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domingo, 19 de noviembre de 2017

Presentación de Fábula 41

La llegada del frío otoñal viene, desde hace muchos años, acompañada de un nuevo número otoñal de la revista literaria Fábula. Y esta vez no va a ser menos. Dentro de unos días presentaremos el número 41, que trae suculentos textos inéditos de autores también bastante inéditos. Esta esa la portada, ilustrada esta vez por José María Fernández Lozano.


La acostumbrada presentación en Logroño ha tenido esta vez un pequeño contratiempo. Estaba programada desde hace meses para el lunes 20 de noviembre. El proceso de maquetación y de impresión se ajustó meticulosamente para cumplir con la fecha. Pero, por desgracia, nuestro padrino, el popular poeta gallego Defreds, se lo ha pensado mejor y, al contactar con él para confirmar su presencia, nos ha comunicado que no vendrá. Por tanto, sirva esta nota para avisar a los que pensaban asistir al Centro Cultural Ibercaja (c/ Portales, 48, Logroño) mañana lunes, 20.

Con tan poco margen hemos replanteado el acto de presentación, que ahora tendrá lugar en el mismo lugar pero otro día, el 5 de diciembre, a las 20.00. El poeta castellano Teodoro Rubio nos apadrinará mediante la lectura comentada de poemas propios y ajenos. Quiero agradecer aquí a Teodoro su magnánima disponibilidad para hacernos un hueco con tan poca antelación. Sin duda que será un aliciente más para asistir a la presentación. La fecha, víspera del día de la Constitución, no es la mejor, ni mucho menos. Pero, si no ta has ido de puente, te esperamos.


domingo, 12 de noviembre de 2017

Descubre por qué te mato: presentaciones

Un año después de la concesión del XX Premio de Novela Corta "José María de Pereda sale por fin la novela a la calle. El título definitivo es Descubre por qué te mato. He aquí, en primicia, la portada.


De momento haremos presentaciones en Logroño y Santander. A comienzos de 2018, D.M., en otros puntos de España. He reservado las fechas in extremis, pues la segunda mitad de diciembre ya es pésima para estas actividades.

Si podéis acercaros a las presentaciones en alguna de las dos ciudades mencionadas, estaré encantado de que me acompañéis. Tomad nota y hacedme un hueco entre vuestras cenas de empresa y demás compromisos prenavideños. Prometo no enrollarme mucho. No hace falta ni que compréis el libro. Solo que me acompañéis con vuestra presencia.


LOGROÑO: Librería Santos Ochoa, c/ Calvo Sotelo, 19. JUEVES 14 de DICIEMBRE, 19:30 horas.

SANTANDER: Librería Estvdio, c/ Burgos, 5. VIERNES 15 de DICIEMBRE,   19:30 horas.

Os espero.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Dos poemas de muerte



En algunos contextos esto puede significar que son poemas increíblemente buenos. No creo que sea así, pero se me ocurre reproducirlos hoy para dar la bienvenida a noviembre. Aunque sea el mes que menos quiero del año, no solo se saluda a los amigos, ¿no? Y además, su llamada inequívoca, desde múltiples rincones, a recordar que algún día seremos esa hoja ambarina del suelo, supone un revulsivo fecundo para hacer poesía (entre otras cosas).

En fin, de nuevo tomo mis poemas, dedicados a mis padres, de Nada personal, para así seguir compensando con atención postrera a esa criatura libresca que nació en noviembre rodeada de mucho, mucho silencio.


INCIERTA AMIGA

Mi madre no se fía de la muerte;
eso me hizo entender. Y yo, anegado
en mundos de papel, no lo sabía
o no lo quise ver.       Pero es tan obvio
cuando piensas en ello y ves que el ciclo
de realizar la compra en el mercado,
limpiar el polvo en clave impresionista,
los lunes con sus clases de acuarela,
o noches de hacer zaping distraído,
no puede ser eterno.
La muerte acecha, y no es que sea fea
por ser muerte, sino porque es extraña
porque se salta todas las presentaciones
precisas entre seres educados,
y porque siempre quiere jugar sola
pues sabe que sus chistes no hacen gracia.
O acaso es que se vea acomplejada
por ser la eterna intrusa incomprendida
que solo busca el bien de sus amigos
y allegados.                Bien pensado,
no es justo que hoy angustie a un ser tan puro
que no merece sino el alba eterna.

