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domingo, 28 de mayo de 2017

ELEGÍA FRUTAL


Un buen día surgió en el barrio el comercio que yo necesitaba: una frutería que permanecía abierta hasta las diez de la noche y no cerraba a mediodía. La regentaba un marroquí de media edad cuyo bigote me resultaba familiar de otra tienda, en otra calle, pero ahora lo adornaba una sonrisa refulgente en vez de la antigua mueca de subordinado. Mi hora habitual era el anochecer, cuando todo lo demás había cerrado, y en la tercera o cuarta visita me empezó a reconocer como parroquiano.
          Pronto empezó a tener conmigo detalles de fidelización, como regalarme una rama de perejil, o una manzanita amorfa y dura si mi hija, que regresaba conmigo del conservatorio, se detenía a contemplar el stand de pink ladies con avidez.
          –Que se la cheve la niña, si se quiere –exclamaba sin dejar de sonreír.
          Tanta solicitud me animó un día a interesarme por su nombre. Tardó unos segundos, pero al final me reveló que se llamaba Mustafá. A partir de ese día lo saludaba como tal, y él miraba al suelo y sonreía.
          Mustafá era muy torpe con las vueltas. A veces se armaba un lío con las restas más sencillas, y yo lo atribuía a la dificultad innata para realizar operaciones matemáticas en un idioma no materno. Unas veces me perdonaba los céntimos, otras me cobraba de más, y en estos casos yo optaba por corregirle o no, según fuera mi humor al final de la jornada.
          Un anochecer entré en la frutería y no vi a Mustafá. En su lugar había un chico que no llegaría a los dieciocho, moreno de tez, que se entretenía con telefilmes de acción ante una minipantalla junto a la caja registradora. Será el hijo, pensé, atribuyendo a Mustafá una enfermedad leve. Pero pasó el tiempo y el chico se convirtió en el tendero habitual. Como aún hacía frío afuera, pronto me di cuenta de que prefería que yo mismo seleccionase la fruta del escaparate exterior, para conservar el calorcito del rincón.
          Pasado un mes pregunté por Mustafá. El chico se extrañó de mi pregunta, y se la acabó remitiendo a un par de piernas que sobresalían de un pelado sillón orejero semioculto en la trastienda. Resultaron pertenecer a otro compatriota, en quien no había reparado, y ambos se enzarzaron en una conversación ininteligible. El joven tendero volvió ante mí y de nuevo me hizo repetir la pregunta.
          –Solo quería saber qué ha sido de Mustafá. El dueño de la tienda, vamos…
          Tras más segundos de cavilación y de miradas al sillón orejero, respondió:
          –No se llama Mustafá. Su nombre es Abdulá.
          –Ah. Y… ¿qué es de él?
          –Se ha ido una semana. Vuelve pronto.
          –Ah…
          Pero pasaron tres o cuatro semanas, y Mustafá o Abdulá no volvía. El tendero adolescente llegó a tratarme con una cierta familiaridad, no exenta de suspicacia. Era mucho más exacto con los cambios que su antecesor, a pesar de las distracciones que le provocarían las películas de explosiones y mamporros, pero también me perdonaba los céntimos si andaba corto de calderilla.
          Por supuesto, Abdulá nunca volvió. Una noche bajé a comprar mis acostumbradas bolsas de naranjas y limones, y al sacar mis monedas vi que faltaban dos céntimos para completar el importe. Le comuniqué que, o bien me los perdonaba, o me tenía que dar cambio de veinte euros. Me miró con verdadero incomodo, tanto que rebusqué en mis bolsillos y hallé los dos céntimos de la discordia.
          –Estamos en paz. Hasta mañana –me despedí.
          Pero al día siguiente, cuando salí a trabajar, vi con sorpresa que la frutería no había abierto. Tampoco al atardecer. ¿Sería alguna vacación marroquí?, pensé. Pero no, no creo que esa fuera la causa. De hecho, así ha permanecido hasta hoy, aún con el rótulo flamante y expuestos los carteles con los precios de la mercancía, pero la rejilla bajada y algunas cajas vacías en el interior.
          Ya no tengo quien me venda fruta a las horas en que todos los demás han cerrado. Y a veces echo de menos esa rama de perejil destinada a la basura, o esa manzanita amorfa y dura que nadie querría. Y me resuena en los oídos un estribillo ya lejano:

          –Que se la cheve la niña, si se quiere.

domingo, 21 de mayo de 2017

GALERÍA PRESENTACIÓN FÁBULA 40

Esta semana que acaba ha sido emocionante para los que hacemos Fábula. El martes 16 de mayo de 2017 presentamos el número 40 en el Centro Cultural Ibercaja (un regreso a lo habitual), y la madrina fue Vanessa Montfort, dramaturga, novelista, productora y muchas cosas más. Llegó de Madrid ex profeso para estar con nosotros (ni siquiera permaneció 24 horas en Logroño), y su presencia aportó un irrepetible valor añadido al acto.


