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RESEÑA DE "MIENTRAS ELLA SEA CLARA"

Javier Menéndez Llamazares, escritor y crítico, me dedicó esta reseña en El Diario Montañés, publicada el 26 de agosto de 2011. Casi más que una reseña es una tesina. Me alegra contar con lectores tan atentos y perceptivos.

"Trigonometría sentimental santanderina"


Ya el título de esta segunda novela de Carlos Villar Flor (Santander, 1966) encierra un ingenioso calambur: 'Mientras ella sea clara' bien podría ser 'mientras ella se aclara'. Pero es que ella, más que clara (con minúscula en el título), es Clara, con mayúscula de nombre propio; porque precisamente clara, lo que se dice clara, no resulta la protagonista de esta novela, sino más bien contradictoria: es maestra de formación, pero detesta a los niños; cambia de opinión varias veces al día y, por si fuera poco, se expresa con un lenguaje, por usar su propio término, 'fritangoso'; algo que se acaba contagiando incluso al propio desarrollo del relato, como confiesa la narradora en el arranque de la novela: «A la vista del chapapote en el que se ha convertido mi vida en los últimos días, tengo que contárselo a alguien o reventaré. Y ahora vosotros sois los únicos en quien puedo descargar».
Sin demasiados alardes, a partir de aquí Carlos Villar despliega su arsenal de recursos literarios, jugando con una estructura temporal circular, un estilo directo que recoge el lenguaje coloquial y por momento bordea el monólogo interior y una trama que coquetea con argumentos de la literatura universal; el más evidente es el guiño a 'Grandes esperanzas' a través de Cipri, un trasunto del dickensiano Abel Magwitch. 
 
Desde el primer párrafo, el autor pone las cartas boca arriba: tras desvelar el punto de vista, la focalización y el destinatario, en apenas diez líneas bosqueja una exposición de motivos -que no es otro que pedir consejo al lector- y hasta una clásica 'captatio benevolentiae' que acaba convertida en súplica: «Si no me abandonáis (os pido con todo mi corazón que no lo hagáis, por favor) y tenéis un poco de paciencia conmigo, os contaré todo paso por paso». 
 
Atípicos santanderinos
Quien nos habla con tanto desparpajo es la protagonista, una santanderina de veintipico años, de buena familia venida a menos y tan enemiga de las convenciones como veleidosa. Poco a poco iremos descubriendo que se llama Clara Gwendolin Martínez Munton y que su situación familiar no es ni mucho menos idílica: no llegó a conocer a su madre inglesa, y su padre se encierra en un hermetismo desde que enviudara. Sin embargo, la joven destila optimismo y vitalidad. E inconsciencia: la anécdota que da pie al libro es el nada insignificante hecho de que la protagonista se ha prometido en matrimonio con tres hombres distintos, simultáneamente. 
 
Pronto, y por sorpresa, tomará la palabra otro de los personajes de la novela, quien sabe si acaso el verdadero protagonista, 'Míchum', apodo que le adjudica Clara, su novia desde los años escolares, por su parecido con el actor Robert Mitchum. Si el personaje femenino resulta contradictorio, éste no resulta menos sorprendente: portero de discoteca, guarda de seguridad y temible experto en artes marciales, bajo la hipertrofiada capa de músculos se esconde un inocente santurrón, fascinado por los cómics y capaz de los mayores sacrificios e ingenuidades. 
 
Sin descanso
Esta tónica de narradores alternos se mantendrá a lo largo de toda la novela, estructurada en cuatro capítulos que, tras el flash-back inicial, se desarrollan de modo lineal y cronológico, con excepción del último, que es más bien una coda en la que, a modo de epílogo, sirve para rematar la historia, además de proporcionar un 'punch' final realmente inesperado. Porque, si algo caracteriza a la trama es la constante sucesión de giros argumentales, como si el autor pretendiera no dar tregua al lector, con sucesivas vueltas de tuerca, en lo que a primera vista podría parecer una previsible novela costumbrista. 
 