Mi madre no se fía de la muerte
a pesar de que cada noviembre de agua y hielo
cotejan listas de amigos comunes.




DISCRECIÓN

Para escándalo de artistas y poetas,
de políticos con cuota, de aprendices
de arribista, de putón de gran hermano,
para escarnio, por qué no, de delincuentes
que acaparan las noticias de sucesos,
de cualquier bípedo implume que habitara
la otra orilla de tu tele,
de todos, pues, aquellos que requieren
ese otro yo que posa en letra impresa
para considerarse al fin personas:
la única aparición en titulares,
de tu bendito nombre, fue tu esquela.

domingo, 29 de octubre de 2017

Rafael Reig et alii



Esta semana que termina he asistido a un par de encuentros relacionados con lo literario. Para ambos recibí invitaciones personalizadas, e incluso recordatorios. Es decir, de algún modo me sentí obligado a comparecer. Luego he comprobado que la personalización era más de índole organizativa que afectiva; pero, en fin, siempre estamos dispuestos a dejarnos querer, ¿no?
            El primero se trataba del III premio de novela Bodegas Solar de Samaniego, celebrado el jueves en la sede de estas sita en Laguardia (Álava). Se concede a un libro ya editado que, a juicio del jurado, una asociación nacional de libreros, ha madurado unos meses en barrica y merece volverse a catar. En esta ocasión recayó sobre Señales de humo (Manual de literatura para caníbales I), de Rafael Reig.
            Al acto comenzó puntual a las 20.30, en el impresionante Espacio Medio Millón decorado con murales de Guido van Helten. Hablaron los representantes de la bodega, el presidente de Librerías Independientes, el editor de Tusquets y finalmente Rafael Reig, a quien conozco desde la inolvidable velada en la que vino a presentar Fábula en 2012 (VER) Comenzó afirmando que era el hombre más feliz que había en la sala, y siguió improvisando unas palabras de agradecimiento con su habitual humor y campechanía, para concluir que dos de los mayores logros de la Humanidad son la botella y el libro. Con esta convicción, finalizado el protocolo los invitados fuimos conducidos a una sala contigua donde degustamos una excelente cena-cóctel de alta cocina.
            Me llamó la atención la extremada elegancia de los asistentes al acto, casi más propia de una boda. El atuendo de alguna dama podría incluso encajar en la ceremonia de los óscares hollywoodienses. Pero lo que más me llamó la atención fue la ausencia de personas del ámbito cultural o literario riojano. O, al menos, que yo conociera, pero creo que conozco a muchas. Yo acudí solo al acto, confiando en que saludaría a decenas de viejos conocidos, pero al principio, viendo la concurrencia, llegué a temer que me pasaría toda la velada meditando tímida y solipsistamente ante mi copa de reserva. Por fortuna, el destino me reservaba la irrupción providencial de Evelyn y Rakel, con las que pasé un rato muy agradable charlando y luego echando unas buenas risas al lado de Rafael Reig.
            Al terminar nos despidieron con el obsequio de un ejemplar del libro galardonado y con un vale para una comida y visita guiada a las bodegas. En fin, estoy persuadido de que hice bien en aceptar la invitación.


