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domingo, 17 de marzo de 2019

SACERDOTES Y PEDERASTIA


En los dos o tres últimos años (y a pesar de los esfuerzos del Papa Francisco por ganarse a la prensa), casi siempre que la Iglesia Católica protagoniza titulares no es tanto por sus tareas humanitarias o educativas en el primer o tercer mundo, sino por los abusos a menores cometidos por sacerdotes y/o el encubrimiento de sus superiores.

A nadie se le oculta que la pederastia de sacerdotes es un colosal escándalo para una iglesia que, al menos en la cristiana Europa, experimenta un retroceso en su influencia.  Resulta abominable que quien debería edificar e iluminar se aproveche de la inocencia de menores confiados a su cuidado. Para mí resulta un misterio de las oscuras cavernas del alma humana cómo un hombre que, contra corriente hoy más que nunca, ha sacrificado amores humanos, familia, paternidad, tiempo, incluso riquezas, por seguir un ideal de servicio cristiano, haya podido caer en tan espantosa práctica. Y además del grave perjuicio sobre sus víctimas, el sacerdote pederasta dinamita los delicados cimientos de la confianza en la Iglesia. Hay vaticanólogos que identifican esta plaga con el apocalíptico tercer secreto de Fátima.


Pero, al igual que no es oro todo lo que reluce, tampoco es excremento todo lo que hiede. Y por muy abominable que nos resulte la pederastia, no hay que olvidar que el primer principio de la justicia es la presunción de inocencia. El acusador tiene que ser capaz de probar su acusación, y no al contrario. Sin embargo, en esta materia la opinión pública tiende a prejuzgar al acusado mucho antes de que se le declare culpable.

Así, es una ingenuidad pensar que nuestros niños, a menudo testigos involuntarios de situaciones que aún no pueden asimilar, nunca se equivocan, o nunca mienten. O que, si una persona de cuarenta años decide acusar a su antiguo profesor, siempre lo hace por amor a la verdad. Conviene recordar que la Iglesia desde sus inicios ha suscitado odio o rechazo, y no sería exagerado contar por millones a quienes, por un motivo u otro, quisieran verla difunta. Y ahora esta escandalosa brecha abierta por eclesiásticos indignos proporciona munición inestimable para quien quiera explotarla.

En resumen, tolerancia cero con la pederastia, pero presunción de inocencia y procesos no mediatizados o prejuzgados. Y, señores obispos, aunque haya pocos candidatos, cuiden mejor el proceso de selección de personal.


domingo, 10 de marzo de 2019

Mujer y filología


En estos días previos y posteriores al gran fenómeno de masas del 8-M hemos escuchado a políticos y otros oráculos incidir en la gran desigualdad de género que aún se da en nuestro país. Pero a mí en ocasiones me entra un poco la duda y pienso que nos están pintando la España de nuestras abuelas. Quizá se carguen las tintas porque estamos en campaña (aunque ¿cuándo hemos dejado de estar en campaña en nuestro país?), o quizá es que mi percepción anda muy equivocada. En este caso, parte de la culpa la tendría mi propia trayectoria profesional, que presuntamente condicionaría mi visión del problema.
          Me explicaré. Entré en la Universidad de Valladolid en 1984 (uf, ya lo sé, no lo digáis), y tras debatirme entre Arquitectura o Filología Inglesa (dilema lógico donde los haya) opté por lo segundo, y en mi primer día de clase comprobé que mis compañeras constituían un 90%. En tercero me trasladé a la Universidad de Oviedo, y la proporción se mantuvo aproximada. Allí el departamento de inglés estaba dirigido por una catedrática, que infundía un respeto tan incuestionable que ningún profesor, ni siquiera en la intimidad, se refería a ella sin añadir “doña” a su nombre. Por otro lado, el sector más influyente del departamento lo constituía un puñado de profesoras de manifiesto perfil feminista con un claro objetivo de crear escuela. Así, aunque yo obtuve el mejor expediente de mi promoción (con perdón), al cabo de diversos encontronazos contra el muro supe que, si quería hacer carrera docente universitaria, debía emigrar de Oviedo.
          Pero no hay mal que por bien no venga, pues así aterricé felizmente en la joven Universidad de La Rioja en 1994. Desde entonces he visto que por lo general las mejores notas se las han llevado las chicas (que siguen estando en torno al 90%), y eso se nota en la obtención de puestos docentes. Recuerdo que el último consejo de departamento empezó conmigo como único representante de mi (débil) sexo. Por cierto, desde hace años dirigen el departamento dos mujeres, así como la facultad tiene al frente a una decana con un equipo decanal formado por tres mujeres y un hombre, y los directores de estudios de los grados son cuatro mujeres y un hombre. Por otro lado, en mi disciplina los estudios de género son ahora una materia privilegiada de cara a la obtención de proyectos de i+d+i o a la publicación de artículos en revistas de impacto, ambos criterios clave para la promoción profesional.
          Este 8-M había programado en clase de teatro inglés un comentario-debate sobre uno de los primeros dramas renacentistas que presentan a una mujer que se impone intelectualmente a todos los demás personajes masculinos. Pero un par de días antes la delegada se me acercó y me comunicó que mis alumnas (son todo chicas) habían decidido ejercer su derecho a la huelga y no acudirían a clase, y que encontraría sus trabajos en mi buzón.
          –Lo que digáis –contesté.

