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domingo, 19 de marzo de 2017

Tú decides



Otro poema sacado de Nada personal, inspirado en un eslogan que se oye demasiado.



TÚ DECIDES



Esta frase te convierte

en singular consumidor:

plazos fijos, hipotecas,

vacaciones en Roquetas,

nuevos planes de pensiones,

trescientos canales extra,

muebles comprados a plazos,

complementos de dietética,

seguros y reaseguros,

bebedizos sin glucosa,

depilación permanente,

elecciones, reelecciones,

incluso es un buen eslogan

para desarmar las vidas

que ya laten (¿hay mayor capitalismo?)…



Pero tú y yo bien sabemos

que la opción es limitada:

o morirte antes de tiempo,

o envejecer con premura.

            Tú decides.

Imagen: Sam Flick

domingo, 12 de marzo de 2017

Editores que no promueven



EDITORES QUE NO PROMUEVEN

Dos innovaciones han revolucionado el panorama editorial actual. Una es el libro electrónico, que las grandes editoriales han puesto a su favor adaptándose al formato digital y, aun más, sacando unas ganancias desproporcionadas por cada libro sin papel, sin transporte ni almacenaje y sin librero.
          La segunda es la proliferación de portales de autoedición, que permiten a cualquier juntador de palabras subir sus creaciones a una plataforma y comercializarlas on-line o en edición impresa a la carta. Si antaño el autor autoeditado debía al menos arriesgar cierto capital, ahora ni siquiera es necesario: este proceso editorial solo da ganancias, pues no se imprime ningún ejemplar que no esté previamente pagado.
          Tal democratización de la creación literaria –que he comentado más oblicuamente en el pasado (Ver “Cuatro libros y un funeral”)– no ofrece excesivas garantías de calidad. Al menos el editor tradicional –no hablo del impresor disfrazado de editor– suponía un filtro que, según el prestigio de la editorial, garantizaba que lo que se publicaba no solo le parecía genial al propio autor y a su amante madre.
          Pero hoy en día, en un panorama editorial saturado de decenas de miles de nuevos títulos anuales, no basta con que el editor garantice un mínimo de calidad. Tampoco basta con que edite unos libros gratos a la vista o al tacto. Los portales de autoedición lo pueden hacer igual de bien. El editor, aunque sea pequeño-mediano, tiene que seguir siendo un elemento clave en la promoción de sus títulos, y ser capaz de abrirles un hueco en las estanterías, en las librerías, en los medios y en la sociedad.
          Igual que una persona que ha hecho un cursillo de primeros auxilios y ha leído un par de libros de anatomía no puede establecerse como médico, del mismo modo el mero hecho de ser un ávido lector o de emocionarse con el olor del papel no capacita para meterse a editor. Hace falta tener conocimientos del mercado editorial y de los mecanismos de promoción, además de disponer de tiempo y recursos para trazar estrategias imaginativas y llevarlas a cabo.
          A veces te encuentras con editoriales medianas de ámbito provincial que se contentan con organizar una o dos presentaciones (en las que el autor debe comprometer a amigos y conocidos para llenar el salón), y con vender un número de ejemplares en convocatorias de adquisición promovidas por comunidades autónomas y ayuntamientos. Las entidades convocantes tranquilizan su conciencia institucional adquiriendo miles de libros, que pasan a cubrirse de polvo en los sótanos funcionariales, pensando que así están “fomentando la literatura de aquí”. Pero puede que en la mayoría de los casos estén en realidad atrofiándola, pues malcrían al editor local garantizándole la rentabilidad de una tirada sin que este tenga ya que esmerarse en su promoción por circuitos más interesantes. Y así, con la presentación en el ateneo local y con la venta a la Diputación, el editor se saca su 90% del P.V.P. (o el 100 % si es de los que no liquidan), lo que le permite no solo ir tirando, sino seguir posando como quijote de las letras autóctonas y recibir el incienso de los botafumeiros locales.

