para los miembros de esa cultura es perfectamente lógico, no deja de estar plagado de contradicciones y absurdos, las de una sociedad que es tan tolerante que no puede tolerar nada que no responda a su propia ideología, pues resultaría aceptar una rebaja en los estándares éticos, excepto, por mor del multiculturalismo tolerante, la propia intolerancia de un islamismo radical y militante. Ahí es donde el autor inca su «bisturí» satírico y nos permite a nosotros, los lectores, reírnos con cosas que, en el fondo, serían capaces de hacernos llorar. No obstante, no debemos engañarnos, esta obra no pretende ser un efímero «escarnio» de un efímero obnubilamiento ideológico en el que la sociedad española habría caído momentáneamente durante unos años. La conversión del sistema judicial en un espectáculo mediático, la permisividad de comportamientos tiránicos en niños y adolescentes por el miedo a que los adultos se comporten de forma tiránica con ellos, el planteamiento de la eutanasia como solución a los desafíos demográficos son problemas que van más allá del propio zapaterismo, o dicho de otra manera, el zapaterismo no deja de ser una plasmación epifenoménica de lo que Daniel Bell llamó las contradicciones culturales del capitalismo, propias de una sociedad del espectáculo (Debord) que se adentra en la era del vacío (Lypovetsky). En este sentido, creemos que la sátira de Villar Flor cumple el papel de desvelarnos este inconsciente político que anida tras el «marketing electoral» de las ocurrencias zapateriles.
      El etnolingüista británico Philip Riley comenta que la globalización produce el curioso efecto de que en muchos lugares la «extranjería» sea la forma de identidad predominante y que lo extraño sea lo «local», lo arraigado. El inconsciente político que, a mi juicio, permite la peripecia narrativa de “Menores acompañados”, “El convite de Brian”, y yo añadiría el “No estamos en Irak (nadie se salva)”, es el de la anomia (post)moderna: la ausencia de normas culturales que permita al sujeto la percepción de una matriz social en la que reconocer una identidad colectiva y construir una identidad individual. A mi juicio, es la incapacidad de una cultura para ofrecer una explicación o sentido transcendentes de la existencia la que conduce a esta situación de anomia. La trama de “Noche zamorana” se estructura sobre la base de esta necesidad existencial que nuestra cultura es incapaz de satisfacer. De la anomia y de la «intranscendencia» propias de nuestra cultura, brota la incomunicación y la perplejidad que son el humus del que brota la narración de “La ballena de Jonás”.
    Creo que estos rasgos de nuestra cultura son las claves que nos permiten comprender el ejercicio satírico que Villar Flor lleva a cabo en la distopía Solo yo me salvo: anomia, desestructuración cultural, desorientación moral y ética e incomunicación. ¿Dónde está la salvación? En la colección hay lugar para el optimismo. Nos la ofrecen los relatos sobre la sorprendente conducta de Bonifacio. Cuanto más sorprendente nos resulte más cerca estaremos del mundo que tan extraño le resulta a Malaquías Winkle.


En Fábula, 32, pp. 82-84.

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