LA MATER QUE NOS PARIÓ (V): PROFESORES SIN VACACIONES
Hace
más de un año publiqué una serie de entradas encabezadas por “La mater que nos parió: reflexiones sobre la universidad española”, en las que ofrezco una
visión un tanto crítica de la actualidad de la profesión docente. Sin que
pretenda retractarme de lo escrito, los cierto es que –como adivina mi puñado
de lectores– mis talentos son más satíricos que románticos, y la sátira siempre
conlleva exageración y simplificación. Sería erróneo, sin embargo colegir de
esos escritos una minusvaloración de los méritos de un gran porcentaje de mis
colegas en esa gran empresa que es la universidad pública.
Por
eso, ahora que me hallo a punto de tomar unas (merecidas) vacaciones, quiero
hacer un reconocimiento a ese profesor universitario, nada infrecuente, que se
lleva la maleta de libros a su destino, o a su casa, o que sencillamente,
pudiendo, no coge vacaciones. El día en que se cierran los edificios y las
facultades interrumpen clases y exámenes, ya está pensando en los manuales y
artículos de su disciplina que leerá estos días de verano, los ensayos, tesis y
trabajos de grado que supervisará y corregirá, el capítulo de su libro que
escribirá, o la ponencia que perfilará para un inminente congreso.

No
es este un caso aislado ni anecdótico. Al contrario, creo que son muchos los
colegas que viven con esa entrega permanente a su labor. Los motivos pueden ser
más o menos encomiables, bien porque les apasiona lo que hacen, o porque sienten
el aliento de las agencias evaluadoras en su nuca. Pero sea por uno u otro
motivo, creo que es justo reconocer la entrega, el entusiasmo y la
disponibilidad de horario y calendario de este tipo de profesor, que contradice
el estereotipo funcionarial.
Es,
sin duda, un modelo de profesional que yo siempre querré imitar cuando sea
mayor.
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