La segunda fue otra invitación, algo más modesta, a tomar café en la flamante sede de Casa del Libro en Logroño, auspiciada por la joven editorial madrileña ViveLibro. Nos congregamos un puñado de oyentes/contertulios de lo más variopinto, desde un joven cocinero con ganas de publicar un libro de cocina vegana hasta un prestigioso profesor jubilado que una hora después presentaría su libro en el mismo foro.
ViveLibro se dedica mayoritariamente a la autoedición, y ofrece servicios en las diferentes fases del proceso: corrección estilística y tipográfica, maquetación, impresión, distribución y promoción. Así, por ejemplo, según el folleto que nos distribuyeron, una presentación en la librería de Madrid cuesta 150 €, una reseña en un blog afín 20 €, una entrevista en Capital Radio 90 €, etcétera.
Me dio la impresión (valga la redundancia) de que los de ViveLibro son muy transparentes con sus prestaciones y objetivos. Nieves, una encantadora dama que ha publicado su última novela con ellos, se deshacía en elogios por la labor honesta y eficiente de su editor. También ella había tenido alguna experiencia negativa en el pasado con otro editor que se había fugado con sus ganancias, pocas o muchas (ver al respecto mi entrada antigua).
Yo nunca he recurrido a la autoedición, pero comprendo que es cada vez más común. ViveLibro es una entre centenares de empresas similares que intentan competir con el abusivo gigante de las ventas, Amazon, que también lo es de la autoedición, para dar oportunidades a autores que no consiguen que las editoriales más tradicionales les abran sus puertas, o no se molestan en llamar.
Hay compañeros escritores que denigran este tipo de edición argumentando que cualquiera se lanza a publicar un libro, sin necesidad siquiera de dominar el nivel básico de la escritura, la corrección ortográfico-sintáctica; o que saturan el mercado ya demasiado saturado (80.000 títulos nuevos al años, y creciendo) con libros que nadie ha evaluado. Pero conviene recordar que las grandes editoriales tampoco garantizan la excelencia de sus autores, e incluso, en el puro afán mercantilista, consienten fraudes mucho peores, como enemplear a escritores en la sombra (los llamados “negros”) para apuntalar, corregir e incluso construir los textos de celebrities, presentadores de televisión o youtubers. Al menos la autoedición de empresas como ViveLibro no engaña. Y parece que trabajan bien.

domingo, 22 de octubre de 2017

Me queda, nos queda, la palabra: Blas de Otero



Este sábado 21 de octubre desde ARLEA (la asociación cultural responsable de la revista Fábula) organizamos un acto literario en torno a la figura de Blas de Otero. Aunque el centenario de su nacimiento se celebró el año pasado (15/3/2016), no conviene caer en la “centenaritis”, enfermedad cultural que hace que un autor esté muy en boga durante las semanas del centenario y luego se olvide. En definitiva, cualquier día es bueno para homenajear a un autor que lo merece.

Se celebró en el edificio municipal La Gota de Leche, a las 18.30, y contamos con la presencia de Loly Rubio, de la Asociación Artística Vizcaína, y de Ibon Arbaiza, director de la Fundación Blas de Otero, quien disertó sobre la vida y obra del poeta vasco. A la charla siguió un recital en el que diversos rapsodas escenificaron y leyeron versos relativos a Blas de Otero o tomados de sus libros. Algunos de los asistentes vinieron de Vizcaya para la ocasión. Ya colgaré alguna foto cuando tenga oportunidad.
No pretendo ser entendido en la obra de Otero, pero sí que le guardo cierta admiración desde tiempo atrás. Siempre me ha parecido un poeta de excepcional elocuencia e ingenio verbal. En mi primer libro de poesía, Más relinchos de luciérnagas (2006), seleccioné los versos iniciales del primer poema de mi libro favorito oteriano, Pido la paz y la palabra, como cita introductoria: 

Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Aún me parecen unos versos magistrales, y la consideración de que “me queda la palabra” me consuela con frecuencia cuando compruebo mi impotencia práctica ante situaciones de injusticia o de abuso de poder.
            En mi breve introducción al acto mencioné lo anterior, además de reflexionar sobre las implicaciones de que más de sesenta años después de que lo escribiera, en un rincón de Logroño, estuviéramos recordando a quien plasmó en unos sencillos versos: “Me llamarán, nos llamarán a todos./ Tú, y tú, y yo, nos turnaremos,/ en tornos de cristal, ante la muerte”, pero también intuía al mismo tiempo que: “uno,/ dos,/cuatro/ libros borraron el olvido”.
Y, si es verdad que un autor perenne escribe mensajes perennes, este poeta vasco y español, que en sus últimas etapas quiso ser recordado como poeta social, nos ha dejado palabras que pueden hoy ser aplicables a cuestiones nacionales dolorosas, como pueden ser los sucesos de Cataluña. Por lo menos, a mí así me sucede con versos como estos:
Creo en ti, patria. Digo
lo que he visto: relámpagos
de rabia, amor en frío, y un cuchillo
chillando, haciéndose pedazos
de pan: aunque hoy hay sólo sombra, he visto
y he creído.

domingo, 15 de octubre de 2017

Mi entrevista al nóbel Ishiguro

Confieso que no tengo mucha fe en los nóbeles de la paz (tras su concesión a Kissinger), y fe menguante en los de literatura (tras Bob Dylan). Pero aún así, me alegro de que este año se lo hayan concedido a Kazuo Ishiguro, un autor que me interesó mucho hace años, aunque luego otros proyectos han eclipsado este interés.

