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domingo, 24 de noviembre de 2013

Hermano indeseado

 EL HERMANO INDESEADO

–Entonces… ¿me vuelvo a poner condón, o qué?
–Esto… sí, sí. Después de lo que nos ha dicho Germanín…
Tras el acto, Julián solía fumar un ducados, mirando al techo. Los dos estaban tendidos boca arriba, sin duda recordando la frase del día: “No quiero tener un hermanito. Quiero vuestra herencia para mí solo”.
–Qué curioso, con seis años…
–Ni que lo digas.
–¿Y de dónde lo habrá sacao?
–A saber… Lo que no oirá en el colegio…, o en la tele… o en el bar. Si es que los niños de hoy…
Llevaban semanas dando vueltas a lo de ir a por la parejita. Pero esto había zanjado la cuestión.
–Lo que me maravilla –añadió Gertru en pleno arrebato de optimismo maternal– es que ya piense en el futuro…
–Eso es que viene listo.
–A ver. Este niño nos sale economista, ya verás.
–Dios te oiga. Mientras no tenga que ganarse los garbanzos como yo.
Pausa.
–Y te digo una cosa. Tampoco me parece mal que ya le preocupe ahorrar unos duros, no. Que la vida está muy achuchada.
–Ya te digo…

Son curiosos los recovecos de la memoria. La de doña Gertru funcionaba al diez por ciento. No recordaba muy bien cómo había acabado aquí, en esta sala grande llena de ancianos en sillas de ruedas, frente al pobre Julián, que ya ni hablaba. Y, sin embargo, hoy le vino al recuerdo esta escena de cuarenta y tantos años atrás. ¿Dónde estaría Germanín? ¿Por qué no la estaba cuidando su hijo, en vez de esta chica tan sosa? Germanín les había atendido siempre, incluso había dejado el trabajo de pintor después del ictus de Julián, para estar con ellos. Eso es lo que tenía que hacer, leñe, que para eso era su único hijo. El que, cuando ellos faltaran, heredaría el piso que habían pagado a lo largo de toda una vida.

Lo que no entendía doña Gertru es que Germán, agotado física y mentalmente tras años de recoger babas, dosificar pastillas y limpiar excrementos, había recurrido, ya al borde del ataque de nervios, a la residencia pública. La administración autonómica era ahora el único hermano que le podía relevar, el que conservaba las energías necesarias para garantizar a sus padres una digna salida de este mundo, a cambio, tan solo, de todo lo que habían ahorrado en él. El hermano necesario. El gran hermano.
 En Codal, 6 (2013)

domingo, 17 de noviembre de 2013

La reseña más corta de Clara...

... y probablemente la que más se va a leer.  En la página 141 del AR de diciembre 2013. Of all places!, que diría Chéspir. Y bien flanqueada por mi querida Clara Sánchez y la flamante nobel, la canadiense Alice Munro.
Creo que me voy a suscribir.


domingo, 10 de noviembre de 2013

"Pretérito Imperfecto", de Julia Baigorri


Título: Pretérito Imperfecto
Autora: Julia Baigorri
Editorial: Endymion
Lugar y año: Madrid, 2013
Páginas: 76
 