Nos acompañó en la mesa José Luis Ansorena, vicerrector de Planificación de la Universidad de La Rioja, y José María Martínez Zabala, entusiasta activista cultural.


Como suele ser habitual, empecé agradeciendo a "todas las manos" que hacen posible cada nuevo alumbramiento, sean escritores o colaboradores de todo tipo. Como reconocimiento del esfuerzo colectivo que hay detrás de cada número, dimos voz a algunos autores que publican en este número y quisieron subir al estrado: así, oímos a Isabel Blanco Ollero, Chisco Mandomán, Carmen Tejada, a la estudiante de bachillerato Irene Alcalá, y a los jovencísimos Izhan, Mateo y Lucía, protagonistas de la sección "sabios bajitos", dedicada a las promesas. Como propina subió Rubén Elías con su perro lazarillo para leernos un texto en braille de Sara Zarruti.
Tras esa parte dedicada a recorrer las secciones de la revista, presentamos ya a Vanessa Montfort, y la escuchamos durante la siguiente media hora. Como excelente comunicadora que es, Vanessa hizo que los minutos transcurrieran como segundos, mientras nos llevaba, desde la etimología de "fábula", a un recorrido por sus primeras colaboraciones con revistas culturales, pasando por su propia experiencia creativa, hasta desarrollar un diagnóstico del estado de la prensa cultural en nuestro país, que bien conoce desde ambos lados de la barrera.
No faltó el coloquio con los asistentes, esa parte tan sabrosa de este tipo de actos. Los muchos fans de Vanessa Montfort aprovecharon para felicitarla por su último éxito, Mujeres que compran flores, y para plantear las más diversas inquietudes. En fin, un acto muy lucido y que nos dejó un estupendo sabor de boca.


Unos días después, el sábado 19 de mayo, recibimos la visita del colectivo "Escribe y Lee", integrado por poetas residentes en Vizcaya, responsables de la revista Decires. Como colofón de un apretado programa cultural-gastronómico acabamos teniendo un recital de poesía en la Gota de Leche (Logroño). Además de una veintena larga  de poetas vascos que nos deleitó con su dicción esmerada y sentida, un puñado de riojanos salimos a leer composiciones propias y ajenas, y compartimos versos con ellos.




FÁBULA 40: CÓMO CONSEGUIRLA





domingo, 14 de mayo de 2017

PRESENTAMOS FÁBULA 40


¡INVITADO EL QUE LO LEA!




Unas palabras sobre
VANESSA MONFORT

Nace en Barcelona y desde su infancia vive en Madrid. Novelista,
dramaturga y periodista. Se estrena su carrera literaria en 1999
con la producción teatral Quijote Show, a la que siguen otras como
Paisaje transportado (2003) y Estábamos destinados a ser ángeles
(2006), la versión de La Regenta (2012) y El Galgo (2013). En el
2006, gana el Premio Ateneo Joven de Sevilla con su primera novela,
El Ingrediente Secreto (Algaida). Ha colaborado con el Royal Court
Theatre de Londres, lo que le ha permitido trabajar con directores
británicos como Lindsay Turner, Fiona Lair, Harold Pinter y Tom
Stoppard, entre otros.
Con Mitología de Nueva York, ganadora del Premio Ateneo de Sevilla
en 2010, llega su confirmación como novelista. En 2014 sigue La
leyenda de la Isla sin voz (Plaza & Janés), y en octubre de 2016 aparece
su último éxito Mujeres que compran flores (Plaza & Janés), que
en la actualidad ocupa las listas de más vendidos en nuestro país.

domingo, 7 de mayo de 2017

GALERÍA RECITAL SAN ISIDORO

El pasado jueves 27 de abril la Facultad de Letras y la Educación de la Universidad de La Rioja nos invitó a dar un recital de textos literarios dentro de las celebraciones de las fiestas de san Isidoro. El perfil de los lectores era alumnos presentes y pasados de la facultad que hubieran colaborado con la revista Fábula. Participaron, por este orden, Mario Sáenz, Cristina González Celada, Coke Martínez, Elisabeth Navarro, y Jonatan González.

A pesar de ser la hora taurina o siestera, el hall del edificio de Filología se llenó de oyentes, y el acto quedó muy lucido. Los lectores lo hicieron de maravilla, cada uno en su estilo: Mario leyó un texto especular con fondo filosófico, Cristina un emotivo relato contra el acoso escolar, Coke nos emocionó con sus textos poéticos y su dicción profunda, Elizabeth sacó a la luz un sugerente texto inédito, y Jonatán reveló uno de los secretos mejor guardados de los últimos meses, la verdadera autoría de una miniobra teatral atribuida a Isaac Bickesrstaff (ver Fábula, 38).