Pues eso. Decir que el futuro es de las mujeres es quedarse corto: ya el presente es suyo. Al menos, en el ámbito de la filología.

          

domingo, 3 de marzo de 2019

NOVELISTA EMBARAZADO


Tal como anuncié en mi entrada pasada, por fin esta semana me he animado a emprender la que, si consigo terminarla, será mi quinta novela. Es un anuncio excesivamente anticipado pues, a juzgar por mis antecedentes, no creo que vea la luz hasta dentro de cuatro o cinco años. Pero me conviene anunciar mis proyectos novelísticos para obligarme a terminarlos, como hice desde la solapa de mi primer libro de relatos (1998) donde anuncié la preparación de Calle Menor (2004).

Si entonces y en otras ocasiones este sencillo truco me resultó provechoso, ahora quizá sea aún más necesario, pues escribir una novela requiere un esfuerzo ingente de concentración, algo que cada vez me resulta más arduo. No es infrecuente que los escritores profesionalizados se retiren unos meses a sus pisos francos para desconectar del mundo, pero los de mi segmento tenemos que conciliar este esfuerzo imaginativo con la vida familiar (la mía es exigente) y profesional (que en mi caso implica actividades también creativas como la docencia y la investigación)­­, además de otro sinfín de “extraescolares” que sería superfluo enumerar aquí (valgan como ejemplo para los muy curiosos mi dedicación a la revista Fábula o a la asociación de voluntariado universitario ASUR). O sea, que la distracción se cierne por doquier.

Han pasado unos cinco años desde que concluí la elaboración de mi última novela. En este tiempo me he centrado en otros proyectos académicos, aunque he seguido canalizando el pequeño arroyo de inspiración creativa dentro del género del microrrelato, bastante compatible con los otros menesteres. Pero la novela exige continuidad y exclusividad, aunque sea de una índole tan relativa como me permitan mis circunstancias personales.

A cambio, escribir una novela es una aventura gozosa, en la que el creador se sumerge en un universo de su invención que le lleva por derroteros imaginativos imprevistos. Ese es un ingrediente fundamental que, a los que no vivimos de esto, nos mueve a perseverar en una tarea tan poco rentable.

No es conveniente adelantar tramas, así que no me tiréis de la lengua. Solo diré que reaparece el estrafalario subinspector Mariana (Descubre por qué te mato) mano a mano con el pomposo profesor Millán Ayuso (Calle Menor), o sea, que va a haber algo de ficción detectivesca y un poco de ficción académica. Y también diré que, si mi corazón partío me ha movido a ubicar dos de mis cuatro novelas publicadas en Santander y dos en Logroño, esta quinta lo hará en ambas localidades. No diré más. De momento.



domingo, 24 de febrero de 2019

15 AÑOS DE CALLE MENOR

Un 27 de febrero de hace quince años presenté Calle Menor en el Ateneo Riojano de Logroño, acompañado por el periodista Marcelino Izquierdo y el médico-escritor Fernando Sáez Aldana. Fue mi primera novela y también la más ambiciosa, con una trama guiñando el ojo a Bardem/Arniches sobre una joven poco agraciada –en mi versión profesora de latín en la Universidad de Lontana– que resulta víctima de una cruel apuesta entre un grupo de alumnos desalmados.