SENCILLEZ PLUSCUAMPERFECTA

Una cualidad de la poesía es su capacidad de transformar en arte lo que toca, aunque lo que toque (o mejor, nos toque) sea sufrimiento, pena, desgarramiento. Si bien nunca demasiado de moda, la elegía ha producido notables joyas en la tradición poética española, tales como las coplas manriqueñas, el llanto lorquiano por Sánchez Mejías o la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández. Julia Baigorri sigue estos ilustres pasos en su intento desesperado por llenar el hueco que deja la marcha del ser amado, pero ella lo acomete sin artificio ni pretensiones, sin juegos retóricos deslumbrantes. La pérdida es abrumadora y te deja con el alma en carne viva, viene a decir Baigorri, al tiempo que con lenguaje sencillo nos incorpora a su mundo, a sus rutinas, y procede a mostrarnos sus llagas como quien no tiene nada que ocultar.
            Pero la poesía, además de arte, puede ser terapia, una especie de bálsamo o desahogo. El dolor desgarra, pero mientas se escribe sobre él se le da forma, y eso alivia un tanto. Y, en medio de la niebla, también permite atisbar cierta esperanza de que exista un más allá en que volvamos a encontrar al amado: “Todo será diferente cuando yo llegue/ porque ya nunca más volveremos a estar solos”.
            Las dos primeras partes del poemario están dedicadas, respectivamente, a Patricio y a la madre de la poeta. El tono es intimista, y Baigorri en seguida nos introduce en la vida de su familia y en la cronología de ciertos eventos (“Es la hora exacta./ Recuerdo el momento de tu aviso”). Su lenguaje sencillo nos llega más al corazón y nos envuelve en la pérdida. Por supuesto, una elegía también se aproxima a la reflexión sobre el paso del tiempo, tema clásico donde los haya, pero que la pluma de Baigorri formula con su particular cercanía: “A veces veo por la calle/ a los muchachos que eran jóvenes/ cuando yo también lo era”. No se sabe si el pretérito sería perfecto mientras fue presente, pero claramente desde nuestro presente de hoy el pretérito se antoja imperfecto.
            La tercera sección del poemario, sin embargo, da un giro en el tono de pesadumbre. Titulada “Cáceres” y de nuevo altamente autobiográfica, esta sección final ofrece un contrapunto en medio de la negrura. Los campos semánticos se enriquecen con flores, plantas, primavera, sinónimos de felicidad, de vida. “Pero también, como los árboles/ seguimos vivos y en pie”. La pérdida de los seres queridos nos descompone, es innegable, pero hay que seguir viviendo, todavía queda mucha belleza que admirar. Y si es verdad que la muerte “en cualquier recodo nos aguarda”, también es cierto que queda “el amor que de ella nos protege”.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Carlos Pujol habló de Clara

Hace casi dos años tuve la fortuna de que Carlos Pujol apadrinara mi novela Mientras ella sea clara en Barcelona, en la librería Alibri. Si no me equivoco, fue su última presentación, pues falleció unas semanas después. Revolviendo viejos papeles me he encontrado el texto de su intervención; "haz lo que quieras con él", me declaró con cierta solemnidad. Seguro que merecería mejor foro, pero este es el único que se me ocurre. 

Es conmovedora su reflexión sobre las generaciones a las que legamos el siglo XXI, sobre todo desde la perspectiva del profesor e intelectual que se va de este mundo y considera lo que deja detrás. Siempre me queda el interrogante de si ya entonces preveía su muerte inminente.


MIENTRAS ELLA SEA CLARA
Carlos Pujol


Alguien ha dicho que es incomprensible que se consiga sobrevivir a la adolescencia y a la juventud, dos edades calamitosas y de máximo riesgo en las que puede pasar cualquier cosa, y de hecho casi siempre pasa. Esta novela de Carlos Villar es un ejemplo literario inmejorable de lo que sucede en estos años en los que el atolondramiento y las contradicciones íntimas forman una mezcla explosiva que es mejor tomarse un poco a guasa – como hace, al menos aparentemente, el autor de nuestra historia – para no echarse a llorar o ponerse apocalíptico.

La acción, en el Santander de unos años atrás, con dos personajes cuyas voces se van alternando en el relato: una jovencita llamada Clara (cuyo nombre permite que el travieso título sea un chiste en forma de calambur) inquieta, difícil, desorientada y llena de dudas existenciales, y su amigo, ¿o habría que decir noviete?, a quien todos conocen por Míchum, porque su expresión recuerda a la de un famoso actor de cine de aire soñoliento o sonámbulo.

Si ella no se aclara con su vida, sino que se hunde cada vez más en la confusión y en el desbarajuste, el tal Míchum, que tuvo su época de superhéroe imaginario, nada menos que el Capitán Cólera, se revela enseguida como un infeliz patoso aunque lleno de buena voluntad, que también va buscando a tientas su camino, desde luego sin encontrarlo.

