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11-M 2004: CLARA BUSCA A PELAYO

11-M 2004: CLARA BUSCA A PELAYO  EN IFEMA

            Cuando llegué al recinto ferial, después de muchas preguntas y muchos desvíos, podría decir que me dolía el alma físicamente, como si la tuviera en carne viva. Y el ambiente que vi no aliviaba nada el dolor, os lo aseguro. Cientos de familiares de víctimas de todos los colores se congregaban allí con caras de muerte, gritando, gimiendo, dejándose llevar por los nervios y el pánico. Ni siquiera los enfermeros, voluntarios de amarillo, psicólogos con bata y policías que atendían a la gente podían escapar de la desesperación. Presencié varios ataques de ansiedad, tanto entre los familiares como entre los asistentes. A mí me atendió una señora de cuarentaitantos con unas ojeras profundísimas, y me acompañó a consultar las listas de heridos. Cabría esa esperanza, que hubieran llevado a Pelayo al hospital con alguna herida leve. Me preguntó el segundo apellido otra vez. Volví a morirme de vergüenza, y le contesté “Fernández” a boleo.
            —Poncela Fernández... Veamos... No, no hay ninguno con ese nombre.
            —Mire a ver Poncela a secas. Es que se ha cambiado de segundo apellido hace poco... Por problemas con su madre, ¿sabe?
            —Ya, entiendo... A ver... Sí, en mis listas de desaparecidos hay un Poncela. ¿Puede ser?
            —Sí... Esto, no sé.
            —No —corrigió al cabo de un rato—, no es él, es nombre de mujer. —Se quedó pensativa unos instantes, y luego añadió muy seria—: Porque... no se habrá cambiado de sexo, ¿no?
            La miré fijamente y comprobé que no había sarcasmo en su rostro. La tragedia impregnaba todo de tal manera que su pregunta provenía del genuino esfuerzo por no descartar ninguna posibilidad. El sentido de desastre convertía lo improbable en ordinario.
            —No, no. No es él, sin duda.
            —Lo siento mucho —contestó. Y al cabo se dio cuenta de la metedura de pata—. Quiero decir..., lo siento, no me he expresado bien. Estoy tan cansada. Llevo aquí desde la mañana... Perdóname, por favor. Lo que quería decir es... ya me entiendes... mejor en el hospital que... en la morgue, ¿entiendes? No, perdona, no es eso tampoco lo que quería decir, es... —Y rompió a llorar en ese momento. Tuve que ser yo quien la consolara acariciándole sus antebrazos:
            —Te he entendido perfectamente, de verdad. No te preocupes.
            —No, no es eso lo que quería decir, te lo juro —y volvió a estallar en lágrimas. Yo no sabía qué hacer. Al cabo de unos minutos se dio media vuelta y desapareció, y en su lugar acudió un tipo bajito y colorado.
            —Perdona a mi compañera. Lleva aquí todo el día. ¿Ya has comprobado las listas? Vale, pues ahora te voy a tomar los datos de identificación y cualquier otras señales que pienses que nos pueden ayudar, anillos, tatuajes, medallas, cicatrices, lo que sea...
            Así lo hice, y me condujo a una sala de espera preparada encima del pabellón 9. Estábamos unas doce personas, todas con rostros de completa desolación. Pasaban los minutos como siglos. Nos mirábamos todos cíclicamente, antes de volver a bajar la vista al suelo, que parecía nuestra posición natural.
            Tiempo después apareció un enfermero del Samur con un megáfono.
            —Familia de …—y anunció un nombre que no recuerdo.
            Se levantaron al unísono tres personas, posiblemente padres y novia o hermana, como accionadas por resorte automático. Todos les miramos. Una señora gorda con rasgos mestizos musitó a sus acompañantes: “Qué suerte”, tan alto que todos lo oímos. Pero mientras los familiares salían de la sala, la madre soltó un alarido tan desgarrador que nos congeló la sangre.
            —De suerte nada —exclamó un acompañante de la mestiza—. El del megáfono anuncia difuntos.
            Tras este episodio nadie habló, quizá durante una hora. Llegaron más familiares a la sala.
            —Pues yo prefiero que me lo digan de una vez —gritó una chica—. Lo que no puedo aguantar es esta puta espera. —Y corrió al primer policía que vio y le increpó salvajemente—. Decirnos la verdad ¡Decirnos la verdad, joder! ¡Está muerto! ¿A que sí? ¡Estááá muertoooo!
            Yo tampoco podría aguantar mucho más en estas circunstancias. Salí de la sala en tres ocasiones con el firme propósito de marcharme, y otras tantas volví a entrar y a sentarme. Recordaba el día en que conocí a Pelayo en la playa, la sensación de violines que experimenté en el pecho. Me venía a la memoria su sonrisa, sus chistes malos, sus batallitas interminables, sus locuras en la cama. Me acordé del Pelayo taciturno del día anterior, acaso porque sintiera una premonición de su propia muerte. Yo creo en esas cosas, en esos avisos sobrenaturales e inexplicables que nos llegan de no se sabe dónde. No me apetecía hablar con nadie, ni podía leer, ni existía modo alguno de sobrellevar la amargura de la espera. Lo único disponible era la tortura de la incertidumbre y el dolor tragado segundo a segundo.

