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En Santander será el viernes 15, a las 19:30, en la Librería Estvdio |
Me vais a perdonar
que esta semana entrante sea un tanto monotemático. En efecto, el jueves 14 y
viernes 15 presento mi última novela, Descubre
por qué te mato, y, como buen parto, provoca todo tipo de complicaciones
psicosomáticas al parturiento.
Algo similar me
sobrevino en el pasado, en torno a las presentaciones de mis cuatro anteriores
libros de narrativa, en 1999, 2004, 2011 y 2012, aunque reconozco que ahora la
intensidad es menor, quizá como consecuencia de la edad, o de que las ínfulas
estén más domesticadas.
Uno de los
síntomas es la polarización de atención. Por suerte o por desgracia, la vida no me
permite una exclusividad total –ni siquiera altamente parcial– en lo tocante a
mis creaciones literarias, pero es cierto que el tiempo que me deja permanece
bastante absorbido por ellas.
Así, te entra
un deseo algo obsesivo de que el libro se conozca, que se hable de él, que
acuda gente a las presentaciones, que los medios no lo ignoren, que esté a la
vista, etcétera. Si algún moralista (aunque sea de pacotilla) me está leyendo,
declaro que no creo que se trate de un arranque de feo orgullo (y eso que ahora
el orgullo es digno de fastos), y quizá tampoco de malsana vanidad, sino acaso
de esa vanidad inofensiva de la radiante madre que enseña a su bebé neonato
ante la mirada ambigua de vecinos y amistades.
Estas
alteraciones a las que me refiero me afectan con los libros de narrativa, pero
apenas con los académicos, las traducciones o la poesía. De hecho, mi último
libro fue un poemario, Nada personal,
ante el que me propuse, algo cansado, apenas mover un dedo para promocionarlo,
con la excepción de un par de actos en la cuasi intimidad. Pero tal dejación de
responsabilidad en el editor tampoco me contentó. Cada libro es, en cierto
sentido, un hijo, y a mi conciencia paternal en el fondo le pesa haber dejado
de ejercer la paternidad con uno de sus vástagos. Quizá sea por eso, para
aliviar esa mala conciencia, que voy colgando poco a poco poemas “nada personales”
en este blog.
En fin, aunque
repito que esta afección postparto me aparece menos aguda que en el pasado, no
conviene despreciarla. Y además del tratamiento farmacológico (sea cual sea el equivalente
del símil), requiere para su curación del cariño y atención de los allegados.
Cada vez veo más claro que, cuando un autor pide que le acompañen en el bautizo
de su criatura, no lo hace tanto para vender (¿quién se lucra con el mísero 10%
del PVP, si es que llega?); lo que necesita es el calor de su gente para superar el trance. Y,
por supuesto, sospechará del amigo que se ausente sin al menos aportar una
buena excusa.
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