Quiero rescatar aquí una entrevista que le hice hace ya más de veinte años (!!) aprovechando su paso por Barcelona en 1997 para promocionar su cuarta novela, Los inconsolables. Su comportamiento conmigo fue sumamente atento y sencillo, y guardo un grato recuerdo de esa conversación. Espero que el tiempo y los honores no le hayan altereado mucho.



EL MIEDO A MALGASTAR LA VIDA: UNA CONVERSACIÓN CON KAZUO ISHIGURO
Carlos Villar Flor

(Publicada en Clarín, 10, julio 1997, pp. 38-43).


El protagonista de su último libro, Los inconsolables, es un celebérrimo pianista que llega a cierta anónima ciudad centroeuropea donde tiene que dar un concierto extraordinario. No sabe cuál es su horario ni qué eventos protocolarios le esperan, pero desde el primer momento recibe los asaltos confidenciales de una multitud de enigmáticos personajes –como salidos de un sueño– que buscan en el pianista un remedio mesiánico para sus desdichas, una redención de su letargo anímico. A todos recibe con deferencia y a todos intenta ayudar en la resolución de sus prepósteros problemas.
            Me sentí un poco personaje de su libro cuando, en medio de un vórtice de ruedas de prensa y entrevistas acumulables durante la presentación barcelonesa de aquel, le pedí a Ishiguro que me dedicara unos minutos. Su cordialidad y paciencia me reiteró en el símil. Lo que yo no sabía es que sólo unos minutos antes el novelista y ex músico de rock había deleitado a la prensa con unas piezas al piano, bajo condición expresa de que no le grabaran. ¿Podía quedar más claro el origen de este nuevo material ficticio?
            Nacido en Nagasaki en 1954, sus padres emigraron a Inglaterra en 1960. Pensando inicialmente que la residencia sería temporal, Kazuo creció recibiendo una típica educación inglesa en una típica escuela del sur de Inglaterra, realizando estudios de filosofía y literatura inglesa en Kent, y concluyéndolos con el grado de M.A. (Master of Arts) en escritura creativa por la Universidad de East Anglia, bajo la dirección del eminente crítico Malcolm Bradbury. (Si es que alguien dudaba de la eficacia de los cursos de escritura creativa, Ishiguro es la prueba viviente. Y si la fama no llega, siempre se puede imitar a la alumna de un amigo mío norteamericano, catedrático y poeta, que se dolía de haber obtenido tan sólo un notable en un máster similar: –La culpa es de usted –recriminaba a su magíster– porque no me ha enseñado a ser creativa.)
            En círculos académicos –y también comerciales, aunque no sabría decir exactamente lo desvinculados que están– se le considera uno de los mejores novelistas contemporáneos en lengua inglesa. Pertenece a esa oleada de nuevos narradores "típicamente británicos" que conjugan una ascendencia y una cultura extranjera –con mucha frecuencia excolonial– con su magistral integración en el devenir de la tradición literaria inglesa. Autores chinos como Timothy Mo, nigerianos como Ben Okri, indios como Vikram Seth, antillanos como Caryl Phillips, etc. son los que en la actualidad recogen el testigo de un Shakespeare o un Dickens al punto de emprender su propia carrera.
            La japonesidad de Ishiguro es poco profunda, dice. Habla con sus padres en el japonés de un niño de cinco años mezclado con léxico inglés, y su imagen más fidedigna de Japón le viene de los filmes domésticos de Ozu y Naruse, ambientados en la posguerra. Por el contrario, su formación literaria se vincula en mayor grado a la tradición inglesa y rusa: entre sus autores más leídos están Charlotte Brontë, Dickens, Dostoyevski, Chekhov...
            Sin embargo, sus dos primeras novelas tienen como marco el Japón. En la primera, Pálida luz en las colinas (A Pale View of Hills, 1982) nos encontramos con una viuda japonesa instalada en Inglaterra, Etsuko, quien tras el suicidio de su hija mayor se cuestiona si actuó de modo correcto al dejar a su primer marido para trasladarse a su nueva patria. Por medio de una serie de continuas retrospecciones narrativas, Etsuko recuerda los años de Japón posteriores a la segunda guerra mundial, cuando ella estaba aún embarazada de su hija mayor. Los recuerdos la llevan a analizar su relación con una dudosa amiga de aquellos años japoneses, quien justificaba sus proyectos personales y caprichos alegando que hacía todo en beneficio de su hija Mariko, una niña extrañamente obsesionada con la muerte.
            En la segunda novela, El artista del mundo flotante (An Artist of the Floating World, 1987) de nuevo se nos muestra a un narrador en primera persona intentando justificarse mediante la memoria. Esta vez se trata de Masuji Ono, antaño afamado pintor en el Japón de la preguerra, comprometido activista de la causa patriótica que, como fruto de subordinar su arte y su amistad a la ideología perdedora, sufre en el presente narrativo un menosprecio social que le hiere en la autoestima. Sus recuerdos intentan disculpar el pasado, al tiempo que revelan al lector cuál es la verdadera naturaleza del conflicto íntimo del pintor.
            Unos años más tarde llegaría su éxito más clamoroso, Los restos del día (The Remains of the Day, 1989), ganador del Booker Prize, el galardón literario más codiciado en lengua inglesa, y posteriormente bendecido por la beatífica mano del cinematógrafo en la estupenda versión de James Ivory (que en castellano se tradujo como Lo que queda del día). Esta novela, a pesar de destilar quintaesencia británica mediante su entorno de campiña inglesa, lóres y mayordomos, no se diferencia terriblemente de las novelas anteriores. De nuevo un personaje navega por los recuerdos para intentar justificar una situación presente que se perfila insatisfactoria, y de nuevo estos recuerdos se enhebran por medio de una retórica de autoengaño. El lector debe leer entre líneas para identificar el alcance del conflicto interior del narrador, un conflicto que, lejos de manifestarse con una vehemencia pasional, radica en la incapacidad del personaje para detectar que se está muriendo en plena vida.