En fin, concluyo con esta estampa mi tríptico sobre los editores. No es tanto una diatriba amarga como un deseo esperanzado de que, como autor, pueda descubrir verdaderos profesionales del sector, y no aprendices o embaucadores. Espero que, a pesar de todo, los buenos me sigan queriendo en el futuro. Y si alguno piensa que tengo algo de razón y toma alguna medida, algo se habrá ganado…

domingo, 5 de marzo de 2017

Esperando al autobús



ESPERANDO AL AUTOBÚS

Es rojo-anaranjado y lleva mensajes, pero no es ese del que se viene hablando esta semana. De hecho, es el bus municipal que para en la Gran Vía. Sucedió anteayer que, mientras esperaba, me hice amigo de (quien llamaremos) Nico. Mi nuevo amigo es dicharachero de una forma un tanto escandalosa pero entrañable. La conversación empezó porque le vi abrazando un par de libros, y apenas necesitó mi empujoncito para contarme sus avatares de lector empedernido. Le quedaban ocho minutos del libro que está acabando, y en el descanso del centro de día pensaba empezar el segundo, que resultó ser Seda, de Alexandro Baricco.
          Por si no lo habían sospechado, Nico tiene discapacidad intelectual. A los que son como él antaño se les denominaba de formas más groseras. Ahora, aunque estén en la primera línea de los abortables, el apelativo es más delicado. Pero Nico no solo es un milagro de hombre-chico por haber sobrevivido; también lo es por su extraordinaria simpatía y por su afición a la lectura.
          Acabamos hablando de Harry Potter, que como padre de preadolescentes me empieza a caer cerca. Resulta que también es un gran lector de las novelas del mago inglés. Ahora va por la tercera, El prisionero de Azkaban. También ha visto las películas, me dice, no entiendo si todas o algunas.
          –Así que también eres fan de Harry Potter, ¿eh? –le digo, condescendiente.
          Nico se me queda mirando con una chispa de inocente picardía. Duda un par de segundos antes de contestar, como regodeándose en la respuesta.
          –No. No soy fan de Harry Potter. Soy fan de Hermione. Fan de Herminone. Mira que es guapa…
          No puedo evitar una sonrisa, al tiempo que mi mente representa a la joven a la que hemos visto crecer hasta transformarse en una bella actriz de talento. Pero Nico igual no está pensando en Emma, sino en la Hermione original. Quizá su enamoramiento viene directamente del personaje textual, un fenómeno que para mí siempre ha representado un grado eminente del prodigio de lo literario, por el cual el lector hace vivir a los personajes en su imaginación y se relaciona con ellos. Y la imaginación de Nico sin duda será compleja y llena de misterios.
          –A ver –prosigue, viendo que ya vamos teniendo confianza.– A los hombres nos gustan las mujeres. Y, a las mujeres, los hombres. ¿O no es verdad?
          Esta salida me coge por sorpresa. Instintivamente miro a mi alrededor para comprobar si alguna de las madrugadoras que nos rodea bajo la marquesina nos está oyendo. Me entra algo de miedo, también instintivo. Me dan ganas de decirle que tenga cuidado con lo que dice, no le vayan a acusar de incitación al odio o algo parecido. Pero solo me sale, en un débil hilillo:
          –Bueno, no siempre…
          Luego me quedo callado. Prudentemente.
          Al final llega su autobús, rojo-anaranjado y con anuncios, pero no ese del que se habla.
          –Mañana seguimos hablando –me grita. Y se sube al vehículo trotando, feliz, despreocupado.