La última lectura de la velada fue precisamente de esta obrita, y los cinco anteriores, Gabriela y yo acabamos dando voz a los siete personajes que se dan cita un una tasca donde para don César, un escritor veterano y afamado, que escribe una columna en XL y está algo subido a la parra.

Da gusto oír a estos jóvenes creadores. Qué sigan adelante, y que actos como este se multipliquen.


lunes, 1 de mayo de 2017

¿ES USTED CORRUPTO?

¿ES USTED CORRUPTO?

Hace unos días participé en una tertulia televisiva donde se volvió a tratar el tema de la corrupción, tan actual en nuestro país. Mis contertulios estaban especialmente fogosos y me interrumpieron con más frecuencia de la habitual, por lo que salí con la sensación de que no había podido expresar lo que pretendía, o no con los matices deseados. Así que aquí, en la serenidad de mi blog, me dispongo a hacerlo.
          Para empezar, los casos de corrupción que se están destapando en nuestro país me indignan como a cualquier hijo de vecino, o quizá más. Si es verdad que cada español trabaja al año de enero a junio (el día de transición depende del contribuyente) para pagar al fisco, y solo después trabaja para sí y los suyos, es doloroso que el chorizo de turno meta la mano en la hucha común para llevarse el fruto de nuestro sudor.
          Sin duda los partidos deberían ser más cuidadosos con sus cargos y representantes, y exigir un nivel de ética que les eleve sobre las líneas rojas del abuso. A esto ayudaría la generalización de las listas abiertas y la limitación de los mandatos, además de la independencia efectiva de la judicatura. Pero, aunque hay estructuras de poder que favorecen o facilitan la corrupción, no perdamos de vista que la culpa es siempre individual. Cada uno de los imputados debe ser juzgado justa e individualmente –no prejuzgado por los medios o la oposición– y, si resulta culpable, pagar las consecuencias.
          Por otro lado, la corrupción de algunos no debería desestabilizar el correcto funcionamiento del estado y sus instituciones, ni crear un clima de permanente alarma y turbulencia democrática, que a nadie beneficia, salvo a los que quieren ocupar el sillón del corrupto o sus compañeros. Esta práctica agitadora es parte del juego político, en el que los partidos se disputan el derecho a arrojar la primera boñiga contra la formación de cuyas filas ha salido el nuevo chorizo, sus líderes o allegados. Tal juego escatológico es comprensible, pero con frecuencia predica el naufragio del sistema solo porque el predicador no está al timón. No podemos pasarnos la vida en reelecciones, mociones de censura, y dimisiones en masa de todo alto cargo que se haya wassapeado con un imputado, cuando lo que necesita nuestro país, como todos, es la estabilidad institucional.
          No cabe duda de que los escándalos de corrupción hacen buenos titulares, y que al público le indigna y le perturba comprobar el lado oscuro de los poderosos, además de sentir un morboso placer por la caída del prepotente. Pero recordemos que ninguno de nosotros, honrados ciudadanos que nos indignamos con Correa, Rato y Pujol, estamos libres de caer en la tentación del poder. Algunas denominaciones protestantes creen que el ser humano nace corrupto; yo no llego a tanto, pero sí creo que tenemos cierta tendencia a la avería. No deberíamos reducir orwellianamente el significado de “corrupción” al político que mete la mano. Todos tenemos nuestra esfera –grande, pequeña o minúscula– de poder, y ahí nos podemos dejar tentar. El médico que desvía a sus pacientes de la seguridad social a su consulta privada, o que se vende a las farmacéuticas. El profesor que suspende al hijo de su enemigo o pone matrícula a la maciza que le hace bien los “trabajos”. La periodista que nunca informa de una concentración pro-vida o divide sus asistentes entre veinte. El editor que no liquida a sus autores. La jueza que se acuerda de sus problemas de pareja a la hora de retirar la custodia a un progenitor. El funcionario que quita una sanción a su amigo… Podríamos continuar varias horas.
          Aunque es un tema preocupante, no considero que la corrupción sea el principal problema de nuestro país, como apuntan algunas encuestas, ni que debamos hacernos cruces como si fuera algo nuevo. El poder corrompe, hoy, hace mil, y veinte mil años, y los poderosos han tenido la tentación de aprovecharse de él desde que el ser humano pisa la tierra. Es más, quiero creer que en la España de 2017 los mecanismos para perseguir la corrupción son más sensibles y más eficaces que en el pasado, cercano o remoto, y quizá por eso hoy se destapan más casos que en épocas anteriores. Priorizar en exceso los casos de corrupción nos quita de la mente otros problemas más graves que afrontamos como país y como sociedad, y nos impide buscar soluciones porque nadie habla de ellos.