Reacia al compromiso en casi todas sus formas, Clara mantiene con cierta desgana una relación con 'Míchum' su novio de siempre, quien por su parte está perdidamente enamorado de ella. Sin embargo, las profundas convicciones religiosas del joven le llevan a tomar la decisión de no mantener relaciones íntimas con su novia hasta después del matrimonio. Tras unos meses de monacal recato, Clara cae en los brazos de Mario Martello, un promotor cincuentón de oscuros orígenes que la deslumbra . El tercero en discordia será Pelayo, un activista de causas perdidas, cuya visión romántica la conquista casi instantáneamente. A partir, cada uno juega sus bazas para intentar casarse con Clara, que termina prometida con todos a la vez, incapaz de elegir. Cuando finalmente se decide, sobreviene la desgracia, aunque no vamos a desvelar más. 
 
Los alrededores
Más allá de cuestiones argumentales, Carlos Villar aprovecha esta novela para dibujar un retrato de la sociedad santanderina que resulta, por momentos, hilarante. Clara es un evidente ejemplo de 'niña bien', del 'mi padre era, mi abuelo tuvo', con la salvedad de un marcado carácter hedonista y aconfesional que no encaja exactamente con el cliché del Paseo de Pereda -donde tiene su residencia la joven-. Como tampoco encaja la beatería en 'Míchum', de orígenes más humildes y supuestamente curtido en la vida callejera. El 'arriba y abajo' entre pijos con el jersey sobre los hombros y raqueros venidos a más se trastoca en la novela, quizá para resaltar el tópico. Así, vemos en la protagonista una apetencia sexual inesperada para una chica de su posición -no en vano aseguran las malas lenguas que, en Santander, follar no es pecado, sino milagro-. Por su parte, el novio resulta chocantemente conservador, si tenemos en cuenta sus orígenes humildes. 
 
El autor explota esta situación, con resultados muy humorísticos, ensayando incluso una taxonomía de los personajes locales típicos, a los que adjudica acrónimos muy locales: GS, BS, CS -Graciosillo, Borde y Chulín Santanderino, respectivamente-, suponemos que todos derivados del STV, ese aire 'de Santander de Toda la Vida' que sobrevuela constantemente la novela. Y es que, a pesar de en la nota aclaratoria Villar se desmarque de toda crítica social, es indudable su conocimiento de la sociedad local, que disecciona con más ironía que piedad. 
 
Aprovechando el símil futbolístico que él mismo utiliza, podemos decir que Villar Flor 'juega en casa', lo que además le permite aderezar el relato con notas realistas o no tanto, que otorgan al texto un nuevo nivel de lectura, más lúdico, en el que rastrear la geografía, tanto urbana como humana de la ciudad. 
 
Retrato de su tiempo
Tampoco pierde ocasión Villar Flor para recrear aquella época: desde la guerra de Irak hasta la bomba de Atocha, sin olvidar el desastre del Prestige, los principales acontecimientos de la época sirven de telón de fondo a la narración, sin olvidar siquiera la canción del verano -la pegajosa 'Obsesión'-. No faltan ciertos ecos de la juventud del autor, con referencias a la cultura popular de los años ochenta, como cuando se proponen subastar vinilos, y aparecen los de Gabinete Caligari y Alaska. O términos del lenguaje juvenil de entonces -no sabemos si aún vigente-, como movida, tronca, manifa.
Por supuesto, el relato no está exento de cierta aportación crítica, más evidente en el personaje de Pelayo, oenegero profesional, o el trepa del colegio, reconvertido más tarde en reportero de la SER, o en político -el propio narrador lo desconoce, deslizando quizá cierta equiparación hipotética entre los dos oficios. Lo que no queda claro es si esta misma situación se podría hacer extensible a otros medios de comunicación-. 
 
En definitiva, se trata un texto ameno y ágil, de rápida lectura y capaz de arrancarnos unas cuantas sonrisas cómplices y no menos carcajadas. Pero es también un libro que permite varias lecturas simultáneas, desde la clave social, la política y la metaliteraria -pues no olvidemos que es la novela de un profesor-. Y no podemos dejar de mencionar la impecable edición, con una portada que sintetiza las claves del texto: la protagonista, el escenario y el contexto social, a través de un adamascado que bien podría ser el papel pintado de un interior de los descritos en el libro, esos del Santander de toda la vida.

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