domingo, 19 de febrero de 2017

Editores que no liquidan



EDITORES QUE NO LIQUIDAN

No todos los lectores son conscientes de que el señor o señora que posa en la solapa de su libro con ademán interesante, que ha llevado el relato o el poemario en sus entrañas hasta que ha sido capaz de plasmarlo por escrito, y que después ha luchado para que esa edición viera la luz, recibirá, en el mejor de los casos, un diez por ciento de la venta. El noventa restante se distribuye entre editor, distribuidor y librería según los porcentajes acordados, salvo en casos como las ferias de libros, las presentaciones o la venta a instituciones, en los que el editor puede prescindir de los otros dos intermediarios.
          Pues bien, aunque el porcentaje de ganancia del escritor parece ínfimo, como diría el capitán de mi mili con su característico ceceo: “Por mala que cea, cualquier cituación ez zuceptible de empeorar”. Sí, existen editores que le escatiman ese mínimo al autor. No sé si son muchos o pocos comparativamente dentro del panorama general, pero los que hay resultan demasiados.
          La relación entre autor y editor es bastante peculiar: así como el segundo arriesga su inversión confiando en el éxito del primero, el autor al final tiene que fiarse de su editor de cara a los resultados. Por ejemplo, el autor nunca sabe con certeza si la tirada de su libro es de dos mil ejemplares, como figura en su contrato, o de doscientos, pues nunca llegará a verlos. Se tiene que fiar. Tampoco sabe con certeza el número de ejemplares vendidos, pues de nuevo los resultados se los aporta su editor, que es juez y parte en el proceso.
          Hasta aquí no veo grandes inconvenientes. La fe (llámese confianza) está en la base de toda relación humana. Pero si encima el editor escatima al pobre autor el magro porcentaje que le corresponde, calculado según su propia estimación unilateral de ventas, entonces el desprecio resulta colosal. Y, aunque medie un contrato que regule la obligatoriedad de la liquidación anual, este tipo de editor tramposo sabe que tiene la sartén por el mango. No suele hacer esto con autores populares, pues además de sacarle el vientre de mal año, suelen contar con agentes que velan por el cobro puntual de los derechos (su diez por ciento del diez por ciento depende de esto). Pero los autores de pequeña y mediana popularidad son mucho más vulnerables, por sus mucho más discretas cotas de venta.
          Pongamos un ejemplo numérico. Un escritor consigue que se vendan mil ejemplares de una novela que se comercializa a 20 €, por lo que le corresponden 2.000 €. No es como para vivir de ello, es cierto, pero tampoco es un logro despreciable, y nadie duda de que se lo ha ganado. Pues bien, un editor pícaro sabe que, si se lo reclama judicialmente, el interesado va a tener que costear abogado, procurador, tasas, y, en su caso, desplazarse a la ciudad donde se litigue, que no suele ser la de residencia. En principio, no parece un negocio prometedor. Pero si, a pesar de todo, el autor prosigue con su empeño y llega a juicio, le resultará casi imposible aportar ante el tribunal otros datos de venta diferentes de los que aporte el editor, y una sentencia desfavorable está casi garantizada.
          En lo que respecta a mi propia experiencia, sin duda la editorial más fiable con la que he trabajado es Ediciones Cátedra, que anualmente envía el detalle de ventas y la propuesta de liquidación. Por el lado contrario destaca Sial Ediciones (ahora Sial Pigmalión) dirigida por Basilio Rodríguez Cañada, que, en los trece años transcurridos desde que publiqué mi novela primeriza Calle Menor, nunca me ha enviado una sola liquidación, a pesar de haber agotado la tirada.
Estas cosas deberían saberse. Igual que hay registros de empresas morosas publicados por diversas entidades públicas y privadas, convendría que las guías, páginas web o portales que asesoran a escritores elaboraran una lista similar de editores que no liquidan. Al menos el autor que publicara con ellos quedaría advertido de antemano.

domingo, 12 de febrero de 2017

Editores que no contestan


Inicio hoy un breve tríptico dedicado a los editores literarios, esas personas imprescindibles para que perviva el amor por el libro y la lectura. Le seguirán "Editores que no liquidan" y "Editores que no promueven"
    
EDITORES QUE NO CONTESTAN

Estimado/a amigo/a:

Le agradecemos el envío del manuscrito de su novela XXX, que en su momento remitimos al departamento de lectura para su consideración. Una vez recibidos los informes pertinentes, lamentamos comunicarle que su obra no tiene cabida en nuestra línea editorial, por lo que nos resulta imposible asumir su publicación en un futuro cercano.

