
EL ÉXITO DEL ESCRITOR
En enero de 2007 nos dejó Antonio Cillero
Ulecia a la edad de ochenta y nueve años. Considerado por muchos el decano de
las letras riojanas, Cillero Ulecia tuvo la amabilidad de colaborar con nuestra
revista en el número especial 17-19 (2005), dedicado a la narrativa en La
Rioja. Autor de una extensísima obra poética, narrativa y dramática, quedó
finalista de premios prestigiosos como el Alfaguara (1972), Nadal (1975) o Lope
de Vega (1969). Con todo, un estribillo constante en el puñado de entrevistas o
artículos periodísticos dedicados a su persona y obra es la abrumadora
conciencia de no haber sido nunca reconocido como se merecía. “He quedado
finalista del Nadal y no me conoce ni Dios”, declaró a la prensa en una ocasión.
La expresión de tal conciencia de fracaso puede inicialmente provocarnos cierta
lástima ante lo que podría considerarse una injusticia patente: una larga
carrera cuajada de méritos que culmina en el olvido.
Pero sólo inicialmente. Después de
reflexionar sobre esta supuesta desventura quizá sea posible dar la vuelta al
argumento, aplicable al común de los (muchos) escritores que no han sido ni
serán favorecidos por la sonrisa del corte inglés.
Si entendemos la vocación de escritor
como sinónimo de artista del lenguaje, ¿qué supone alcanzar el éxito? ¿Hacerse
rico con las ventas? Desde el siglo XVIII, en que el mecenazgo pasó a
sustituirse por el marketing, el éxito editorial depende de muchos factores que
tienen más que ver con la estrategia comercial que con el arte. Y en nuestro
siglo XXI tal deriva se ha exacerbado en grado sumo. A menudo se oye que si hoy
Cervantes mandara el centerariado Quijote
a un agente literario o editorial, no tendría la menor probabilidad de
publicarse. Conozco a más de un escritor cuya obra ha sido rechazada por ser,
literalmente, “demasiado cervantina”.
Seguro que al presunto escritor/inversor le compensaría más montar una
inmobiliaria.
Entonces, si no es el dinero, ¿será la
fama lo que busca el escritor? ¿Ser conocido? Esto hoy en día es sinónimo de
ser elemento de aparición habitual y recurrente en los medios. Pero…¿me
interesará mucho lo que pueda aportar un escribiente aquejado de afán de
notoriedad? Hay auténticos profesionales de la aparición mediática, como los
políticos, para quienes las fotos diarias son parte no pequeña de sus
obligaciones laborales. Algunos escritores encumbrados dedican un porcentaje de
su jornada a mostrarse en cuantos foros sea posible, opinando sobre lo divino y
lo humano como si fueran el especialista que no son. También en las órbitas
locales hay maestros del posado periodístico y del nombre propio, conscientes
de que su única fama accesible es la de profeta en su tierra. De todos modos,
para lograr la fama tampoco hace falta someterse al doloroso proceso de
escribir un libro. Lo puede atestiguar cualquier habitual de la prensa o
televisión basuras.
Por el contrario, el éxito del escritor,
del artista de la palabra, está en escribir. En perfeccionar su arte, en
acercarse a ese ideal utópico de dar con la palabra justa, en recrear ese
momento efímero, ese sentimiento o esa historia rebelde que nos reclama ser
liberada de la cárcel de la imaginación. Escribir, y confiar en que tu obra llegue algún día, como buena
semilla, a germinar en un terreno más fértil.
Decenas de miles de escritores que nunca
saldréis reseñados en Babelia: buscad
el éxito. Es decir, escribid. Terminad vuestra obra. Y que sean otros los que
os descubran.
Y a ti, Antonio, te recordamos, te
reconocemos. El tiempo dirá qué lugar ocupas en el parnaso, pero tu obra está
acabada. Enhorabuena. Y ya hasta Dios te conoce. O mejor, ahora hasta conoces a
Dios. Descansa en paz.
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