C.V.F. En sus tres primeras novelas los narradores parecen ocultamente avergonzados de su pasado, pero no son excesivamente sinceros para reconocerlo. Los lectores debemos extraer la verdad de las fragmentarias revelaciones que se les escapan. ¿Es esta la problemática humana que a usted más le interesa?
K.I. Podemos decir que en mis primeras novelas me sentía atraído a reflejar la problemática de esas personas que han dedicado su vida y sus mejores energías a una labor que consideraban buena, pero en un determinado momento se han dado cuenta de que estaban equivocadas. No sólo porque han malgastado sus talentos, sino porque de hecho han contribuido a favorecer algo nocivo. También por eso me interesaba un periodo histórico apropiado para situar la acción, un periodo de cambio de valores. Así, en esas novelas la segunda guerra mundial constituye una etapa de transición, tanto en Japón como en Inglaterra.

C.V.F. Por el tono de su respuesta parece indicar que en la última novela, Los inconsolables, no se mantiene esta constante...
K.I. Hasta cierto punto. Conforme me hago mayor mi visión de cómo funciona la vida va cambiando. En mis libros anteriores pensaba que la vida era una especie de camino diáfano, donde cada uno podía elegir la dirección que quería, determinarse a sí mismo conforme a los propios principios morales y políticos. E incluso al final podías mirar atrás y darte cuenta de haber tomado una opción equivocada y lamentar el resultado.
            Sin embargo, conforme pasan los años cada vez estoy más convencido de que la vida no es así, que ese planteamiento sólo es válido a la hora de escribir novelas. En la realidad, la capacidad de elegir a dónde vamos es mucho más limitada. Por tanto, en mi nuevo libro tuve que buscar una estructura diferente.