A pesar de lo dicho, queremos manifestar que su texto presenta virtudes innegables, y esperamos que encuentre acogida en otra editorial de su agrado.

Sin otro particular, reciba un atento saludo,



¿Cuánto se puede tardar en copiar y pegar este texto estándar en la contestación al mensaje inicial del incauto autor recibido por la editorial? ¿Dos o tres segundos? Ni siquiera es estrictamente necesario copiar el nombre del interlocutor o el título de la novela en ciernes. Pongamos otro segundo para presionar la tecla de envío, y uno más para descansar del esfuerzo. Sumatorio de lo que costaría a un editor comportarse con cortesía hacia un aspirante a autor de su benemérita editorial: cinco segundos.
Pero, ¿es habitual que el benemérito editor, el mecenas de la literatura con mayúsculas, el descubridor de talentos ocultos, el idealista buscador de tesoros, el quijote de la edición española (u otros epítetos con que le defina su redactor cultural favorito) dedique esos cinco segundos a mostrar cortesía? En la actualidad, la respuesta es, casi siempre, NO.
A pesar de que los nuevos procedimientos de envío telemático han aligerado notablemente el engorro de llenar las oficinas editoriales con palimpsestos indeseados, lo cierto es que antes, en la época de las cartas y paquetes, los editores contestaban. Ahora, los que dedican esos cinco segundos a hacerlo se cuentan con los dedos de un muñón.
El ejemplo arriba transcrito puede implicar una cierta mentirijilla piadosa, y, por supuesto caben otras variantes más crudas que dejen claro que “ni nos interesa ni se nos pasa por la cabeza perder el tiempo en leer su estúpido manuscrito, pedazo de mamón”. Pero, sea en la modalidad diplomática o la descarnada, el autor al menos se merece una respuesta. Sobre todo si es neófito nos lo podemos imaginar volcando ilusión a raudales en su ópera prima, que le ha robado miles de horas de sueño, trabajo, diversión, etcétera, y a continuación poniendo su esperanza y su futuro en manos de un editor que le merece confianza, a quien, si actúa con honestidad, le está ofreciendo en exclusiva su obra durante unos meses.
Pero el editor no tiene tiempo, tiene otras ocupaciones más absorbentes o mejor remuneradas, y el aspirante para él es tan solo una molesta mancha en su carpeta de entrada. Sí que tendrá ese segundo para borrarle, pero no los otros tres o cuatro para cortar o pegar un mensaje de cortés negativa.

Y así, el aspirante seguirá aspirando indefinidamente, hasta que al cabo de medio año empiece a entender que la omisión es la respuesta. O quizá sea tan pardillo que conceda una prórroga contra toda esperanza, para apurar sus posibilidades de publicar en esa editorial que tanto admira antes de plantearse apuntar más abajo. Y ya, pasados nueve meses y consumado el aborto por omisión, nuestro aspirante se dirigirá a otra editorial de las que no cuelgan el “No se admiten originales no solicitados” (con estas ni se atreve a plantearlo), y volverá a teclear con acaso menos ilusión, casi un año más viejo, que la vez anterior: “Estimado Sr. o Sra: Quisiera ofrecerle mi manuscrito titulado…”
En fin, si después de leer estas líneas algún editor-que-no-contesta quiere aprovechar el texto de inicio para convertirse en editor-que-sí-contesta, se lo cedo gratuitamente. Lo puede copiar y pegar en tres segundos, y no hace falta ni que me cite.