Etiquetable como “novela de campus”, pero también como “tragicomedia provinciana”, trata de la mezquindad como uno de sus temas principales, esa crueldad civilizada y cotidiana de quien se cree muy normal e incluso “majete” pero es capaz de hacer daño a un inocente sin apenas inmutarse. Al igual que su modelo bardemiano, para su ambientación consideré clave exagerar un entorno de lugar pequeño rodeado de cierta difamación o maledicencia, que igualmente resulta cotidiana y civilizada.

Por supuesto, la criatura me trajo varias alegrías. Por ejemplo, además de merecer buenas reseñas (una en el ABC Cultural) y de quedar finalista en el I Certamen de novela Tristana, fue preseleccionada por RTVE para un proyecto de tv-movies basados en obras literarias, que finalmente no salió adelante. En 2005 me invitaron a clausurar un congreso sobre Calle mayor en Valencia, donde hablé de la inspiración bardemiana y compartí mesa con unos amabilísimos Betsy Blair y José Luis Borau (que en paz descansen). Más tarde Borau citó la novela en su discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua, que versó sobre la inspiración fílmica en la literatura.

Como todo en la vida, las luces vinieron acompañadas de algunas sombras. En algunos circuitos muy locales ciertos lectores (más de segunda que de primera mano) jugaron a identificar personajes con personas cercanas, lo que me ganó algunos enemigos. Por otro lado, aunque la edición es bonita y se distribuyó relativamente bien, Ediciones Sial ni la promocionó ni me liquidó los modestos royalties, ni creo que lo haga a estas alturas.

Ahora he recuperado los derechos sobre ella y me encantaría que se reeditara algún día (¿hay algún editor serio leyendo esto?), quizá con algunos cambios, empezando por el título. No sé si Calle Menor es mi mejor novela hasta la fecha, antes lo tenía demasiado claro, pero ahora quiero convencerme de que en las posteriores he aprendido nuevos trucos. Además, ¿qué buen padre elige entre sus hijos? De vez en cuando algunos de sus personajes me reclamaban que les sacara de la caja y les volviera a dar vida. Yo alegaba ser quince años más viejo, y, por ende, más prudente; pero al final he cedido, en parte. Así, Millán Capuz Ayuso, un pedante profesor de estudios ingleses, está a punto de reaparecer en lo que, si Dios no lo remedia, será mi quinta novela, de la que hablaré en un futuro cercano.

Además, ninguno de los que me conoce (personajes incluidos) se cree que yo sea hoy más prudente.

domingo, 17 de febrero de 2019

MANUAL DE RESISTENCIA


Esta semana nuestro presidente Sánchez ha anunciado su decisión de convocar elecciones generales en abril, que podrían haber confluido con las de mayo y habernos ahorrado 200 millones de euros, aunque ya se sabe que el dinero público no es de nadie. Pero no es de esto de lo que quería tratar hoy, y tampoco me dispongo a hacer una valoración de su breve mandato, que ha batido tantos récords en poco tiempo. Ahora quiero comentar la inminente aparición de la autobiografía de Sánchez, titulada Manual de resistencia, también la única en su género aparecida durante el gobierno del protagonista y “autor”.

Alguna vez he declarado ante alumnos tentados de plagiar sus trabajos académicos que han de esperar a ser titulados en Filología (ahora Estudios de Lengua y Literatura) para poder escribir de un libro sin haberlo leído. Y, aunque ahora soy víctima de mi propia ironía, me disculpa el hecho de que aquel aún no ha salido a la luz, y que tampoco pretendo analizar su contenido textual sino tan solo opinar sobre las circunstancias y oportunidad de su publicación.