domingo, 23 de abril de 2017

Ab renuntio

Espero que hayáis pasado/ estéis pasando un buen Día del Libro 2017. He de confesar que no soy muy proclive a esta celebración. Lo recuerdo como un día en que muchos aficionados a las letras se ponen de acuerdo para contraprogramar actos de desigual interés por toda la ciudad. Algunos de estos, como la lectura del Quijote ininterrumpida, solo pueden haber procedido de una mente diabólica. Por suerte, este año cae en domingo.

Para conmemorarlo a mi manera reproduzco uno de los poemas más petulantes de Nada personal. Si alguien cree que me paso, que recuerde con Pessoa que el poeta finge mucho. A algo, por lo menos.





AB RENUNTIO

Artistas del halago y de los cursos de verano,
expertos en todo que animáis los centenarios,
amiguetes del difunto que posáis conmocionados
y aportáis el panegírico afligido,
promotores de cultura que os sentáis al frente
cuando tal banquero presenta un poemario,
rapsodas invitados a tartamudear pasajes
somnolientos del Quijote cada veintitrés de abril,
informadores que declaráis proscrito
a quien no os quiere relamer la pluma,
jurados de medallas y laureles
que seguís el evangelio solo en eso
de hacer amigos entre las riquezas,
clanes, sectas, mafias y familias
que juzgáis como talento el compadreo.
Todos vosotros que, en fin, hacéis cultura con mayúsculas:
            hace ya bastante tiempo
            que no me felicitáis el Año Nuevo.





sábado, 15 de abril de 2017

EL CRISTO DE VILLAR



No hace mucho un amigo jesuita me preguntó si había escrito poesía religiosa, y le mandé lo más parecido que tenía, es decir, este antiguo poema, dudoso candidato. En fin, lo cuelgo antes de que acabe la Semana Santa, para que la ambientación no decaiga.


EL CRISTO DE VILLAR


Sí, Dios mío, Tú, el de la cruz,
contigo quiero yo charlar un rato,
vengo a distraerte de tu angustia agonizante,
de tu muñeca desangrante desgarrada,
de la carne descosida que han grapado en el madero,
vengo a aburrirte con mis ñoños pasatiempos
y te digo que aunque llevo nosecuantos
años repitiendo que te amo
el verte así me causa poco más que un cosquilleo.
Contigo quiero yo charlar un rato,
perdona que, como siempre, escogiera un mal momento
lo siento, querría haberte visto antes, verte en el huerto quizá
pero se me hizo tarde
--llegué, claro, tarde--,
todo el mundo se había ido, me dijeron
que estarías en alguna parte, que te buscara, a ver qué tal.
Pues bien, te he encontrado, y aunque supongo que estarás incómodo ahí arriba
quiero que me dediques unos minutos
a mí, a mí mismo, conmigo...
          Me has dado casi todo, Dios mío,
no me puedo quejar. Y si me quejo
no tengo más que abrir el periódico, que
absorber el telediario, que salir a la calle, que
desatascar los oídos...
Me has dado casi todo. Y sin embargo
ese casi me taladra la columna vertebral
y me desata las cien voces que me ululan al unísono
y no sé y no sé y no sé y no sé
          Perdona que te diga esto ahora, en este mal momento
es que no pude encontrar otro mejor, y el caso
es que no me debería quejar, pero esas voces
no se ausentan, y no sé cuál es la tuya
cuál es la mía, cuál es la de ella, cuál
la del otro, todas son refutables
todas son inconclusas, todas inseguras.
          Ya veo que estás cansado --lo dicen los regueros
escarlata que te cruzan por la frente-- mas ya acabo.
Sólo quería pedirte, Dios mío, que si es posible
me desconectes la cabeza por un tiempo
sí, que no piense, que no recuerde, que no imagine, que no
prevea
que sólo me preocupe de la sal en los garbanzos,
de estar vivo en la alborada, de estar vivo al acostarme
del trajín incuestionable de contar las estaciones.
Que, si es posible, me vuelva toro, o pato,
o jilguero, o alubia
sólo por un tiempo, a ver que tal resulta.

          Y eso era todo, mi Dios, ya te dejo,
--no sé lo que querrán estos soldados que se acercan
cargados de sarcasmo y armados con vinagre--
recuerda lo que he dicho, ¿eh? No te me olvides. Buena suerte,
me voy
que con esto de que empieza a lloviznar
no quisiera yo embarrarme los zapatos.