Un pareja, por llamarla de algún modo, porque tiene sus singularidades, incurablemente insegura y desatinada, que va dando tumbos de un extremo a otros, sin saber muy bien qué decisiones tomar, es decir, como casi todos, aunque los adultos disimulamos con más pericia. ¿Se acabarán casando, porque él insiste, y en el fondo es un pedazo de pan (ella matiza, “más bien un mendrugo de pan”)? Entre los dos reúnen muy poco dinero, Clara tiene una situación familiar muy nebulosa y poco risueña, y Míchum no pasa de ser vigilante de seguridad privado, lo que en la calle suele llamarse “segurata”.

La novela se desarrolla en dos soliloquios paralelos que requieren unos cuantos comparsas añadidos: una amiga de ella que atiende por Alba, tal vez, leemos, el prototipo de mujer fatal, de pocas palabras y largas miradas, la mayoría como de fastidio, un hombre de mundo adinerado y deslumbrante (así se nos describe), un madrileño turbio y apasionado que representa la emoción de la aventura, y algún otro que queda al margen y que apenas interviene en el argumento. Tipos que en general no son ni muy buenos ni muy malos, eso sí, sin norte, y que deambulan por un Santander bullicioso, cruel, y al mismo tiempo simpático.

Una historia de vidas desencuadernadas con algo de crónica social que atenúan el humor y el descaro con que se pintan. Pero estas situaciones, incluyendo el núcleo de las incertidumbres de las protagonista, a la que vemos nadando entre tres aguas, según feliz expresión del autor, son sólo una materia prima novelesca que podría pecar por el costumbrismo o incluso en algunos momentos por cierta moralización implícita. No es así, porque todo se sostiene muy bien gracias al estupendo lenguaje que usan todos los personajes.

Éste es un componente decisivo de la novela, un lenguaje desenfadado y callejero que refleja la ingenua y castastrófica zarabanda  vital que se nos describe. Cómo son, qué hacen, cómo piensan y cómo hablan los jóvenes de hoy en día, bueno, esta es una vertiente sociológica que no tiene mucho que ver con la literatura. Los monólogos y diálogos de “Mientras ella se aclara” valen por sí mismos, están ahí como una extraña música que reconocemos por haberla oído a menudo en la calle o en el autobús, y que sugiere en su espontaneidad y en la gracia de sus expresiones, que lo que se nos cuenta es de veras, no solo pintoresquismo.

No era fácil encontrar un final adecuado para este embrollo, el lector hubiera podido seguir oyendo divertidamente cómo hablan, sin mucha prisa por saber cómo disipa sus dudas la joven de la historia. El asunto se complica un poco en la última parte, curiosa y significativamente cuando cambia de escenario y nos trasladamos a Madrid, un Madrid marcado por hechos trágicos que desvían la atención del núcleo de la novela. Fuera de Santander, Clara y Míchum están fuera de su territorio, desplazados. Pero muy pronto un buen desenlace – porque es imprevisible y agridulce, sin concesiones, ni blando ni truculento – nos devuelve al único lugar en le que podía rematarse adecuadamente la intriga.

Novela la de Carlos Villar magníficamente escrita, con un pulso admirable en el manejo del estilo que se hermana con la delicadeza del análisis sicológico de los dos personajes principales. No se sabe cuál de los dos retratos merece ser destacado; en sus constantes y dubitativas ambigüedades ambos son acertadísimos, inspiran una dramática simpatía y desde luego no nos cansamos de oírles hablar. ¿Son la juventud que hemos contribuido a hacer los que ahora somos adultos, y les miramos compasivamente por encima del hombro, las generaciones a las que legamos el siglo XXI?

Una novela no es un tratado moral, no pretende ser ejemplar, no es una denuncia ni una justificación, es solo un pedazo de vida imaginada con arte y cariño, que nos enfrenta a unas situaciones, un mundo en que cada cual a su manera se reconoce, Eso significa que lo que se nos cuenta es muy serio, forma parte de nosotros mismo, aunque el tono empleado es jocoso, como de broma, un contraste muy feliz. Carlos Villar ha incorporado brillantemente a nuestros sueños unas siluetas humanas inolvidable, no se puede pedir más a la literatura.