El primer aspecto que me maravilla es la disponibilidad de tiempo de que goza quien debería ser la persona más ocupada de España. Sé por experiencia lo que cuesta escribir un libro (a mí unos cinco años de media), pero quien apenas debería dormir ante el secesionismo catalán, el aumento del paro, la desaceleración de la economía, la radicalización de la política, la nueva crisis que se anuncia, etc., por añadidura dispone de tiempo para escribir la historia de toda una vida en unos pocos meses.

Pero luego nos enteramos de que tampoco lo ha escrito él del todo (aunque figura como autor), sino que le "ha dado forma" una estrecha colaboradora llamada Irene Lozano, quien, acaso como anticipo de las royalties, disfruta de un cargo de libre designación como Secretaria de Estado al frente de una de esas sorprendentes entidades estatales llamada “España Global”. ¿Será Irene Lozano la futura Premio Nacional de Narrativa, como le sucedió a Suso de Toro, biógrafo del presidente Zapatero? El tiempo lo dirá.


Obviamente, no puedo aún analizar el contenido o el tono, pero el primer paratexto, la portada, ya dice bastante. El close-up de Sánchez mirando a cámara con ademán de tahúr y gesto desafiante, en coherencia con el jactancioso título, como un corte de manga a sus adversarios de dentro y fuera del partido, apunta al egocentrismo imputado a nuestro líder, sin el cual no es posible concebir una legislatura tan disparatada como la que concluye.

Por último, el hecho de que el libro se publique en una editorial del Grupo Planeta muestra una opción por el capitalismo editorial más acendrado. Un socialista menos de salón acaso habría optado por una editorial alternativa, a la que podría haber apoyado desde su posición influyente. Pero supongo que con las cosas de comer no se juega.

En fin, quizá debería esperar a leerlo para sacar otras conclusiones, y no digo que me niegue a hacerlo. Pero sospecho que antepondré otros miles de títulos que me aportarán más. 


Resistir hasta el final...

domingo, 10 de febrero de 2019

FAUNA URBANA V: FUMATOR PESTILENTIS

La peligrosidad de este especímen humano no radica en que acostumbre a autoenvenenarse. Puede ser algo incrédulo o contestatario, como evidencia su desprecio olímpico a las amenazas que le imprimen en el envoltorio de su veneno habitual. Tampoco le disuade que este suba de precio por aumento de imposición fiscal; de hecho, no le importa tributar algo más, acaso considerando que en el futuro rentabilizará su aportación extra, e incluso mucho más, en prestaciones de la sanidad pública. Pero, insistimos, su peligrosidad no está en tal hábito, que no deja de ser una decisión personal.Lo que hace del fumator pestilentis una amenaza a su entorno es su afán por intoxicar los pulmones del prójimo sin permitirle que la equivocación sea también personal e intransferible.

En los últimos años ha sufrido un duro revés a manos de las legislaciones de países occidentales que restringen el tabaco en lugares públicos o laborales, pero el fumator pestilentis parece desquitarse en otros ámbitos que, aunque también públicos, no están cerrados, como pueden ser las paradas de autobús, las terrazas de bares, los parques y playas, las colas de espera en taquillas, o los eventos deportivos, musicales o culturales que convocan multitudes.

En todos estos ámbitos nuestro fumator ve el cielo abierto (nunca mejor dicho) y con dedos trémulos y justicieros se recrea en la ceremonia de extraer el cigarrillo de la ominosa cajetilla, pegarlo a unos labios voluptuosos, prenderlo con morosidad, y transferir la bocanada de partículas de PM2.5 y nicotina hacia sus congéneres más próximos. Si alguno osa quejarse, tiene preparada la interjección victimista:
                  –¿Es que acaso tampoco se puede al aire libre?

La variante más agresiva del fumator se manifiesta precisamente en los hábitats de mayor aglomeración humana. Le encantan las manifestaciones, concentraciones y conciertos, pero manifiesta su predilección por todo tipo de procesiones (religiosas o laicas) donde la dinámica itinerante haga más marcado su territorio. Ahí a la transmisión de humo tóxico añade una nueva sorpresa, la de la quemadura en segundo o tercer grado a quien ose cruzarse en su camino o no consiga apartarse de este.