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domingo, 13 de octubre de 2013

TIEMPO DE SILENCIO


TIEMPO DE SILENCIO

Tras mi entrada en este blog del 20 de julio, sobre la principal virtud del docente universitario, he guardado casi tres meses de silencio. ¿Motivos? En las tres novelas que he escrito hasta la fecha me ha gustado ofrecer al sufrido lector al menos dos posibles finales para que aquel disponga de una alternativa si no le gusta el aparente desenlace. De modo similar, ofrezco a mis amigos, visitantes y voyeurs de este blog (si es que no lo han abandonado todos) dos posibles respuestas para justificar mi silencio.

VERSIÓN 1) Poco después de mi tercera entrega sobre los vicios del sistema universitario español, recibí una curiosa visita en horario de tutorías. Se trataba de dos personas muy educadas, hombres, supongo, a juzgar por sus voces y por su morfología (dudo de este particular porque venían encapuchados). Les invité a sentarse y estuvimos departiendo durante más de una hora sobre cuestiones de intertextualidad y de narratología, de la que, a pesar de su interés, no tenían la más mínima idea. De pronto, en cuanto miré para otro lado, recibí un fuerte impacto en la cabeza que me hizo perder el (escaso) conocimiento.
            Cuando recobré la conciencia me encontraba en una reducida habitación, apenas equipada con un jergón, un cubo, una silla de mimbre, una televisión en la que solo se podían ver DVDs, y una estantería con las obras completas de Almodóvar. Ahí pasé largas semanas, sin más compañía que mis pensamientos y la sesión de sobremesa que, en mi desesperación, proyectaba. De mis captores solo veía la mano que empujaba la comida (deliciosa, por otro lado) por la trampilla de la puerta. En ocasiones pegaba la oreja a la puerta y oía hablar en latín y griego.
            Pero llegó un momento en que me harté de tanta monotonía y urdí un plan. Cuando mi captor deslizó la bandeja con la comida, exponiendo un par de dedos desnudos, se los agarré y retorcí con toda la fuerza de que fui capaz. El pobre hombre aulló lo indecible, pero yo no solté la presa. Al final, le hice jurar por la Aneca que me abriría la puerta, y, ante tan insoportable dolor, lo hizo. Cuál sería mi sorpresa cuando le vi la cara.
            –Coño, pero… si eres tú.
            –Sí, je –admitió con rubor mientras se frotaba los dos dedos luxados–. Pero yo solo soy un mandao, que conste. No es nada personal…
            –Ya me imagino. Pero… ¿por qué? ¿Por qué?
            –Verás. Me habían prometido que sacarían mi plaza. Mi plaza, ¿oíste? Por fin… Aunque fuera de P2 [= cacofónico y exiguo contrato con dos horas de docencia semanal].
            –Ya –asentí, mientras me apresuré a abandonar mi prisión y a reincorporarme a la vida habitual.

VERSIÓN 2) Además de una vida y, respectivamente, la vacación y la docencia, tengo cinco o seis libros que me rondan la cabeza y que no me dejan mucha serenidad para bloguear. Uno, ya en fase de maquetación y corrección, sobre la trilogía de Waugh Sword of Honour, que saldrá en breve. Otro, un cuento ilustrado para niños de cinco a nueve años, titulado Tutta y Bhabha en la granja, ya terminado y en busca de editor. El tercero, un manual sobre la literatura inglesa del siglo XIX y XX. El cuarto, una novela sobre un periodista en plena crisis. Otro, en gestación, formado por varios microrrelatos que, cuando lleguen a cuarenta o así, podrán ir buscando quien los quiera. Y finalmente, el próximo proyecto académico, aún en la fase inicial, sobre los viajes de Graham Greene por España.
            En fin, sé que esta versión es más sosa. Por tanto, elige la que prefieras. Tú decides.

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