C.V.F. (En efecto, la cuarta y última novela supone un cambio radical. No sólo por las ominosas 568 páginas en comparación con las doscientas y poco de las tres anteriores. En esta, el narrador, si bien sigue contando la historia mediante una mediatizada primera persona, nos refiere sin inmutarse hechos inverosímiles, personajes imposibles y distancias espaciales caprichosamente mutables. Todo en esta narración indica una textura onírica que busca reflejar la frustración del personaje almacenada en el subconsciente). ¿Cuál es, pues, el objetivo de esta nueva estructura?
K.I. Pretendo reflejar mi visión actual de que las personas tienden a hacer lo que la vida les deja. Todos somos empujados hacia un lado u otro por las obligaciones hacia los demás, o por los pequeños deberes de la sociedad en que vivimos, o por accidentes, o por lo que la vida te permite o no te permite hacer. Todas esta cosas realmente determinan el curso vital que tomamos, no es tanto que uno decida de acuerdo con ciertos principios morales. Por tanto, el modelo que quise presentar era el de una persona que va tropezando por una especie de bosque de la vida, sin saber con certeza cuál va a ser su próximo paso. El protagonista de este último libro, por ejemplo, llega a una ciudad donde se supone que dará un concierto decisivo, pero no sabe cuál es su agenda, ignora cuál va a ser su próxima cita o compromiso, pero está demasiado aturdido para admitirlo, siempre finge saberlo.

C.V.F. ¿No hay un cierto determinismo en su nueva visión?
K.I. Posiblemente, pero yo no iría tan lejos como para considerarme determinista. Todavía creo que tenemos una gran parte de responsabilidad para elegir lo que sucede en nuestras vidas, sólo que ahora me parece que la mayoría de las personas hace lo que se les deja hacer. Muchas veces queremos obtener un determinado trabajo y no lo conseguimos pero se nos ofrece otro, o queremos casarnos con una determinada persona y acabamos casándonos con otra, y así sucesivamente.

C.V.F. A propósito de las novelas anteriores, usted declaró que escribía entonces con cierto miedo a que a usted le ocurriera lo que a sus protagonistas. ¿Ahora siente el mismo miedo? (No puedo evitar recordar que, hace sólo unos momentos Mr Ishiguro se ha "dejado llevar" por una cadena de ruedas de prensa, entrevistas televisivas y otras cuantas entrevistas como la mía)
K.I. Creo que mi miedo ahora no es el mismo de antes, el de gastar mis energías inadvertidamente en algo injusto. Simplemente ahora me parece que la vida no es así de sencilla.
            Y por encima de todo, lo que pasa es que la vida urge. Está llena de muchas obligaciones pequeñas pero urgentes para hacer hoy y mañana, y son esas pequeñas obligaciones las que al final deciden cómo empleas la vida. No sé si mucha gente podrá tomar una decisión firme de seguir un determinado camino o vivir de acuerdo con unos principios, y lograrlo. Quizá algunos puedan, pero para mí en esta etapa de mi vida no era ya un modo satisfactorio de concebir la realidad.
            Por este motivo creo que aún escribo con cierto miedo, un miedo diferente, el de verme absorbido por todas esas pequeñas obligaciones cotidianas, el de no haber hecho lo que necesitaba hacer en la vida, las cosas realmente importantes, porque el tiempo se me ha acabado. El miedo que aparece en Los inconsolables es más un tipo de ansiedad, una especie de examen que se acerca y no has estudiado lo suficiente. O más propiamente, un miedo escénico. El protagonista sabe que ha de dar un recital en el escenario, pero no tiene nada preparado y su actuación se acerca cada vez más. Y existe el peligro de que llegues a la escena –y será la actuación más importante de tu vida, cuando vas a demostrar el valor de tu vida– y no estés preparado, no habrás hecho nada. Ese es más propiamente mi miedo en la actualidad.

C.V.F. Volviendo a las tres primeras novelas, en ellas los totalitarismos dominantes en la Segunda Guerra Mundial simbolizan esa causa por la que no merece la pena luchar. ¿Cuál es la causa que merece la pena en esas novelas? ¿El amor? ¿La democracia?
K.I. Mi segunda novela, El artista del mundo flotante, se centra en el aspecto profesional de la vida del protagonista. Desperdicia su existencia al desperdiciar su vida profesional mediante su equivocada vinculación al totalitarismo. En términos prácticos, si no le hubiera arrastrado tanto el clima de su época quizá su vida hubiera sido más feliz al final. Mi tesis entonces era que para las personas normales es muy difícil sustraerse a la atmósfera moral dominante. La mayoría de nosotros no tenemos una extraordinaria visión, tomamos nuestra idea sobre lo que hay que hacer de la gente que nos rodea. Pienso que se requiere una extraordinaria capacidad de juicio- y también un coraje extraordinario –para permanecer fuera del clima dominante. Tanto en Alemania como en Japón hubo gente que lo hizo, y muchos fueron apresados, torturados o asesinados. Tampoco es que yo diga necesariamente que entonces hubiera una alternativa clara para una persona corriente. Simplemente sugiero que era muy fácil creer en la bondad de lo que la mayoría apoyaba, aunque con el tiempo las perspectivas cambiaran y el orgullo diera paso a la vergüenza.
            En Los restos del día no sólo me interesaba el aspecto profesional. Hay dos planos en el libro. El mayordomo Stevens, al igual que el pintor, malgasta su vida profesional al seguir un curso vital equivocado. Pero también malgasta su vida en un sentido diferente, ya que no permite ser amado ni se permite amar a otro ser. Y este es otro modo de desperdiciar la vida: no importa tanto que te equivoques en el apoyo de una causa injusta si al menos te mantienes cercano a lo que debe ser un ser humano.