            —Familiares de Pelayo Poncela —gritó el hombre del megáfono al cabo de quién sabe cuánto tiempo.
            —Sí, yo.
            —¿Usted sola?
            —Sí. —Hasta ese momento no me había acordado de sus padres. Ellos vivían en Madrid, pero no tenían muy buenas relaciones con su hijo. Tampoco es que se llevaran mal, pero me da que pasaban mucho unos del otro y el otro de los unos. Se veían de pascuas a ramos y llevaban vidas independientes. Quizá ni se hubieran enterado de su desaparición.
            —Sígame, por favor.
            El sanitario me condujo al fatídico pabellón 6 sin hablar. Supuse que las horas que llevaba allí le habían erosionado todas las frases amables de alivio. Por el camino presencié más gritos, más llanto, más ataques de nervios. Yo aún no lloraba, pero notaba tantas corrientes de desajuste en mi cuerpo que en cualquier momento explotaría. Una vez dentro del pabellón, el olor que me llegó resultaba tan insoportable que me tuve que tapar la nariz. Distinguí un grupo de ataúdes vacíos en la esquina izquierda, y a mi derecha otros tantos con cuerpos dentro. Al frente unos cien cadáveres en bolsas se alineaban formando un despliegue macabro. Me condujeron a una sala de reconocimiento, donde yacía un cuerpo envuelto en una bolsa. Me temblaron las piernas. Tuve que apoyarme en el hombro del sanitario, quien no se opuso. Pelayo estaba allí, lo sabía, lo sentía. Por fin abrió la boca:
            —¿Está preparada, señorita? Le advierto que podría haber fallos en la identificación, por lo que su testimonio puede ser decisivo.
            Tragué saliva. La náusea se agudizó. Al cabo le hice un gesto de asentimiento con la cabeza y el sanitario desabrochó la cremallera de golpe. Al principio cerré los ojos. Luego los abrí poco a poco e intenté concentrarme en el cadáver de un joven delgado, de un metro setenta y poco, de treinta y pico años, moreno y...
            —Pero... —exclamé—. Si este hombre... este hombre ¡es mestizo!
            —En fin, en los datos que nos dio no lo excluía. ¿Es o no es su difunto?
            —No, por supuesto que no —grité no sin cierto alivio culpable.
            —De acuerdo —contestó neutralmente. Y, tras cerrar la cremallera con la misma contundencia, dio instrucciones a un compañero—. Disculpe el error, señorita. Tendrá que regresar a la sala y seguir esperando a que la llamen de nuevo.

            Pero no, no podía volver a la sala y soportar una nueva espera. Tantas emociones me habían consumido. No me quedaba ni fuerza para llorar. Con las energías que me restaban conseguí dar con un taxi, que me llevó a la calle Bravo Murillo.

            Eran más de las tres de la mañana cuando abrí la puerta con mi llave. Un reflejo me llamó la atención. No recordaba haber dejado encendida la luz de la cocina. Me acerqué allí y casi me da un infarto sobre la propia. Sentado con los pies en alto, degustando golosamente un yogur de fresa, contemplé la figura de Pelayo. No parecía un fantasma. Me vio y se sonrió con su dentadura perfecta:
            —Vaya horas, Morretes. Me tenías preocupado. ¿Dónde te has metido?


            (...)

            Retomo donde lo dejé la otra vez, al llegar a casa de Pelayo. Al principio me propuse cabrearme infernalmente con él y no perdonarle ni una de mis muchísimas angustias y mis futuras canas, que seguro que ya se habían activado como bombas de relojería a medio plazo. Pero lo había pasado tan mal imaginándole muerto, y ahí estaba, el Pelayo de siempre, con su sonrisa superferolítica y una conciencia suave como el culito de un bebé, mirándome con inocencia y como justificando no haber dado señales de vida por su hábito de vivir a su bola.
            —Perdona, Morretes. Ni se me pasó por la cabeza pensar que me darías por muerto en Atocha. ¿Qué coño pintaba yo allí? Está totalmente fuera de mi itinerario habitual. Es que tienes cada cosa, Clara. Eres superoriginal.
            ¿Lo veis? Encima era culpa mía y de mis paranoias. Pero me lo decía con esa carita de no romper un plato, con una inconsciencia tan supina que al final me derrumbé y me eché en sus brazos a llorar a moco tendido.
            —Bueeno, bueeno, Morre... Que no es pa tanto, mujer. Que es que no me sé tu móvil de memoria, y el mío se quedó sin batería.
            —Pelayo... No quiero perderte... ¿me oyes? ¡No quiero!
            —Vale, Clarita, tranquila. Se me agotó la batería porque me he pasado todo el día hablando, de aquí para allá. Se prepara una movida gorda, ya verás. No hay derecho a lo que han hecho... Se van a acordar...
            —¿Quiénes son, etarras?
            —No, no son etarras, son magrebís. Como protesta por meternos en una guerra donde nadie nos ha llamado. No hay derecho a que esos canallas del gobierno nos hayan embarcado en esta guerra. Pero se van a enterar, ya verás. Se prepara una movida gorda.



Mientras ella sea clara, 2011, Valnera Ediciones, pp. 269-276