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Fotos Nacho Torres |
Gustavo Martín Garzo
cerró el V Taller de Crítica y Creación Literarias con una charla cálida y
erudita a la vez, rebosante de la
sabiduría del creador, que nos devolvió a la esencia de la narrativa, a esa ficción
que nos hace humanos (J.M. Merino). Con el título de “Diez historias”, Gustavo
sobrevoló por las narraciones que más huella le han dejado en su larga
trayectoria de lector, o que mejor definen el acto de narrar.
Comenzó con una
sincera declaración: no creía en los talleres literarios. Al menos, no como
panacea donde se aprende a ser creativo. Sí como acto de camaradería, como
ocasión de compartir nuestro amor por la lectura y la escritura, como excusa
para sentirnos acompañados. En el origen de todo está la lectura. Y leemos para
vivir más intensamente nuestra propia vida, o porque esta no nos resulta
suficiente y queremos vivir muchas otras. En el fondo del amor a la literatura
está el amor por la vida.
En un segundo lugar
viene la escritura. Hemingway decía que para escribir hay que estar enamorado.
Y esto no quiere decir que solo alguien en estado de enajenación
(¿transitoria?) esté capacitado para escribir, sino que el autor tiene que
estar comprometido hasta la médula con lo que pretende escribir. De alguna
forma el razonamiento podría ser: “Solo yo estoy capacitado para escribir esta historia.” O también: “Si yo no la cuento,
el mundo se quedará sin escucharla. Y eso sería una lástima.”
Otra de las virtudes
de la escritura es que nos afina la percepción, nos agudiza la mirada. Alguien
habituado a escribir está habitualmente alerta para captar los instantes de
epifanía, esos momentos de lo cotidiano en los que se nos abre una flor. El
hábito de escribir nos traza puentes hacia otra realidad oculta, no evidente.
O, adaptando una imagen de su antiguo profesor Santiago de los Mozos, la
literatura es como al abuelo que lleva a su nieto a ver un desfile y sabe
ubicarle en el lugar donde se va a contemplar mejor.
También la escritura
es una lucha contra la muerte, en diversos sentidos. Por un lado, porque el que
escribe deja algo que le sobrevivirá cuando ya no esté en este mundo. De algún
modo, la literatura es un signo de que debe haber algo más allá, es una
rebeldía contra nuestra mortalidad y finitud. Como el Noé bíblico con sus
parejas de animales, el escritor pone en el relato lo que quiere que sobreviva,
que no se pierda. Incluso los libros más nihilistas contienen esta esperanza.
Nos contó que le divierte imaginar una biblioteca como una reunión de
fantasmas, donde oímos la voz de muchos de los que nos precedieron. Por otro
lado, la literatura tiene poder curativo, como ilustra la historia de
Sherezade, que noche a noche va posponiendo la muerte al tiempo que sana al
marido enfermo.
De
la mano de Gustavo repasamos varias historias clásicas que constituyen fuentes
inagotables de inspiración. Así, sacó punta a relatos de las Mil y una
noches o Barbazul, a los mitos de Acteón, de Eros y Psique, o
de Orfeo descendiendo a los infiernos, a narraciones del Génesis, nos
acercó a “La prueba”, de Coleridge, a “El anillo de Carlomagno”, de Italo
Calvino, a El capitán Tormenta de Salgari, sin olvidar una de
sus obras favoritas, Lejos de Africa, de Isak Dinesen. En suma, hizo
una defensa a ultranza del papel de la imaginación en nuestras vidas, y de cómo
esta nos ayuda a unir lo que la razón separa.
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