C.V.F. A propósito de Stevens, ¿esta usted satisfecho con la versión cinematográfica de su novela? ¿No cree que se concentra más en la historia de amor que en el autoengaño que sufre el protagonista?
K.I. Estoy muy satisfecho, de verdad. Hay que recordar el contexto en que se realizó el filme, producido por Columbia Pictures, destinado a audiencias masivas. De hecho, para ser una película financiada por un estudio de Hollywood se conservó sorprendentemente el plano político. No está tan detallado como en el libro, en el que aporto diversos datos de la historia de los años veinte y treinta pero, obviamente, en la película se debía simplificar. No es que yo estuviera interesado en hacer historia de la Europa de los veinte o treinta; para mí era, más que nada, una metáfora o símbolo. Y pienso que el filme recoge muy bien este carácter, a la vez que el plano más -digamos- sentimental, la historia del mayordomo que no se permitía amar. Pero también queda claro el aspecto político, el hecho de que se entrega al servicio de su amo, y que éste resulta ser un fascista. No creo que muchos espectadores puedan ignorar este aspecto.

C.V.F. No suelen aparecer preocupaciones religiosas en sus novelas. ¿Las evita conscientemente?
K.I. No las evito. Quizá sea simplemente porque no soy una persona religiosa. Sin embargo, en mi última novela, como explicaba antes, hay ese elemento de miedo escénico, de que se acerca un momento importante de tu vida en el que de algún modo vas a ser juzgado o medido. Y se acerca cada vez más y tienes que estar preparado. Se podría entender que esto es quizá una versión, por parte de quien no es religioso, de la imagen del juicio final que existe en las grandes religiones. Creo que todos los humanos llevamos esta preocupación de poder decir, al final de nuestra vida, que la hemos aprovechado. Incluso si se entiende en un sentido torcido. Incluso un gángster puede pensar que ha sido un buen gángster al final de su existencia, porque ha seguido el código de su grupo, porque no ha traicionado al jefe o a los compañeros, no ha sido débil. Los seres humanos no pueden evitar juzgarse, evaluarse a sí mismos.

C.V.F. Los narradores de sus novelas no son totalmente fiables. Los lectores no debemos creer todo lo que dicen. A menudo el protagonista interrumpe su discurso retrospectivo puntualizando que lo que acaba de decir podría no ser exacto, que quizá con el tiempo su memoria lo haya deformado. Esta es una técnica para socavar lo que el personaje está comunicando. Pero en su última novela la historia que cuenta el protagonista es claramente una historia irreal, onírica, no se puede confundir con un recuerdo en sentido estricto. ¿Es esta técnica un paso más en la evolución de sus narradores, cada vez menos fiables o -visto desde otro ángulo- cada vez más traicionados por el subconsciente?
K.I. Hasta cierto punto. Es bastante complejo. En el pasado los narradores eran poco fiables, pero no desde perspectivas intelectuales. Lo que me interesaba era examinar cómo la gente se engaña, cómo se tenían que esconder de sí mismos cuando consideraban el fallo de su proyecto. Esas novelas primeras examinaban el doloroso proceso por el que las personas deben pactar con sus fracasos, y esta es la razón por la que mis personajes con frecuencia se planteaban: "Quizá hice esto, o quizá no lo hice, quizá me he estado engañando hasta ahora". En otras palabras, los flashbacks en aquellas novelas no son estrictamente auténticos, sino que sirven para explorar cómo una persona lucha para remodelar el pasado de tal modo que sea aceptable para ella. Una parte de sí busca la verdad plena, pero otra parte se quiere ocultar de la verdad, y hay una lucha entre las dos partes que origina esas contradicciones de las que me habla. Los personajes vienen a decir: "Hasta la fecha he recordado esto de tal forma, pero quizá no lo he recordado exactamente."
            No estoy muy seguro de que la nueva novela sea una extensión de esto, aunque quizá sí que recurra a una técnica similar. Ciertamente, no se emplean flashbacks, y en su lugar el narrador se encuentra constantemente en un mundo engañoso. La memoria incierta, no fiable, se ha transformado en tiempo presente. No sólo es la memoria la que engaña, todo es engañoso. Llega a una ciudad donde nunca había estado antes pero enseguida piensa que la habitación del hotel donde se halla es la misma que usó cuando era niño; personas que acaba de conocer se comportan como si fueran conocidos íntimos, y así sucesivamente. Todo es incierto. De algún modo, creo que sí que hay relación entre ambas técnicas.


 

domingo, 1 de octubre de 2017

San Puigdemont y compañeros mártires



Por esta vez trataré aquí de algo de lo que todo el mundo está hablando: el independentismo catalán. Hoy es el día para hacerlo, acaso un poco más que en los trescientos sesenta y cinco de cada uno de los últimos años.
            Tal como lo veo, la estrategia de Puigdemont y compañeros pel sí cuenta con el tiempo a su favor. En realidad, pueden esperar todo lo que haga falta. Ciertos puntos débiles de la Constitución, las concesiones políticas al independentismo oportunista, y el adoctrinamiento cultural y escolar han propiciado que el número de catalanes partidarios de la secesión haya crecido sensiblemente hasta la fecha. Aún no creo que lleguen a la mitad, pero no debe de faltar mucho. Ahora Puigdemont & Cía. necesitan un revulsivo para generar una conciencia mayor aún de distancia entre España y Catalunya, y este es la represión policial. Si las fuerzas del orden –con razón o sin ella, da igual– dejan alguna nariz ensangrentada o hueso roto en alguno de los más osados activistas del separatismo, este se apoyará en tales imágenes hasta la extenuación para gritar a los cuatro vientos que la situación de avasallamiento es vejatoria e insostenible, que la pobre ciudadanía catalana, que tan solo desea expresarse con libertad, es objeto de la más ignominiosa represión por parte del estado español abosolutista, etcétera etcétera…
            Los partidos de oposición, que supuestamente apoyan la firmeza del estado, no podrán resistir la tentación de aprovechar la tensión para culpar al ejecutivo de Rajoy (recordemos que su principal proyecto es “echar a Rajoy”), o al menos para repartir la culpa del desaguisado entre unos y otros a partes iguales, o casi. De este modo, irá creciendo el sentimiento de culpa por el maltrato a la ciudadanía catalana entre quienes hasta ahora tenían clara la indisolubilidad de España. Así, aunque un día como hoy no gane el independentismo catalán, el martirio abonará el campo para que crezcan los partidarios en un futuro no lejano.

            En este estado de cosas, cuando en posteriores legislaturas se desaloje al PP y suba al poder un partido que necesite apoyos de grupos que promueven o toleran el separatismo, el referéndum se admitirá, y entonces es probable que la cifra de los independentistas sobrepase la mitad de los catalanes, y en ese caso, como en el referéndum del Brexit, no habrá más remedio que “respetar la voluntad mayoritaria” y proceder a la desconexión. Y cuando esto se lleve a cabo, vendrá el turno de otros territorios antaño españoles, y entonces…
            En definitiva, Puigdemont & Cía. juegan con el tiempo a su favor, y están resueltos a buscar el “martirio”, no para alcanzar la palma celestial, sino la estelada republicana. Mientras, pienso que Rajoy o Felipe VI, como representantes del país, deberían esforzarse más y encontrar espacios para dirigirse directamente al pueblo catalán (no a sus intermediarios) y transmitir un cálido mensaje de acogida, para recordarles con convencimiento que los catalanes son españoles, que España los quiere y los necesita. No es que sea el remedio definitivo a esta crisis, pero no vendría mal.